Que no cunda el pánico

La Junta del Banco de la República tuvo, el viernes 20 de junio, una de sus sesiones más largas y complejas. Al final mantuvo las tasas de interés sin modificación. Foto: Diego Caucayo / Cambio

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EL VIERNES PASADO la Junta del Banco de la República tuvo una de sus reuniones más difíciles de los últimos tiempos. En una sesión de casi ocho horas, sus miembros se enfrentaron a una compleja situación: tras haber alcanzado en 2007 su mayor dinamismo de las últimas tres décadas, la economía colombiana está mostrando preocupantes señales de deterioro. La complejidad de la situación ha dado pie a toda clase de reacciones: mientras unos advierten que las autoridades no saben cómo enfrentar la situación, otros anuncian en tono apocalíptico que se acabó la fiesta. La posibilidad de prolongar la diversión dependerá de las medidas que adopten las autoridades, ante unos hechos que amenazan con desbordarlas.

A la economía colombiana la están atacando tres males que rara vez se presentan simultáneamente: una desaceleración de la actividad productiva, un aumento de las presiones inflacionarias y una dramática revaluación del peso. La evidencia disponible en los tres frentes es elocuente. Mientras la opinión pública espera que el DANE revele al final de esta semana cuál fue el crecimiento de la economía en el primer trimestre de este año, el debilitamiento de las cifras de la industria y el comercio confirma que estamos ante una desaceleración importante. De hecho, las proyecciones del Ministerio de Hacienda y el Departamento Nacional de Planeación para el primer trimestre le apuntan a un crecimiento de alrededor de 4,7 por ciento, lo que representa una caída significativa frente al 8,2 por ciento registrado en el mismo periodo del año anterior.

En una situación de debilitamiento económico como esta lo lógico sería que se diera una desaceleración de los precios. Pero en este caso las cosas son distintas: aunque en marzo y abril la inflación había dado un respiro, en mayo se volvió a acelerar hasta llegar a un nivel de 6,4 por ciento anual, lo que la ubica cada vez más lejos de la meta oficial de 4,5 por ciento. Lo más delicado es que esta aceleración no solo es resultado del alto precio de los alimentos, un fenómeno que está afectando a todo el mundo y que escapa al control de las autoridades monetarias. En esta ocasión las dificultades van más allá: incluso si se excluyen los alimentos, la inflación colombiana registra un comportamiento ascendente, lo que ha generado mayor preocupación en las autoridades.

Pero sin duda el problema económico que mayor eco ha tenido en los últimos días ha sido la revaluación. Según la agencia de noticias Bloomberg, la semana pasada el peso llegó a ser la moneda más revaluada en todo el mundo. En lo corrido del año el dólar ha caído más de 15 por ciento y ha vuelto a los niveles que tenía en 1999. Esta situación ha puesto contra la pared a muchos exportadores que hoy reciben por cada dólar la misma cantidad de pesos que a finales del siglo pasado, mientras muchos de sus costos se han duplicado. La situación es especialmente crítica para los exportadores intensivos en mano de obra: como recordaba un editorial de El Tiempo, en los últimos nueve años el salario mínimo ha aumentado 95 por ciento, y los ingresos de los exportadores se han desinflado a la par con la debilidad del dólar.

Cada uno de los males que aquejan a la economía colombiana es grave en sí mismo, pero la confluencia de los tres es explosiva. La combinación de desaceleración, inflación y revaluación constituye un coctel desconcertante. Es natural que los precios se aceleren cuando la actividad económica está en expansión, pero no es usual que la inflación aumente en una desaceleración como la actual. Las paradojas van más allá: cuando hay una gran revaluación lo razonable es esperar una reducción de la inflación, porque caen los precios de los productos importados y jalan hacia abajo los de muchos bienes nacionales con los que compiten. Por eso es sorprendente que el crecimiento de los precios se esté acelerando a pesar de la revaluación.

Las peculiaridades de la situación actual han llevado a varios analistas a afirmar que la economía está sufriendo un cambio estructural que no se puede enfrentar con el mismo menú de los últimos años. Cada vez se oyen más voces que se atreven a decir algo que causa alarma entre los entendidos: que la economía ha sido atacada por la enfermedad holandesa. Esa expresión había sido parte del debate económico en Colombia cuando se presentó la bonanza cafetera de los años setenta y la petrolera de los años ochenta del siglo pasado.

¿Qué significa exactamente la 'enfermedad holandesa'? El apelativo se usó para describir las dificultades que enfrentó Holanda hace cuatro décadas, cuando un hallazgo de gas natural en el Mar del Norte terminó marchitando la actividad industrial en ese país.

¿Cómo puede una bonanza exportadora perjudicar al resto de la economía? Por un lado, el auge de las exportaciones produce una inusitada abundancia de dólares que reduce la tasa de cambio y estimula el gasto de la gente aumentando las presiones inflacionarias. Las implicaciones son serias: la revaluación y la creciente inflación deterioran la competitividad de todas las exportaciones que no están en bonanza, así como la de la producción nacional que compite con las importaciones. Por otro lado, la gran rentabilidad del sector exportador termina atrayendo recursos productivos, en detrimento de las demás actividades que ven caer su potencial competitivo.

¿Está Colombia atacada por la enfermedad holandesa? La importancia de la pregunta trasciende el simple interés académico, pues de su respuesta depende la aplicación de las políticas correctas para evitar descalabros posteriores. La encrucijada actual tiene rasgos comunes a los del fenómeno descrito: avalancha de dólares, caída de la tasa de cambio, dinamismo de la demanda y aumento de la inflación. Pero para saber si hay una enfermedad holandesa es necesario precisar si se trata de condiciones circunstanciales o si tienen un carácter permanente. En el primer caso bastaría con aplicar medidas temporales, pero en el segundo se requeriría un cambio estructural de la política económica.

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