LA SITUACIÓN ACTUA ha suscitado una creciente inquietud sobre la política económica, polémicas sobre la política fiscal y monetaria, e incertidumbre sobre el futuro de la economía. Intentaré resumir mis puntos de vista sobre los principales interrogantes que se plantean sobre el manejo económico. ¿Se acabó la fiesta como sostiene Semana? Creo que el boom de crecimiento de los últimos años hizo pico en 2007 y que este año vamos para un crecimiento comparativamente modesto de 4,5 por ciento. Este crecimiento, por otra parte, depende más del sector minero y los productos básicos que de bienes manufacturados, y no lleva consigo un vigoroso impulso al empleo. Hay un notorio desgano en la demanda. El sector minorista está muy preocupado por la pérdida de dinamismo en las ventas, el sector manufacturero crece en forma inadecuada, y la inversión y el consumo no conservan la fortaleza de años anteriores. Las exportaciones siguen creciendo pero las importaciones crecen más. A finales de 2007, la esperanza era que Colombia experimentara en 2008 y en los años siguientes un período prolongado de crecimiento alto, pero no ha sido confirmada y se ha perdido algo de la confianza inversionista por la incertidumbre creada por la política, por las implicaciones fiscales de una eventual reelección y por las altas tasas de interés. La fiesta no se ha acabado pero se fueron los mariachis y se está apagando.
En las últimas semanas, la mayor atención de analistas y medios se ha concentrado en el comportamiento de la tasa de cambio que rebasó la barrera de los 1.700 pesos por dólar y amenazaba hasta esta semana seguir cayendo. El Gobierno y el Banco de la República tomaron medidas que parecen haber detenido la revaluación, pero subsiste el temor de que solo sean correctivos con efectos pasajeros y que por lo tanto se requieren decisiones más de fondo.
En efecto, hay un serio problema macroeconómico porque coinciden inflación, revaluación, desaceleración del crecimiento y posible deterioro de la cartera del sector bancario. La política económica no es consistente y a veces las medidas para enfrentar el problema se contradicen abiertamente, lo cual deteriora la confianza en que va a superarse el problema. Que coincidan aumento de la inflación y revaluación del peso es mortífero, pues no solo afecta la capacidad de consumo de la gente -sobre todo de los pobres-, sino que lesiona el sector productivo por el impacto negativo de esa combinación sobre la competitividad. Estimula las importaciones y reduce el atractivo de los productos colombianos en el exterior. La combinación induce la acelerada revaluación real del peso.
Pero, ¿cómo se induce la revaluación y por qué hemos llegado a la situación actual, sin que el Gobierno y el Banco de la República hayan actuado a tiempo para prevenirla o por lo menos para amortiguar los problemas? La semana pasada dije en mi columna de El Tiempo que la explicación convencional para la revaluación es un ingreso elevado de moneda extranjera que, a pesar del auge de las importaciones, supera la demanda e impulsa hacia arriba el valor del peso. A esto debe sumarse la caída del dólar frente al euro y en relación con la canasta de monedas que representaría la mezcla de comercio exterior de Colombia. El valor de las exportaciones ha aumentado considerablemente, la inversión extranjera sigue llegando en forma vigorosa, en particular a los sectores minero y de hidrocarburos, y el diferencial de tasas de interés sigue atrayendo capital financiero, pese a los controles que las autoridades han impuesto para detener su ingreso. Esta situación, en su mayor parte no indeseable, ha promovido durante varios años la revaluación del peso, pero como lo explica Juan Carlos Echeverry en su columna del domingo 22 en el mismo diario, no había generado un conflicto entre "los frentes monetario y cambiario", y la mayor liquidez no se había traducido en mayor inflación.
Esto, sin embargo, ha dejado de ser cierto. Desde hace más de un año, el Banco de la República percibía un peligro de reactivación de la inflación y ha tomado medidas restrictivas. La inflación dejó de ser un peligro, es una realidad. A esto han contribuido factores externos como el aumento de los precios de los alimentos y otros productos básicos. En consecuencia, se vive una situación con revaluación e inflación. La primera ha dado lugar a restricción de la demanda interna, vía aumentos de la tasa de interés. Las medidas para enfrentarla no cierran completamente el círculo: se mantiene el diferencial de tasas de interés, se restringe el crédito con la imposición de encajes a los depósitos de los bancos, lo que aumenta el costo del crédito y reduce su disponibilidad, pero al mismo tiempo el Banco anuncia su compromiso de intervenir diariamente en el mercado de divisas en una suma fija. Una medida expansionista en contradicción con el encaje. Brilla por su ausencia un esfuerzo fiscal de reducción del gasto que responda a las necesidades de la situación actual y que sea consistente con el resto de las políticas.
La semana pasada tuvieron efecto las políticas adoptadas: se regresó a niveles de tasa de cambio superiores a 1.700 pesos por dólar, y el Gobierno anunció recortes del gasto. Pero, ¿las medidas son efectivas, el Gobierno está haciendo lo suficiente en el frente fiscal? No sé si la tasa de cambio va a permanecer mucho tiempo en ese nivel, no creo que se haya logrado detener completamente la tendencia a revaluar, y la mayoría de los economistas coinciden en que el Gobierno debe tomar en serio la necesidad de recortar el gasto. Hasta ahora nos ha tomado mucho del pelo.
Esta semana, el Ministro de Hacienda reconoció la necesidad de un recorte fiscal y dijo que el Presidente le había dado la orden de analizar por dónde recortar, pero al mismo tiempo anunció el Cert para generación de empleo y que va a convocar a las fuerzas vivas para que le digan qué recorta. Esto no genera confianza en que la política fiscal va a alinearse con el resto de la política macroeconómica o en que el Gobierno y el Ministro están seriamente dispuestos a contribuir. Las consultas que proponen son para no hacer lo que tienen que hacer: recortar el gasto sustancialmente. ¡Ya!
En este sentido, algo que podría recortarse para desatar un efecto benéfico, además de producir el efecto fiscal deseado, sería desmontar el subsidio a la gasolina que reciben los propietarios de automóviles particulares. Un subsidio inequitativo, inapropiado y muy costoso. El Gobierno podría ahorrarse un par de billones de pesos al año si lo reduce y mucho más si lo elimina.
POR RUDOLF HOMMES,
economista y consultor internacional.