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LAS FARC HAN desarrollado dos guerras en los últimos años: una, el enfrentamiento de sus pequeñas y medianas unidades con el Ejército en lo profundo de las montañas. Y dos, la guerra de rehenes: la utilización de los secuestrados como arma política para presionar a la comunidad internacional y al Gobierno colombiano.
Con el rescate de Íngrid Betancourt y de los tres ciudadanos norteamericanos la guerrilla ha perdido el instrumento político y se ha quedado con la dura batalla en las selvas. Ya no tiene con qué llamar la atención de gobiernos extranjeros, y no volverá a aparecer en los titulares diarios de la prensa de Colombia y del mundo.
La situación de este movimiento insurgente será aún más difícil en los meses que vienen. La ofensiva del Ejército se intensificará. Ya había sufrido graves derrotas con la muerte de varios jefes notables. Ahora la motivación del Gobierno será mayor y apoyado en las victorias recientes intentará acorralar a la guerrilla hasta derrotarla.
En los próximos tres años caben dos posibilidades en el conflicto colombiano: una destrucción de la guerrilla al estilo del Perú en los años noventa del siglo pasado o la apertura de unas negociaciones de paz.
El Gobierno buscará afanosamente la primera opción, aun con las graves consecuencias sociales y humanitarias que esto conlleva. Para el presidente Álvaro Uribe la derrota de la guerrilla es una verdadera obsesión y a la largo de sus dos mandatos ha dedicado los mayores esfuerzos a lograr este objetivo. Hizo saltar el gasto militar de 3,6 por ciento del PIB a 5,0 y aumentó el número de efectivos de las Fuerzas Armadas de 250.000 a 410.000. Ha contado, además, con una ayuda de setecientos millones de dólares por año de Estados Unidos.
No hay que descartar que Uribe logre una destrucción de la guerrilla tal como hizo Alberto Fujimori con Sendero Luminoso en el Perú. Pero no va a ser fácil. La economía colombiana está entrando en un ciclo recesivo y así es imposible seguir incrementando el gasto en defensa. En Estados Unidos es muy probable que se produzcan cambios políticos que lleven a recortar la ayuda militar hacia Colombia.
Además, la guerrilla colombiana es muy distinta a Sendero Luminoso. Tiene un buen número de comandantes muy experimentados y no depende de uno solo, como era el caso de Sendero con Abimael Guzmán. Tiene un arraigo en las zonas campesinas marginadas, especialmente en las regiones cocaleras y recibe el apoyo de importantes núcleos de la población.
Si las Farc y el Eln -las dos guerrillas históricas del país- logran resistir por uno o dos años, más el Gobierno colombiano se verá obligado a abrir una mesa de negociaciones de paz. También las guerrillas tendrán muchas razones para aceptar la negociación, porque en este momento han perdido definitivamente la ilusión de la victoria militar y los gobiernos vecinos le están retirando el apoyo diplomático que le habían dado.
Los cambios en el mapa político también son muy importantes. El presidente Uribe ha salido fortalecido de esta liberación y tiene el camino despejado para modificar la Constitución y lograr la autorización para una segunda reelección. En estos días ha empezado a hablar abiertamente de esa posibilidad, modificando la posición silenciosa que había mantenido ante la iniciativa de un grupo de personas de su entorno que han estado recolectando firmas para convocar un referendo que le dé piso legal a la posibilidad de seguir gobernando por cuatro años más.
Ingridmanía