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EL PRESIDENTE Álvaro Uribe tiene fama de frentero, de llamar pan al pan y vino al vino. Regaña a los ministros en público cuando cree que no están haciendo bien la tarea, les jala las orejas a los generales del Ejército y la Policía cuando percibe falta de efectividad y resultados en la lucha contra el crimen organizado, increpa a los presidentes Hugo Chávez y Rafael Correa por permisivos y laxos a la hora de combatir a las Farc, no les da tregua a los opositores y les canta la tabla cada vez que tiene oportunidad, y a ex guerrilleros desmovilizados, como Gustavo Petro y León Valencia, les saca en cara su pasado, como lo hizo este martes en Montería con especial acritud y vehemencia.
No obstante, hay un tema en que, lejos de poner el pecho, el Presidente hace fintas al mejor estilo de Lionel Messi: la segunda reelección. Cuando el asunto salta a la palestra -cada día con más insistencia- el Uribe francote le da paso al Uribe evasivo, el que en lugar de despejar, de una vez por todas, las dudas, prefiere desmontarse por las orejas. El último que fracasó en el intento de concretarlo fue Darío Arizmendi en Caracol Radio, quien tampoco logró sacarle en limpio un "sí" o un "no": el Presidente se salió por la tangente y pidió la reelección de la seguridad democrática que "genera la confianza inversionista desde la responsabilidad social y finalmente la cohesión social desde las libertades".
La actitud del Presidente se asemeja a la que asumió hace cuatro años, antes de que el entonces asesor presidencial Fabio Echeverri Correa propusiera reformar el 'articulito' que permitiría abrirle la puerta a la reelección presidencial inmediata. Lo que siguió es historia patria: el 'articulito' fue reformado por el Congreso, la Corte Constitucional le dio la bendición y Uribe derrotó a Horacio Serpa en primera vuelta.
El peor de los mundos
Pero a diferencia de hace cuatro años, su ambigüedad actual podría estársele devolviendo al Presidente como un bumerán. El ambiente está pesado, la crisis política parece no tener una salida fácil y es evidente que en la opinión pública hay más uribismo que reeleccionismo. Por eso, al Presidente le están apareciendo nuevos críticos u opositores que, desde los más diversos sectores, convergen en un punto: cuestionan una nueva reforma para una nueva reelección.
El presidente Uribe se encuentra en el peor de los mundos: divide a sus partidarios, radicaliza a sus contradictores y a los indecisos los obliga a definirse en su contra. El mejor ejemplo de esto es la disparidad de criterios que se percibe entre los altos funcionarios de la Casa de Nariño.
El fin de semana pasado, en una entrevista publicada en El Tiempo, el alto comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, dio un inesperado salto libre y se fue 'lanza en ristre' contra los partidos uribistas. Pidió su disolución y afirmó, además, que el Presidente no se benefició de los partidos uribistas sino que fueron estos los que le chuparon rueda a su enorme popularidad.
Por su parte, el ministro del Interior, Carlos Holguín, reaccionó diciendo que "los partidos políticos no se fortalecen disolviéndose".
Las declaraciones de Restrepo, uno de los hombres más cercanos al Presidente, no solo causaron desconcierto y molestia al Ministro. También a sus copartidarios del Partido Conservador, hasta ahora el más fiel y disciplinado aliado del Gobierno. El senador Efraín Cepeda, presidente del Directorio Nacional Conservador, las consideró un exabrupto con "tufillo de aspiraciones políticas personales" y las calificó como mesiánicas y apocalípticas. "Un verdadero atentado contra la democracia", dijo el Senador.
Por cuenta de la falta de definición del Presidente sobre un eventual tercer mandato, el asunto se le está enredando y crece el número de personas -uribistas y no uribistas- que empiezan a marcar distancias frente a la reelección. Tres figuras políticas de vertientes diferentes simbolizan esta convergencia contra la posibilidad de una segunda reelección de Uribe: la senadora Gina Parody, una uribista triple A que ha sido muy cercana al Presidente; el ex alcalde Antanas Mockus, que en reciente columna pidió la renuncia de Uribe, e Iván Cepeda, un tradicional opositor del Gobierno y reconocido defensor de las víctimas del paramilitarismo, y ahora convertido por el propio Álvaro Uribe en su más fuerte contradictor. Los tres, cada uno desde orillas diferentes, han expresado oposición a un tercer mandado de Uribe.