Unidos por accidente

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Gina, la disidente

Gina Parody, quien llegó a la Cámara en 2002 a defender el programa de Álvaro Uribe, a cuya campaña se vinculó como parte del grupo que lo estudió y estructuró, se ha ganando fama uribista hasta los tuétanos, de persona muy cercana a los afectos del Presidente y de asidua visitante de la Casa de Nariño, a donde era citada con frecuencia para analizar los iniciativas oficiales. En Palacio algunos recuerdan que cuando Uribe era candidato, era ella quien le oía todos los cuentos y tomaba nota de todas sus propuestas "Varias veces le oímos decir. 'Gina es la persona que más me entiende y la que más sintonizada veo conmigo' ", dijo una fuente que la conoció en la campaña.

Nadie duda de que buena parte del rápido ascenso en su carrera política se lo debe al Presidente, pues gracias al entusiasmo uribista que invadió al país en 2002 tras el fracaso de las conversaciones del Caguán, los candidatos que se identificaron con Uribe y agitaron sus banderas en la campaña electoral sacaron votaciones históricas. Gina fue una de ellas: sacó un poco más de 80.000 votos en Bogotá, la segunda votación más alta para la Cámara después de Gustavo Petro, y en las elecciones de 2006, como candidata al Senado, obtuvo la segunda votación del Partido de La U.

No obstante su cercanía a Uribe, Parody no ha sido propiamente aúlico del Presidente y en no pocas ocasiones se ha apartado de los lineamientos del Gobierno. Si en la Cámara defendió proyectos vitales para el Presidente como la reelección y el referendo, en el Senado comenzó a marcar diferencias con el uribismo en varias iniciativas de vital importancia para el Gobierno. Por ejemplo, en llave con los senadores Rafael Pardo y Luis Fernando Velasco, se opuso al proyecto de 'alternatividad penal', presentado en agosto de 2003, un mes después de la firma del Acuerdo de Ralito, por considerarlo una amnistía velada para crímenes atroces que no garantizaba la reparación de las víctimas.

Que una uribista como ella se opusiera al proyecto del Gobierno le mereció el respeto entre sus colegas. "Gina tiene convicciones muy fuertes para defender sus puntos de vista, independientemente de lo que puedan afectar a su partido o a la coalición de Gobierno", le dijo a CAMBIO el ex ministro Rafael Pardo. Y un funcionario de Palacio sostiene que es una muestra de que ser uribista no significa necesariamente decir a todo que sí: "Creo que los verdaderos uribistas son los que se pueden dar el lujo de controvertir al Presidente o sus políticas, y ser escuchados".

La senadora también se ha opuesto a la penalización de la dosis personal de droga, iniciativa del Gobierno que ha naufragado dos veces, y hoy, en medio de la crisis política y de legitimidad del Congreso, se ha mostrado, una vez más, como disidente dentro de su propio partido. No solo ha considerado tibia la reforma política propuesta para depurar y fortalecer los partidos, sino que pasó de ser la entusiasta de la primera reelección a estar en la orilla opuesta.

No solo considera que 12 años de un mandatario en el poder desdibuja el concepto de democracia, sino que cree que una nueva reelección profundiza el déficit de separación de poderes y que, además, disminuye espacios para la creación de nuevos liderazgos. "Gina es uno de los casos que más gratamente me ha sorprendido y me han ayudado a no caer en el sectarismo de uribismo y oposición -asegura el senador del Polo, Gustavo Petro-. Ella es una liberal y debe sentirse aprisionada dentro de la coalición de Gobierno y de su  propio partido". No les falta razón a quienes sostienen que la destacada senadora está en el lugar equivocado.

Cepeda, el contradictor

A diferencia de Gina Parody, Iván Cepeda siempre ha sido antiuribista y se opone por principio a la reelección presidencial. Hizo una de sus primeras apariciones públicas el 26 de julio de 2004, cuando se coló en las barras del Congreso con una pancarta y las fotos de algunas víctimas de las Auc, para protestar contra la Ley de Justicia y Paz el día en que estaban presentes a quienes considera los responsables del exterminio de la UP, de millones de desplazados y huérfanos y viudas sin tierra: Salvatore  Mancuso, 'Ernesto Báez' y Ramón Isaza, reconocidos  jefes paramilitares.

Dijo, entonces, que la Ley era una ley de impunidad que dejaría sin resolver muchos crímenes, incluido el de su padre, Manuel Cepeda, asesinado en agosto de 1994 cuando era senador de la Unión Patriótica, por paramilitares al parecer aliados con miembros de la Fuerza Pública. Ese crimen marcó su derrotero político.

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