(Página 1 de 4)
LA SEGUNDA REELECCIÓN del presidente Álvaro Uribe está sobre el tapete. Su popularidad sin antecedentes -80%- fortalece la idea de que las mayorías lo acompañan. El éxito de su gobierno en varias áreas -en especial en la de la seguridad democrática- hace pensar que no se necesitan cambios. Y la crisis con Venezuela atiza el nacionalismo y alimenta la sensación de que no conviene cambiar de capitán cuando el barco se sacude en medio de la tormenta.
La propuesta de la segunda reelección la hizo hace unos meses el secretario del partido de La U, Luis Guillermo Giraldo, y a pesar de que no fue acogida con entusiasmo empezó, prácticamente a título personal, a recoger firmas con miras a un referendo para que los electores decidan si quieren o no volver a cambiar la Constitución para permitir que Uribe repita en 2010. Pero fue después de las multitudinarias marchas del 4F, cuando el presidente del más uribista de los partidos de la coalición de Gobierno, Carlos García, oficializó la propuesta. Una jugada que fue calificada de oportunista o como dijo Fabio Echeverry Correa, uno de los cerebros de la primera campaña y promotor del cambio del "articulito" que permitió la primera reelección: "un error garrafal".
Oportunista o no, error garrafal o no, la controvertida propuesta está sobre la mesa y sus promotores la justifican empacando todos los argumentos sobre sus especiales condiciones en uno sólo: Uribe es insustituible. "Lo que estamos viendo es una lista de aspirantes que pretenden suceder a Uribe pero con sus mismas propuestas, y entre la copia y el original la gente prefiere el original -le dijo a CAMBIO García-. Y además está demostrado que el más parecido a Uribe es Uribe mismo".
No cabe duda que la capacidad de trabajo del Presidente, su sintonía con las masas y el apoyo de amplias mayorías satisfechas con su gestión, lo han convertido en un fenómeno político. Pero, además, sus condiciones particulares de liderazgo, su concepción personalista del poder, su presidencia itinerante, de microgerencia y de consejos comunales, su vigor y fuerza personales, su férrea disciplina, el hecho de que es más un hombre de acción que de pensamiento, con más instintos que ideas estructuradas, más táctico que estratégico, carismático, controlador, con especial olfato para detectar oportunidades y para aparecer o prescindir de los medios según el caso, lo han convertido también un caudillo. Uribe se tomó el escenario político y mantiene en las sombras a sus principales rivales.
Pero lo anterior no es sinónimo de carencia de otras figuras. Y el hecho de que no sean visibles no significa que no existan, pues si algo caracteriza a la política colombiana y marca la diferencia con los vecinos, es su capacidad de renovación de la dirigencia política, de generar nuevos liderazgos, y de producir presidenciables. Es decir, personas que más allá de su carisma e independientemente de su simpatía entre el electorado, tienen condiciones para manejar el país porque les cabe en la cabeza, y tienen proyectos y propuestas para enfrentar sus problemas. "Una de las principales características de Colombia es la renovación permanente y cualificada de su dirigencia", asegura el analista Pedro Medellín.
La supuesta falta de líderes es un argumento más emocional que objetivo, pues hay una baraja amplia de presidenciables dentro y fuera del uribismo capaces de montarse en el potro de la Presidencia. La fila india de las épocas del Frente Nacional, cuando con años de anticipación se sabía quién sucedería al Presidente de turno, ya no existe. Tampoco hay una opción tan obvia como la de 1986, cuando el ex presidente Alfonso López Michelsen cortó de un tajo la controversia sobre candidaturas y a la pregunta de una periodista respondió: "Si no es Barco, ¿quién?".
Las cosas hoy son distintas e incluso el propio Uribe ha dicho que no es bueno para un gobernante perpetuarse en el poder y que lo que éste debe hacer es promover nuevos liderazgos. "Eso es lo más sano para el país y para la democracia", declaró antes de las elecciones de octubre y cuando aun no había subido la espuma del chocolate de un eventual tercer mandato.
El proyecto de reformar la Constitución para permitir la segunda reelección del actual mandatario no sólo es inconveniente por los contrapesos democráticos que se perderían -las instituciones de control y las cortes quedarían en manos del partido gobernante. Es insostenible con el argumento de que no hay con quién, de que no hay a quién entregarle la antorcha del relevo presidencial. "Hay personas que incluso tienen más y mejores condiciones para asumir el manejo del Estado que el propio Uribe -sostiene Medellín-. Personas que cuentan con experiencia pública, que tienen cabeza fría a la hora de tomar decisiones y conocen la importancia de una buena política internacional".