SI CADA UNO de los pasajeros de un mismo barco pretende escapar, en un bote exclusivo, de la tormenta que los amenaza, todos pueden terminar por ahogarse. Esta es la moraleja que se deriva del actual estrellón diplomático entre Colombia, Venezuela y Ecuador.
Acosados por los retos de la globalización, los tres antiguos miembros de la Gran Colombia parecen tener en la mira únicamente sus propias perspectivas e intereses nacionales olvidando que el éxito de cada país pasa hoy obligadamente por la cooperación y la integración regional. El fracaso de la subregión es ruinoso para cada uno de sus miembros.
Colombia enfrenta desde hace décadas un conflicto interno que la desangra, y que ha paralizado su desarrollo. Por ello, no sin razón, el presidente Uribe ha centrado los mayores esfuerzos de su gobierno en la lucha contra uno de los principales promotores del conflicto: las Farc. Pero el conflicto colombiano presenta otros agravantes. Tanto las Farc como otros de sus actores, el Eln y sobre todo los paramilitares, no sólo recurren a diferentes formas de criminalidad, como el asesinato, las masacres o el secuestro, sino que obtienen sus principales recursos de poderosas redes delictivas transnacionales ligadas al narcotráfico, el lavado de dinero y el tráfico de armas. Además, las Farc han tratado de usar a los países colindantes como santuarios de protección y abastecimiento. Por ello, resulta imposible esperar que Colombia pueda resolver su conflicto interno sin el respaldo de tales países. Pero, centrado en el propósito nacional de debilitar a las Farc, Uribe parece ignorar las necesidades, intereses y perspectivas de sus vecinos que son distintos de los de Colombia.
En este contexto, hasta noviembre de 2007, Uribe había logrado un sorprendente y prometedor entendimiento con el presidente venezolano Chávez en torno a proyectos energéticos y de infraestructura mutuamente beneficiosos. Confiado en su propia habilidad y pasando por alto las simpatías políticas de Chávez, Uribe se equivocó doblemente, primero, metiéndolo en el corazón del conflicto colombiano en calidad de facilitador para un acuerdo humanitario, y luego, removiéndolo de su tarea sin explicación, previa ni posterior.
De allí en adelante se ha desatado una creciente y peligrosa confrontación. Al acto descortés de Uribe, Chávez respondió con una escalada de improperios y, a despecho de Uribe, siguió desarrollando por cuenta propia una estrategia conjunta con las Farc para avanzar en la liberación de los secuestrados. Este, por su parte, tras una respuesta inicial a Chávez con serias acusaciones, adoptó la estrategia del silencio verbal, acompañada por una réplica por la vía de los hechos. Organismos de inteligencia colombianos interfirieron la entrega a Chávez de las pruebas de supervivencia de los secuestrados. Luego, Uribe concurrió en silencio al gran escenario mediático e internacional montado por Chávez para la devolución de los primeros secuestrados, incluido Emmanuel, pero terminó robándose el "show" ante el hecho de que las Farc no pudieran cumplir la cita ya que el niño había sido recuperado por los organismos de inteligencia. Ante la muerte de Raúl Reyes en territorio ecuatoriano por los cuerpos de seguridad y defensa de Colombia, Chávez ha tomado insólitas medidas tal vez en defensa de su alianza con las Farc y porque de nuevo se enreda su papel en la liberación de los secuestrados: expulsó al embajador colombiano, cerró la embajada venezolana en Bogotá, canceló las relaciones diplomáticas y comerciales con el país, movilizó diez batallones a la frontera, incluida la fuerza aérea, y amenazó con guerra en caso de que el gobierno colombiano intente una operación similar en territorio venezolano.
El choque con el gobierno ecuatoriano reviste otras características, no menos graves. Después de un periodo de tensiones entre ambos países, motivado sobre todo por las fumigaciones adelantadas por Colombia en la frontera, los presidentes Correa y Uribe venían propiciando un mutuo acercamiento de sus gobiernos y acumulando gestos amistosos. Uribe había acompañado la instalación de la Asamblea Constituyente ecuatoriana, había aportado recursos para la atención humanitaria y el desarrollo alternativo a los cultivos ilícitos, mientras Correa había cuestionado duramente el secuestro, no había secundado la solicitud de Chávez de declarar beligerante a las Farc, ni la de establecer un pacto militar con Venezuela, y acababa de levantar la exigencia del pasado judicial a los colombianos que ingresan a su país. Ambos habían acordado un plan binacional de desarrollo fronterizo y la reactivación de todos los mecanismos de vecindad.
En esas condiciones, pensando sólo en el interés nacional de debilitar a las Farc pero sin tener en cuenta el contexto de su acción, sus antecedentes y muy posibles consecuencias, Uribe lanza el operativo contra Raúl Reyes y su gente en territorio del vecino país. Era una operación arriesgada que le introducía un giro al conflicto. Desde luego, era una violación flagrante de una norma sagrada del derecho internacional, ciertamente debilitada por la globalización, y relativizada por la presencia de campamentos de las Farc en territorio ecuatoriano. Ante las continuas denuncias de tal presencia y la constante negativa del Ecuador de participar en acciones coordinadas o conjuntas, la rápida incursión buscaba evitar que escaparan y no tenía ninguna intención agresiva contra Ecuador. Los acontecimientos y el manejo dado por el gobierno de Uribe terminaron por tensionar al máximo la relación.
La información suministrada por el presidente colombiano al ecuatoriano fue tardía y parcial. Más equivocado aún ha sido el manejo posterior. En vez de utilizar la información contenida en los computadores de Reyes para aclarar directamente la situación con el gobierno ecuatoriano y buscar fórmulas de conciliación, se los convirtió en instrumento de confrontación pública con el mismo. Del todo inadecuado resulta, además, dejar la presentación de un tema diplomático tan sensible en manos de un oficial de policía. La reacción del Gobierno ecuatoriano, que inicialmente había sido comprensiva, se tornó entonces radical. Rompió relaciones con Colombia, acantonó más ejército en la frontera y se acercó de nuevo a Chávez, de quien venía tomando distancia. Por actitudes como éstas, el Gobierno de Colombia no goza de muchas simpatías en el ámbito internacional. Y es allí donde cada uno intenta ahora llevar sus respectivas demandas.
Ante la gravedad de la situación, no hay que olvidar que las poblaciones compartidas y la geografía unen indisolublemente a estos tres países. El pasado los vincula y los hace interdependientes. El futuro los reta a superar las diferencias. De ahí la necesidad de que colombianos, ecuatorianos y venezolanos reforcemos los lazos entre autoridades y poblaciones fronterizas, entre sectores sociales, económicos, políticos, académicos, culturales, para que con ayuda internacional haya diálogo gubernamental y trámite pacífico de los intereses nacionales y regionales. De lo contrario, lo que cada uno asume como victoria en el corto plazo puede resultar una derrota fatal y Estados Unidos puede pescar en río revuelto.
POR SOCORRO RAMÍREZ,
IEPRI, Universidad Nacional.
El grupo de Contadora es un buen ejemplo de lo que puede hacerse ahora en la crisis andina.