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Simultáneamente, e ignorante del episodio, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, John McCain, recorría las calles de Cartagena y visitaba la zona aduanera en compañía de una nutrida comitiva de empresarios de su país y de Colombia.
A esa hora el presidente Uribe ya se había despedido de McCain y se encontraba recorriendo el Magdalena Medio santandereano, desde donde se comunicó telefónicamente con los presidentes de Estados Unidos y de Francia, George Bush y Nicolas Sarkozy, les informó la buena nueva y les dio todos los detalles de la operación.
Finalmente y cuando los principales medios de comunicación del país estaban tras la pista de una noticia de grandes proporciones, el ministro Santos ofreció una rueda de prensa en la que dio cuenta de la Operación Jaque. El funcionario reveló detalles de la tarea desarrollada por los miembros del Ejército y contó que los recién liberados llegarían a la capital del país al caer la tarde.
El arribo de Betancourt, los estadounidenses y los demás rescatados se produjo pasadas las 5:00 p.m. al aeropuerto militar de Catam, donde esperaban los familiares y decenas de periodistas de todo el mundo, que registraron el momento en que Íngrid y los otros 14 liberados bajaban de un avión de la FAC y se fundían en un largo abrazo con sus seres más queridos.
Jaque, ¿mate?
El éxito del impecable operativo, y el rescate de 15 de los secuestrados con mayor connotación política y reconocimiento internacional, es un duro golpe para las Farc. Si en los últimos meses ya se habían hecho evidentes los síntomas de desmoralización, división y debilitamiento militar, ahora estos fenómenos se van a sentir con mayor profundidad. Más que el triunfo de un plan, -"perfecto" en palabras de la recién liberada Íngrid Betancourt- para la guerrilla fue una enorme humillación: perdió su botín de canjeables, fue engañada y sumó un nuevo eslabón a la ya larga cadena de descalabros. La percepción de que las Farc van en caída libre quedó reforzada ante los ojos de la opinión pública nacional y de la comunidad internacional.
Seguramente es prematuro decretar la desaparición total de las Farc. Todavía hay varios frentes con capacidad de supervivencia y con una rica financiación proveniente del narcotráfico. Pero las Farc de los últimos años, la que logró las más vistosas victorias hace una década en Las Delicias y Patascoy, tiende a volverse un fenómeno del pasado. En especial porque en ese entonces iniciaron la inhumana serie de secuestros de solados y policías que, posteriormente, incrementaron con congresistas, los diputados del Valle y la candidata presidencial Íngrid Betancourt.
Con la liberación de los 15 ex canjeables se cierra un capítulo: el del chantaje de las Farc a favor de un 'canje' -la obsesión de 'Manuel Marulanda' hasta el fin de sus días- y de un nuevo despeje en los municipios de Pradera y Florida. Aunque aún queda un grupo de 25 secuestrados (ver recuadro), la capacidad de negociación de la guerrilla ha quedado reducida prácticamente a cero. Y aún si es prematuro decretar el fin absoluto de la guerrilla, o del conflicto armado, es muy posible que sí haya quedado superada la etapa en que el conflicto tuvo al secuestro como columna vertebral.
Lo anterior tiene un corolario: a partir de ahora cambiará el tipo de intervención de otros países, y de la comunidad internacional, en la guerra interna colombiana. Después del proceso de paz del gobierno de Andrés Pastrana, los gobiernos extranjeros se habían dedicado a abrir espacios y a tender puentes para la negociación de un acuerdo humanitario. Sin duda alguna, esas acciones se originaron en parte por la sensibilidad que generaba Íngrid Betancourt en Francia y los tres contratistas estadounidenses en su país. Con la libertad de estos cuatro ex rehenes, es muy probable que el tratamiento del resto de los secuestrados quede más reducido a las manos nacionales del Gobierno. O a la Iglesia, que ha recibido del presidente Uribe el encargo de explorar contactos. En ese escenario, las aventuras unilaterales de los Sarkozy y Chávez pierden terreno. En particular la intromisión de este último, tratada con desdén por Íngrid Betancourt cuando afirmó que "bienvenida la ayuda de Chávez, pero primero está la democracia colombiana".
Finalmente, el presidente Uribe y su política de seguridad democrática se anotan su éxito más rotundo. Más valioso que todos los anteriores, porque significa haber resistido toda suerte de presiones -externas y de las familias de las víctimas- para que desechara la opción de rescates militares. Un operativo tan sofisticado y productivo cambia totalmente la percepción paralizante de que no se podía hacer nada por los plagiados, diferente a negociar con la guerrilla.