La "nueva Íngrid"

Luego del caluroso saludo entre Nicolas Sarkozy e Íngrid Betancourt, 'Le Monde' escribió que hubo una estupefacción general. 'La Mandela colombiana', escribió Moisés Naim. Foto: EFE

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LOS COLOMBIANOS fueron los primeros en advertirlo. Luego los franceses cuando, minutos después de haber descendido del avión que la llevó a París, vieron cómo ella le tomaba una mano a Sarkozy y empezaba a hablar con una segura elegancia ante el micrófono. "Hubo una estupefacción general", escribió Le Monde.

 En efecto, en vez de una Íngrid Betancourt quebrada irremediablemente por un calvario de seis años, como había sido vista en la última y agónica imagen suya difundida por las Farc, tanto los franceses como los colombianos la encontraron sin rastro del horror vivido por ella en las selvas. Al contrario, la vieron sonriente, lúcida, serena, con un extraordinario dominio de sí misma y con dos rasgos que rara vez van juntos: un fino sentido político y algo que parece tocar los extraños linderos del misticismo religioso. "La Mandela colombiana", escribió el analista venezolano Moisés Naim.

¿Qué cambió realmente en ella? Quienes la conocimos desde niña -o para ser más exactos, desde cuando era una adolescente de quince años-, recordamos ciertos rasgos suyos que han perdurado desde siempre: carácter, inteligencia, audacia y ambición. La herencia jugaba en ella el innegable papel de inducirla a buscar un destino trascendente. Tanto su padre como su madre se habían impuesto siempre empresas generosas. Gabriel, su padre, fue el fundador del Icetex. Cuando murió, arrasado por el secuestro de su hija, estaba empeñado en sacar adelante un ambicioso proyecto de unidad latinoamericana. Yolanda, su madre, rescató de la miseria, con sus albergues, a centenares de niños que hoy, convertidos en hombres maduros, la siguen llamando 'mamá'.

Su inteligencia, que habría podido florecer silvestre, enredada en frondas retóricas como ocurre con frecuencia en el mundo de nuestros personajes políticos, tuvo un valioso soporte de rigor gracias a su formación francesa. En "Sciences Po", como llaman en Francia al Instituto de Ciencia Política donde ella pasó varios años, el método para exponer tesis e ideas es tan importante, o más, que el conocimiento mismo. Un joven profesor y cercano amigo suyo en ese Instituto fue Dominique Villepin, futuro Primer Ministro de Francia.

Siempre me pareció que tanto Íngrid como Astrid, su hermana, eran como una réplica de mis propias hijas. Tan francesas, como colombianas, unas y otras se casaron en París, vivían en los mismos parajes, iban a las mismas discotecas y sus destinos parecían seguir un rumbo más bien apartado de su país de origen. Con Íngrid uno alcanzó a llamarse a engaño. Casada con Fabrice Delloye, por un tiempo creí que iba a llevar la vida fácil y relumbrante de la joven esposa de un diplomático francés en lugares tan paradisíacos como las islas Seychelles o en Los Ángeles, ciudad donde alguna vez los visité, de paso para Taiwán. Como lo escribí alguna vez, todavía la recuerdo en el volante de su automóvil mientras me enseñaba en Hollywood los palacetes de cuento de hadas donde vivían los actores y actrices más famosos. No imaginaba entonces que su vida iba a dar un viraje de 180 grados.

La de ayer y la de hoy

Lo dio, en efecto, al decidir su inesperado regreso a Colombia. Cuando me habló en Bogotá de su proyecto de iniciar una carrera política, la miré con lástima. "Nadie te conoce, le dije. Eso no es tan fácil. ¿Quién va a votar por ti?". Seis meses después obtuvo la votación más alta entre los candidatos a la Cámara en Bogotá. Hoy todos sabemos cómo lo consiguió: sus denuncias sobre el sida moral que padecía el país, la entrega de preservativos -como símbolo de esa lucha- a los automovilistas que circulaban por la carrera once de Bogotá, los nombres de personajes que debían ser investigados por cargos de corrupción dados valerosamente por ella en entrevistas de radio y televisión. Los medios no pudieron ignorarla. Tampoco los electores.

Ahí estaba presente su decisión y su audacia, la misma que la llevó más tarde a escribir un testimonio de lo vivido por ella en un libro rápidamente convertido en best seller en Francia: La rabia en el corazón. También esa audacia, que no se detenía ante riesgos, la puso en manos de las Farc cuando se dirigía a San Vicente del Caguán en febrero de 2002.

Si bien estos rasgos relevantes de su personalidad la acompañaron siempre, ¿por qué hablar hoy de una nueva Íngrid? Porque en ella el ímpetu beligerante y los efectos puramente escénicos se imponían a veces sobre la serenidad y la reflexión. Era "ayatólica", dicen hoy muchos de quienes fueron sus colegas en el Congreso; es decir, pendenciera, provocadora, terca. Hoy, al reaparecer tras seis años de horror, esos rasgos candentes de entonces parecen haber quedado sepultados para siempre en la selva. Íngrid es más aguda y profunda.

Dos elementos intervinieron, sin duda, en ese cambio suyo que hoy provoca asombro en todas partes: su calvario y el misticismo religioso al que acudió como única protección para afrontarlo.

Del calvario sufrido habla muy poco. "Todo eso  quedará en la selva", se dijo a sí misma cuando vio desde la ventanilla del helicóptero por última vez el paisaje donde había transcurrido su cautiverio. Se ha limitado a decir que fue tratada peor que un animal, que tuvo siempre la muerte muy cerca y que sus carceleros, 'César' y 'Gafas', eran "malvados, sanguinarios, casi sádicos". Encerraban a los rehenes en cajones de madera. Sabemos también que  estuvo a punto de morir por haberse negado a comer. De esa agonía suya nos quedó la imagen difundida por las Farc cuando Chávez les pidió pruebas de vida de los secuestrados, así como la carta remitida en esa misma fecha a su madre. La salvó de la muerte el cabo segundo William Pérez. "Se puede morir", les advirtió Pérez a sus captores. "¿Y qué?, le respondieron. Si se muere, la enterramos y se acabó".

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