A PESAR DE TODO, hay buenas noticias en medio de los hechos de los últimos días. La región andina demostró su absoluta indisposición a un conflicto militar. Ha habido afortunados llamados a la calma. Y además, todo el mundo parece reconocer que si la situación se sale de control, las consecuencias serían fatales para todos.
Aun así, el pulso entre la soberanía nacional, de un lado, y la defensa legítima y la lucha contra el terrorismo, de otro, despertó pasiones intensas. La opinión pública colombiana ha apoyado, con buenas razones, la decisión del gobierno del Presidente Uribe de atacar el refugio de las Farc en el Ecuador. Aunque el Presidente Correa no rechazó el hecho de que las Farc utilizaran su país como santuario, él también recibió el respaldo de la mayoría de los ecuatorianos. La actitud de Chávez al operativo colombiano, típica por sus excesos y emotividad, quedó en cambio fuera de lugar (¡no hay que olvidar que los hechos ocurrieron en Ecuador y no en Venezuela!) y estuvo más dirigida hacia Estados Unidos que a Colombia.
Algunos gobernantes amigos de Uribe -como Alan García, del Perú, y Michelle Bachellete, de Chile- condenaron el operativo. Pero esas críticas no pueden interpretarse como indiferencia ante la lucha contra el terrorismo o como una negación del derecho a la defensa legítima. Más bien, deberían entenderse como una reafirmación del principio de soberanía. Es de esperar que la comunidad hemisférica condene las recurrentes violaciones a la soberanía que hacen las Farc.
Además, las exigencias de los presidentes a su colega Uribe para que se disculpe, le podrían servir a Colombia para moderar a Chávez. Con su firme posición a favor de la soberanía, los otros gobiernos tienen una mayor fortaleza para exigirle a este último que respete las normas y corte cualquier asociación que tenga con las Farc.
Uribe y Correa se han beneficiado políticamente, y no es claro que lo mismo le haya ocurrido a Chávez. Más allá de las simpatías que puede tener el presidente de Venezuela, hay muy poco apoyo en ese país hacia las Farc, incluso entre los seguidores de Chávez y menos aun en las Fuerzas Armadas. Si a Chávez se le va la mano en el apoyo a la guerrilla, se arriesga a debilitar su posición interna y regional, de por sí ya vulnerable
Es difícil para Colombia mejorar las relaciones bilaterales con Chávez en un momento tan difícil. En cambio, con Correa hay mayores posibilidades de solucionar las diferencias. Antes de este incidente, el entendimiento entre los dos países estaba mejorando. A diferencia de Chávez, Correa no tiene grandes ambiciones regionales y las estrechas relaciones de Colombia con Estados Unidos no son para él un problema, como sí son para Chávez. En el calor de la pasión es fácil poner a todos los gobiernos en la misma categoría, pero la distinción entre Chávez y Correa es crucial.
La OEA, bajo el liderazgo de José Miguel Insulza, ha jugado un papel clave, con la rápida convocatoria de una reunión de emergencia que sirvió para canalizar las tensiones y cambiar las opciones militares por salidas diplomáticas como la mediación o la creación de una comisión investigadora. Aunque varios países han ofrecido ayuda, Brasil podría estar en la mejor posición para fomentar un regreso a la normalidad. El gobierno de Lula tiene legitimidad ante los gobiernos de Uribe, Correa y Chávez, y tiene un buen sentido de los principios que están en juego. Con su creciente perfil de poder regional, Brasil puede y debe responder en forma constructiva ante esta crisis que no tiene precedentes y que necesita pronta solución.
POR MICHAEL SHIFTER,
Vicepresidente del Diálogo Interamericano.
El grupo de Contadora es un buen ejemplo de lo que puede hacerse ahora en la crisis andina.