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CUANDO EN JULIO DE 2006, el presidente Álvaro Uribe nombró a Juan Manuel Santos como ministro de Defensa, poco antes de iniciar su segundo mandato, muchos sectores de opinión coincidieron en que se trataba de la gran oportunidad para la carrera del nuevo funcionario. Una paradoja para alguien que, como Santos, había sido ministro de Hacienda de Andrés Pastrana y de Comercio Exterior de César Gaviria, precandidato presidencial y designado. En estas posiciones se destacó y recibió elogios de la clase dirigente, pero pasó inadvertido para el grueso público hasta el punto de que se volvió un lugar común referirse a Santos como el político que en las encuestas siempre era derrotado por el grupo de No Sabe/No Responde o por el margen de error.
El Ministerio de Defensa se le presentó como el mejor trampolín para salir de la invisibilidad. La política a su cargo, la de seguridad democrática, es la bandera del popular Gobierno de Álvaro Uribe. Marchar al lado del Comandante en Jefe en los desfiles militares televisados lo pondría primero en la fila de los uribistas que desde 2002 han tratado de cobijarse a la sombra de la buena imagen del Presidente. Y casi dos años después, la teoría se ha corroborado. Juan Manuel Santos logró, por fin, despegar en las encuestas y hoy ocupa el cuarto lugar en el escalafón que hace la firma Invamer-Gallup, detrás de Ingrid Betancourt, Noemí Sanín y Antanas Mockus (ver gráfico).
En el gabinete ministerial que, en general, se considera opaco, Santos sobresale. Aparece en los medios de comunicación con inusitada frecuencia y casi siempre como artífice de buenas noticias: los golpes a las Farc y al narcotráfico. Se ha convertido en el blanco de los ataques de Hugo Chávez, a quien ha criticado con dureza desde sus tiempos de columnista, lo cual le da puntos en momentos en que el mandatario venezolano registra entre los colombianos una imagen negativa de 82 por ciento.
No cabe duda, Juan Manuel Santos está en su cuarto de hora. Para lograrlo, sin embargo, ha tenido que recorrer un camino que no ha sido propiamente de rosas. Los 22 meses de Ministerio han sido frenéticos y el Ministro ha sufrido subidas y bajadas como una montaña rusa. Su llegada al Ejecutivo coincidió con el estallido del escándalo de los 'falsos positivos' en el Ejército: la revelación de que, en vísperas de la posesión de Uribe, un grupo de oficiales se había inventado atentados de la guerrilla en Bogotá para reclamar como éxito su supuesto descubrimiento y desmonte, antes de que se hubieran llevado a cabo. Aunque Santos no tenía velas en ese entierro, afirmó que había un "montaje sobre los montajes" y salió mal librado cuando el fiscal general, Mario Iguarán, concluyó que se trataba de falsos positivos.
Hace un año, la oposición intentó aplicarle una moción de censura por tres hechos muy graves: la interceptación de teléfonos de personajes de la vida nacional, incluidos periodistas y miembros de la oposición, por la Dirección de Inteligencia de la Policía; unas declaraciones que dio al diario El País de Madrid que generaron una de las primeras crisis en las relaciones con Venezuela, y una mención de Salvatore Mancuso, en su versión libre ante fiscales de Justicia y Paz, que revivió los contactos que hizo en 1998 con guerrilleros de las Farc y el Eln, y la cúpula de las Auc para proponerles un acuerdo de paz que pasaba por la salida del poder del presidente Ernesto Samper.
Al final, el 13 de junio del año pasado, la aplanadora gobiernista en el Congreso le lanzó un salvavidas y enterró la moción de censura por 161 votos contra 53. La victoria fue dura, sin embargo, porque para alcanzarla el Ministro tuvo que atender con paciencia varios debates en el Capitolio, la embestida sin recato del Partido Liberal, su antiguo partido, y un sinnúmero de críticas en los medios escritos, en especial de columnistas. Su imagen se desplomó y alcanzó los niveles que tenía antes de ingresar al Ministerio.
Tiempos mejores
Santos parece haber superado los malos tiempos y, enfundado en la camiseta de la seguridad democrática, la más rentable del momento en política, se metió en la lista de los presidenciables. El Ministro presenta ventajas sobre todos sus rivales en el uribismo: cuenta con un escenario envidiable y además puede reclamar legítimamente que fue el promotor de La U, el más uribista de los partidos uribistas. Si en 2010 el electorado busca, como hoy parecen indicarlo las encuestas, un mandato de continuidad, Santos tendría cartas muy valiosas para jugar. ¿Qué mejor propuesta de campaña, en un momento de rechazo a las Farc como el actual, que los éxitos que han logrado las Fuerzas Armadas durante los meses de su gestión? (Ver artículo anterior).
Desde luego, no todo en el panorama de los dos próximos años está despejado. Para empezar, en el uribismo hay varios aspirantes y aunque algunos, como Martha Lucía Ramírez, Carlos Holguín y Óscar Iván Zuluaga, tienen menor perfil que Santos frente a la opinión pública, no necesariamente se le unirían en forma automática. Incluso dentro de su partido hay molestias porque prefirió entrar al Gabinete y dejó a la colectividad al garete en los momentos más difíciles: los de la división interna y la parapolítica. Y Cambio Radical se jugaría por su jefe natural, Germán Vargas Lleras, que tiene pocas razones personales y políticas para hacer una alianza con Santos y quien podría aspirar a recibir la antorcha de la seguridad democrática para el futuro. Finalmente, por haber sido jefe de La U, los demás partidos de la coalición de gobierno ven a Juan Manuel Santos como un competidor.