Junio 25 de 2008

Que no cunda el pánico

La revaluación, la inflación y los problemas mundiales afectan a la economía, pero aún hay tiempo para evitar una hecatombe.

EL VIERNES PASADO la Junta del Banco de la República tuvo una de sus reuniones más difíciles de los últimos tiempos. En una sesión de casi ocho horas, sus miembros se enfrentaron a una compleja situación: tras haber alcanzado en 2007 su mayor dinamismo de las últimas tres décadas, la economía colombiana está mostrando preocupantes señales de deterioro. La complejidad de la situación ha dado pie a toda clase de reacciones: mientras unos advierten que las autoridades no saben cómo enfrentar la situación, otros anuncian en tono apocalíptico que se acabó la fiesta. La posibilidad de prolongar la diversión dependerá de las medidas que adopten las autoridades, ante unos hechos que amenazan con desbordarlas.

A la economía colombiana la están atacando tres males que rara vez se presentan simultáneamente: una desaceleración de la actividad productiva, un aumento de las presiones inflacionarias y una dramática revaluación del peso. La evidencia disponible en los tres frentes es elocuente. Mientras la opinión pública espera que el DANE revele al final de esta semana cuál fue el crecimiento de la economía en el primer trimestre de este año, el debilitamiento de las cifras de la industria y el comercio confirma que estamos ante una desaceleración importante. De hecho, las proyecciones del Ministerio de Hacienda y el Departamento Nacional de Planeación para el primer trimestre le apuntan a un crecimiento de alrededor de 4,7 por ciento, lo que representa una caída significativa frente al 8,2 por ciento registrado en el mismo periodo del año anterior.

En una situación de debilitamiento económico como esta lo lógico sería que se diera una desaceleración de los precios. Pero en este caso las cosas son distintas: aunque en marzo y abril la inflación había dado un respiro, en mayo se volvió a acelerar hasta llegar a un nivel de 6,4 por ciento anual, lo que la ubica cada vez más lejos de la meta oficial de 4,5 por ciento. Lo más delicado es que esta aceleración no solo es resultado del alto precio de los alimentos, un fenómeno que está afectando a todo el mundo y que escapa al control de las autoridades monetarias. En esta ocasión las dificultades van más allá: incluso si se excluyen los alimentos, la inflación colombiana registra un comportamiento ascendente, lo que ha generado mayor preocupación en las autoridades.

Pero sin duda el problema económico que mayor eco ha tenido en los últimos días ha sido la revaluación. Según la agencia de noticias Bloomberg, la semana pasada el peso llegó a ser la moneda más revaluada en todo el mundo. En lo corrido del año el dólar ha caído más de 15 por ciento y ha vuelto a los niveles que tenía en 1999. Esta situación ha puesto contra la pared a muchos exportadores que hoy reciben por cada dólar la misma cantidad de pesos que a finales del siglo pasado, mientras muchos de sus costos se han duplicado. La situación es especialmente crítica para los exportadores intensivos en mano de obra: como recordaba un editorial de El Tiempo, en los últimos nueve años el salario mínimo ha aumentado 95 por ciento, y los ingresos de los exportadores se han desinflado a la par con la debilidad del dólar.

Cada uno de los males que aquejan a la economía colombiana es grave en sí mismo, pero la confluencia de los tres es explosiva. La combinación de desaceleración, inflación y revaluación constituye un coctel desconcertante. Es natural que los precios se aceleren cuando la actividad económica está en expansión, pero no es usual que la inflación aumente en una desaceleración como la actual. Las paradojas van más allá: cuando hay una gran revaluación lo razonable es esperar una reducción de la inflación, porque caen los precios de los productos importados y jalan hacia abajo los de muchos bienes nacionales con los que compiten. Por eso es sorprendente que el crecimiento de los precios se esté acelerando a pesar de la revaluación.

Las peculiaridades de la situación actual han llevado a varios analistas a afirmar que la economía está sufriendo un cambio estructural que no se puede enfrentar con el mismo menú de los últimos años. Cada vez se oyen más voces que se atreven a decir algo que causa alarma entre los entendidos: que la economía ha sido atacada por la enfermedad holandesa. Esa expresión había sido parte del debate económico en Colombia cuando se presentó la bonanza cafetera de los años setenta y la petrolera de los años ochenta del siglo pasado.

¿Qué significa exactamente la 'enfermedad holandesa'? El apelativo se usó para describir las dificultades que enfrentó Holanda hace cuatro décadas, cuando un hallazgo de gas natural en el Mar del Norte terminó marchitando la actividad industrial en ese país.

¿Cómo puede una bonanza exportadora perjudicar al resto de la economía? Por un lado, el auge de las exportaciones produce una inusitada abundancia de dólares que reduce la tasa de cambio y estimula el gasto de la gente aumentando las presiones inflacionarias. Las implicaciones son serias: la revaluación y la creciente inflación deterioran la competitividad de todas las exportaciones que no están en bonanza, así como la de la producción nacional que compite con las importaciones. Por otro lado, la gran rentabilidad del sector exportador termina atrayendo recursos productivos, en detrimento de las demás actividades que ven caer su potencial competitivo.

¿Está Colombia atacada por la enfermedad holandesa? La importancia de la pregunta trasciende el simple interés académico, pues de su respuesta depende la aplicación de las políticas correctas para evitar descalabros posteriores. La encrucijada actual tiene rasgos comunes a los del fenómeno descrito: avalancha de dólares, caída de la tasa de cambio, dinamismo de la demanda y aumento de la inflación. Pero para saber si hay una enfermedad holandesa es necesario precisar si se trata de condiciones circunstanciales o si tienen un carácter permanente. En el primer caso bastaría con aplicar medidas temporales, pero en el segundo se requeriría un cambio estructural de la política económica.

La avalancha de dólares que ha llegado al país tiene muchas causas. Por un lado, la inversión extranjera se ha disparado en los últimos cinco años hasta duplicar su participación en el PIB. Por otro lado, algunas exportaciones siguen creciendo de manera sorprendente: en el primer trimestre del año las ventas externas de productos tradicionales aumentaron más de 60 por ciento, mientras las exportaciones no tradicionales crecieron casi 25 por ciento. Adicionalmente, a la economía han llegado cuantiosos flujos de capital como resultado de la diferencia que hay entre las tasas de interés domésticas y las internacionales. Mientras la Reserva Federal estadounidense ha bajado su tasa de interés a 2 por ciento, la del Banco de la República está en 9,75 por ciento. Como si eso fuera poco, Colombia sigue siendo uno de los países que mayores volúmenes de remesas recibe en América Latina, con un valor que supera las exportaciones de carbón y que en 2007 alcanzó los 4.520 millones de dólares.

En síntesis, no todas las fuentes de los dólares que están llegando al país tienen un carácter estructural y algunas de ellas pueden debilitarse en los próximos meses. Uno de los cambios más significativos que se puede dar en el futuro es que vuelvan a subir las tasas de interés en Estados Unidos, lo que reduciría el atractivo de endeudarse en dólares y de traer capitales al país. En las últimas dos semanas el presidente de la Reserva Federal ha dicho que su mayor preocupación ya no es la recesión sino la inflación y fortalecer el dólar, lo que permite presagiar un aumento de los intereses antes de terminar el año.

En Colombia también puede haber cambios: el Banco de la República podría flexibilizar su política de tasas de interés si se mantiene la desaceleración económica que se ha visto en lo corrido del año. Finalmente, el crecimiento de las exportaciones debería moderarse un poco en los próximos meses, en la medida en que la economía venezolana siga avanzando en su propia desaceleración y si se profundiza el deterioro de las relaciones con Ecuador. 

A pesar de todo lo anterior, no se puede descartar la preocupación sobre una potencial enfermedad holandesa. De hecho, dos de las fuentes del aumento de los flujos de dólares al país deben mantenerse en el mediano plazo: el dinamismo de la inversión extranjera y los altos ingresos por la exportación de petróleo, carbón y ferroníquel.

Tiempos difíciles

La responsabilidad de controlar la revaluación ha saltado de mano en mano como una papa caliente. La mayor parte de los afectados han enfilado baterías hacia el Banco de la República, pidiéndole que baje sus tasas de interés para que sea menos atractivo traer capitales al país, y reclamándole que compre más dólares para subir la tasa de cambio. Hasta ahora la Junta del Banco no había hecho mucho caso a esos llamados, pues ambas medidas atentan contra su objetivo constitucional de controlar el crecimiento de los precios. En efecto, la reducción de las tasas de interés volvería a estimular el gasto de los colombianos, lo que conllevaría el riesgo de un recrudecimiento de la inflación. Entre tanto, una mayor compra de dólares por parte del Emisor implicaría mayores volúmenes de pesos en circulación, con idéntico efecto sobre el gasto y la inflación.

En este contexto, resulta muy significativo que el viernes pasado la Junta del Banco haya anunciado que va a cambiar su esquema de compra de divisas, al pasar de demandar 150 millones de dólares mensuales a 20 millones de dólares diarios. Esa decisión representa un aumento de la demanda de divisas de alrededor de 250 millones de dólares mensuales, lo que debe tener un impacto positivo sobre la tasa de cambio. Para evitar que esa medida tenga efectos inflacionarios, la Junta del Banco estableció un encaje promedio de 10 por ciento para los depósitos bancarios, lo que se traduce en una reducción de la cantidad de dinero para compensar el aumento del circulante generado por las mayores compras de dólares.

Aunque estas medidas tuvieron un impacto significativo sobre la tasa de cambio en los primeros días de esta semana, hay que tener presente que una política como esta tiene un alcance limitado. El Banco de la República no puede acumular reservas internacionales indefinidamente y tampoco puede ahorcar al sistema financiero abusando de los encajes. Algo parecido sucede con los apoyos que el gobierno ha venido dando a algunos sectores exportadores: esos recursos no pueden mantenerse indefinidamente y tampoco alcanzan a compensar las pérdidas generadas por la caída del dólar. Pero a pesar de sus limitaciones, las medidas anunciadas el viernes y los apoyos del gobierno contra la revaluación constituyen un alivio temporal mientras se aclara si la avalancha de dólares efectivamente empieza a ceder en el segundo semestre del año.

Como están las cosas, los escenarios de la revaluación para los próximos meses no son para hacer fiestas: hay uno regular y otro malo. En el escenario regular, a la vuelta de unos meses se habría debilitado la avalancha de dólares que llegan al país y las medidas recientes habrían ayudado a los empresarios a pasar el río para llegar a la orilla resbalosa de una tasa de cambio un poco más alta, pero con un peso aún revaluado por el alto precio del petróleo y los flujos de inversión extranjera. En el escenario malo, las condiciones del entorno internacional no cambiarían sustancialmente en los próximos meses y el precio del dólar volvería a rondar los niveles actuales.

En un panorama tan sombrío, hay una fórmula que permitiría convertir el escenario malo en uno aceptable y el regular en uno bueno. Consiste en hacer un cambio drástico de la política económica que tenga en cuenta que estamos ante una nueva realidad: Colombia tendrá que aprender a convivir con más inversión extranjera y mayores exportaciones de productos energéticos, por cuenta de los avances en seguridad en el país y del aumento de la demanda por energía en el mundo.

¿Y cómo evitar que esa situación deteriore la competitividad del resto de la economía? La teoría económica y la experiencia internacional indican que la única manera de lograrlo es mediante una drástica reducción del gasto público. Si el gobierno generara un superávit fiscal significativo haría moñona. Por un lado, reduciría las necesidades de financiamiento público, lo que aliviaría la presión sobre la tasa de interés y atenuaría la entrada de capitales externos. Por otro lado, se reducirían las presiones inflacionarias, lo que le daría más margen al Banco de la República para flexibilizar la tasa de interés y demandar más dólares. Sería una moñona tan grande como la que han hecho Perú, Chile, Australia, Canadá y todos los países que se han reído de la enfermedad holandesa, alcanzando el esquivo objetivo de combinar un fortalecimiento de la minería con un crecimiento balanceado del resto de la economía.

POR MAURICIO REINA,
Investigador asociado de Fedesarrollo.

Ver Términos y Condiciones.

COPYRIGHT © 2008 CEET Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular.