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ANDRÉS ESCRIBE con la mano derecha, y con la izquierda se rasca los ojos. El polvo no lo deja ver el tablero en la Escuela República de Bolívar, en Ureña, en Táchira, Venezuela, en la frontera con Cúcuta. Allí estudian 15 niños refugiados de Colombia que a diario soportan fuertes vientos de tierra. La escuelita es una lona verde, rodeada con una malla y protegida con un techo de cinc. Es un rancho de 10 por cuatro metros donde a diario aprenden en un infierno de casi 30 grados centígrados.
Esa es la primera escena que se observa al pasar la frontera colombo- venezolana por la vía San Antonio, a escasos 20 minutos de Cúcuta. Allí han llegado más de 200 refugiados colombianos desde el año pasado que se rebuscan el sustento diario. La mayoría vive en el sector conocido como El Cují, donde han levantando sus casas con lonas o tablas y techos metálicos o donde están en calidad de "arrimados" en viviendas de venezolanos caritativos.
El drama de estos pequeños refleja en parte la situación de cerca de 250.000 personas que han huido de Colombia y están refugiadas en los 2.219 kilómetros de frontera desde Zulia hasta Apure, pero sin un cartón que los acredite como tal. Cerca del 60 por ciento son mujeres y niños.
Quienes ya consiguieron el estatus de refugiado pueden trabajar, pero quienes no lo tienen solo pueden subsistir en la economía informal o en empleos mal remunerados.
La profesora Leidy Ovalle comenta que esa escuelita es lo mejor que se le puede brindar a los pequeños -por ahora- puesto que en esa región no hay quien dé más recursos para construir algo decente. "Esta es una de las zonas más abandonadas del país -precisa-, pero lo importante es que estos niños tengan educación".
Lo asombroso es que el año pasado las clases eran debajo de un árbol y los niños tenían que traer su silla o, de lo contrario, sentarse en las piedras. "Con la escuelita nueva tenemos pupitres. Pero el polvo, como le conté, no nos deja casi estudiar -dice Andrés, de 8 años, a quien su madre sacó de Valledupar luego de una amenaza de los paramilitares-. El tierrero es muy fuerte y me pica en la cabeza pero no puedo llegar a bañarme porque el agua hay que comprarla".
La profesora Ovalle agrega que muchos de los niños estudian con los estómagos vacíos. "De un momento a otro no vuelven a clase y uno descubre después que están deshilachando bluyines o hasta pidiendo limosna... Les toca bien duro para ayudar a sus familias".
En esa escuela estudia uno de los hijos de Edilma Carrillo, quien huyó de Fundación (Magdalena) el 19 de enero de 2001 luego de que las autodefensas asesinaron a tres de sus familiares. "No me arriesgué a quedarme en Cúcuta. Quería irme muy lejos. Salí con mis hijos de 13, 11 y 3 años -comenta-. Tenía que protegerlos porque allá lo mataban a uno por pura sospecha".
Cuando llegó a Ureña estuvo siete meses en una habitación pequeña. Luego vivió en lotes que cuidaba cuando los dueños salían de viaje. Ahora está en uno que encontró vacío, le puso plástico, cartón y lo volvió su hogar. "Uno extraña su tierra pero si no lo dejan vivir, qué más se puede hacer -dice-. Pero en medio de esto he aprendido a ser feliz... Me acuesto a dormir tranquila, no estoy pensando en un combate".
Edilma ya tiene estatus de refugiada, trabaja en una fábrica de confecciones, y sueña con un título profesional para su hija mayor. "Cosas de la vida, está en la Universidad de Pamplona (Norte de Santander). Como ya soy refugiada en Venezuela no tenía derechos como colombiana, y no sabe lo que tuve que llorar para que la dejaran estudiar allá".