Noviembre 19 de 2008

Todos pierden con el derrumbe de las 'pirámides'

Por igual, el sistema financiero y los ahorradores de escasos recursos saldrán mal librados.

Los siguientes casos no son realismo mágico literario. Son ejemplos concretos, registrados por los medios de comunicación, y para nada son los únicos en su género. Para invertir en una 'pirámide', un hombre vende su casa y pide además préstamos bancarios. En el sur del país, especialmente en Nariño y Putumayo, se dice que la gente ya no trabaja, pues vive de invertir en las 'pirámides'. Algunas de éstas colapsan, y miles de personas salen a la calle en muchedumbre, desesperadas e iracundas por la pérdida de su dinero. Otras miles, por el contrario, se toman las calles para manifestar su apoyo a una cierta empresa acusada de ser 'pirámide'. Y, al parecer desde el exterior, en una escenografía propia de la alocución de un jefe de Estado, el presidente y aparente dueño de dicha empresa hace un manifiesto político contra el sistema financiero, y llama al pueblo colombiano a rebelarse en defensa de su negocio. El Gobierno Nacional, perplejo e inquieto, recurre a una figura constitucional para casos de grave calamidad económica y social. Este no es más que un panorama superficial del asombroso impacto socioeconómico del asunto de las 'pirámides', convertido ya en el tema número uno de la vida nacional.

¿Irracionales o irresponsables?

La primera cuestión mencionada conmueve los fundamentos mismos de la ciencia económica. Buena parte de esta ciencia se construye sobre la idea de que, al actuar, las personas toman decisiones racionales, es decir, decisiones motivadas por la búsqueda de su bienestar. Cuando alguien incurre en comportamientos tan extravagantes, como el de deshacerse de una vivienda que ha conseguido con esfuerzo, o ponerla bajo hipoteca, y además endeudarse hasta el cuello para invertir todo ese dinero en una 'pirámide', cabe preguntarse si en realidad hay ahí un actuar racional. La respuesta, difícil de aceptar, es que sí: quienes han arriesgado su dinero en estos mecanismos lo han hecho porque creen que obtendrán un beneficio, el cual se espera será tan grande, que es suficiente, en la mentalidad de muchos, para compensar el enorme riesgo que asumen al entregar su dinero a las 'pirámides'. Este último factor, el del riesgo, suele mitigarse por los numerosos testimonios de quienes han recibido de las captadoras la rentabilidad prometida. De hecho, esta es la clave del funcionamiento de estas 'pirámides' (ver Cambio N° 764, febrero 21). Estos "inversionistas" no son irracionales, sino tremendamente irresponsables, pues muestran una disposición a asumir riesgos excesivos sin más garantía que la del éxito que otros dicen haber tenido.

¿Qué factores podrían explicar semejante disposición a asumir riesgos? Si hemos de creer a las imágenes de televisión, y a los testimonios de los oyentes que llaman a las emisoras, sin duda en esto está también presente un profundo odio contra el sistema financiero. Cabe decir que no hay lugar alguno del globo en el cual los bancos sean objeto de amor y devoción: el recelo frente al banquero no solo es una actitud universal, sino que es centenaria. Pero en nuestro caso, esta actitud se presenta con mayor intensidad, y predispone a la gente a tomar decisiones irresponsables. Tan extendido es el sentimiento contra los bancos, que David Murcia Guzmán, el pintoresco presidente y aparente dueño de DMG, lanzó en video una proclama populista y revolucionaria en la cual declara que "la familia DMG" es víctima de maquinaciones del sistema financiero, en particular del Grupo Aval, el cual, sugiere, podría pretender asesinarlo, y llama al "pueblo colombiano" a rebelarse contra los bancos.

Ante esto, las autoridades deben mostrar interés pero también cautela. Es importante investigar por qué entre nosotros el odio hacia los bancos ha llegado a un grado tan profundo. Pero debe haber cautela para evitar el populismo: no debe ser esta una ocasión para reformas apresuradas a un sistema financiero que, con todos sus problemas, funciona de manera razonable y presenta una solidez que muchos envidian hoy, en tiempos de crisis global.

El impacto social

Todo hace pensar que la cuestión de las 'pirámides' podría tener un fuerte impacto social, del cual apenas conocemos indicios. El hecho de que miles de personas, posiblemente millones, se hayan involucrado en este negocio, y al hacerlo hayan comprometido en alto grado su patrimonio, y además adquirido deuda, hace pensar que, cuando llegue el inevitable colapso, las consecuencias socioeconómicas serán devastadoras. Miles de familias podrían quedar en la más absoluta quiebra. Esto, además, puede ocurrir en tiempos de desaceleración económica, lo cual hará que no sea fácil salir de la ruina mediante la búsqueda de empleo. Mucho nos hemos tranquilizado al saber que nuestra economía está en condiciones más o menos buenas para afrontar la crisis mundial, pero tal vez hemos olvidado este fenómeno, por ser tan difícil de cuantificar, y por hallarse en las márgenes de la economía regular. 

Y no sobra pensar en un impacto sobre la cultura ciudadana. Nada bueno puede esperar una comunidad en la cual se entroniza la idea de que puede haber prosperidad sin trabajar. Cuando se haya evaporado el fantasma de las 'pirámides', como ha empezado ya a suceder, estas comunidades se estrellarán con la realidad y tendrán que volver al trabajo, pero ahora en peores condiciones por la quiebra que han sufrido. Las 'pirámides' tendrán, además, un efecto redistributivo que no se ha considerado, y que es totalmente contrario al que pretende defender el ya mencionado David Murcia. El efecto no será en beneficio de los pobres; por el contrario, el dinero de los pobres se redistribuirá por montones hacia unos pocos pícaros.

Por Andrés Mejía Vergnaud,
Instituto Libertad y Progreso. 

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