Sí se puede

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Con Pearl, la política empezó a tomar un rumbo coherente tras años de vaivenes. Significó un giro radical de mentalidad en la planificación y ejecución del modelo de reinserción. El modelo dejó de ser fundamentalmente asistencialista y proteccionista ¿a los ex combatientes los confinaban al ocio en un albergue y les daban una especie de sueldo fijo sin mayores exigencias o compromisos con ellos mismos y con la sociedad¿ y se convirtió en uno integracionista. "El nuevo modelo obliga a la participación activa de los desmovilizados en procesos de asistencia psicológica y social, de educación y de trabajo", explica Ardila.

Superado el modelo cortoplacista de reinserción, soportado exclusivamente en una relación económica Estado-desmovilizado, el que está en marcha es de reintegración y apunta al largo plazo, que hoy registra el 8 por ciento de deserción frente al 60 por ciento de 2006. "Este modelo se centra en desarrollar y explotar las capacidades del desmovilizado a partir de la educación y la inclusión de su familia", asegura el Alto Consejero, y agrega: "Este proceso no puede ser menor a cinco años y hay que dejar claro que no hay atajos, porque de lo contrario ¿dónde quedan la sostenibilidad y la equidad?".

De los 49.000 desmovilizados, 22.000 reciben cursos de formación técnica y vocacional, al 20 por ciento le perdieron la pista, y el resto está terminando estudios de primaria o bachillerato. Según María Isabel Cerón, coordinadora del 'Programa de responsabilidad social' de la Alta Consejería, el 22 por ciento finalizó la primaria, el 42 por ciento hizo los  primeros grados y el 15 por ciento no tenía ningún nivel de escolaridad. "Gran parte son analfabetas funcionales ¿afirma Cerón¿. Dicen que saben leer y escribir pero no pueden expresarse con facilidad y solo son capaces de redactar unas pocas palabras".

Dado el bajo nivel educativo o la nula formación académica de la mayoría de los desmovilizados, el proceso de capacitación para la integración económica en trabajos calificados es muy difícil, pero aun así miles reciben formación técnica, como Edilma, quien pasó en las filas del Eln parte de su niñez y toda su adolescencia, y hoy asiste a cursos de repostería y hace prácticas en un restaurante de Bogotá. Iris Clan Medina, por su parte, fue miliciano de las Farc y mientras terminaba el bachillerato se dedicó a pintar y a vender sus obras. Como ellos, miles  tienen la esperanza de rehacer su vida en la sociedad.

Por lo pronto, las posibilidades de integración económica y laboral para esta población son incipientes. "El camino apenas empieza ¿dice Pearl¿. Si bien la empresa privada ha dado 3.425 cupos de trabajo y varias tienen programas de responsabilidad social que incluyen a los desmovilizados, esto solo representa el 5 por ciento de lo que realmente podrían ofrecer". Aun hay resistencia entre algunos empresarios a contratar desmovilizados, y quienes los emplean prefieren ocultarlo.

No obstante, hay compañías como Coca Cola que al principio no apoyó los programas de la Alta Consejería pero luego financió talleres y firmó un convenio con el Banco de Tiempo que hizo posible la capacitación de 50 desmovilizados, de los cuales algunos ya tienen trabajo. Es el caso de un ex guerrillero que hacía los uniformes de un frente de las Farc, que hoy es propietario de una microempresa que montó con máquinas de coser que le donaron y emplea a 26 personas.

Más allá de consideraciones éticas o morales, hay razones puramente prácticas. "Piénselo ¿concluye el alto consejero Frank Pearl¿: si no es por convicción, al menos sí es por conveniencia. Más vale tener a estas personas en la vida civil a que se regresen al monte a hacer la guerra".

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