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De alguna manera Uribe está acorralado y desde varios sectores, incluidos partidarios del Gobierno; surgen interrogantes sobre el alcance de la crisis, esencialmente política, centrada en el Congreso y en los mecanismos de lucha por el poder, que se contaminaron porque los grupos paramilitares se tomaron los poderes regionales y casi una tercera parte del Legislativo (ver columna de Rafael Pardo).
En un país que atraviesa por un momento de vacas gordas y en el que, según las encuestas, la mayoría acompaña al Presidente, la incertidumbre -impensable hace unos meses- y la crisis política -que no es institucional porque los órganos de la Justicia están cumpliendo a cabalidad con sus funciones- resultan tan preocupantes, como impredecibles las consecuencias que podrían tener en el largo plazo sobre la economía y la imagen internacional del país.
Un hilo conductor atraviesa todos los componentes de la situación: la posibilidad de que el presidente Uribe busque una nueva reforma constitucional para una segunda reelección. Sectores de oposición dan como hecho seguro que los controvertidos cambios que el Gobierno y su bancada le introdujeron a la reforma política buscan asegurar las mayorías necesarias para reformar el "articulito". Las recurrentes expresiones ambiguas con las que Uribe esquiva el tema de la reelección, alimentan las sospechas de que anda en eso y sus actuaciones se ven como sospechosas y son interpretadas como cortinas de humo o golpes de imagen, detrás de las cuales hay intenciones ocultas.
Por esto, nada contribuiría más a bajar las crecientes tensiones en el mundo político, que el Presidente se pronuncie definitivamente sobre el tema, pues el panorama se despejaría, se disiparían las sospechas de que todo está manipulado desde la Presidencia y podría iniciarse una competencia electoral que diversifique la agenda y le dé aire a la asfixiante sensación de crisis.
Sin embargo, es muy poco probable que el Presidente esté dispuesto a hacer un anuncio de esa naturaleza. Con su alta popularidad, los exitosos resultados de la seguridad democrática y la solidaridad que generaron las recientes confrontaciones internacionales con Ecuador y Venezuela, Uribe y sus asesores creen que tiene posibilidades de seguir en el mando para cumplir las metas que se trazó cuando llegó al poder en 2002.
Pero la verdad es que los acontecimientos de los últimos días tienden a cerrarle la puerta a una nueva reelección. La mala imagen del Congreso le quita legitimidad para volver a cambiar la Constitución, sobre todo a raíz de la reaparición de Yidis, e incluso si en esta oportunidad -como propone el Partido de La U-el intento se hace por la vía del referendo y con el respaldo de millares de firmas de ciudadanos.
Además, hay otros factores que obstaculizarían la reelección. El interés de la comunidad internacional sobre la parapolítica tiende a convertirse en preocupación sobre la vigencia de las instituciones, y las heridas que el escándalo le ha causado al Presidente, debilitan la unidad del uribismo: en los pasillos de La Picota, donde están la mayor parte de los parlamentarios detenidos, cada vez hay más críticas al Gobierno y para nadie es un secreto que ellos mantienen canales de comunicación e influencia sobre sus reemplazos. Y en sectores fundamentales del uribismo, las amenazas de la inestabilidad política para el crecimiento económico empiezan a hacerles sentir a los empresarios que convendría una oxigenación en el liderazgo.
Bajo un panorama tan sombrío, el debate sobre la segunda reelección de Uribe ya no se circunscribe a si la está buscando o a si cuenta con las mayorías necesarias. La pregunta es si es posible y conveniente. Los acontecimientos de los últimos días permiten pensar que la reelección está en jaque.
La crisis es política
entroLos verdugos del cacique