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¿QUÉ SENTIMOS ante las Farc: odio, desprecio, resentimiento, miedo, indignación? En la marcha del 4 de febrero descubrimos que la evaluación moral que cada uno hacía de las acciones de las Farc no era solitaria. Descubrimos la fuerza de la indignación.
La indignación es un sentimiento que se vuelve moral cuando de por medio hay un daño injusto a un ser humano, cuando está acompañado por la certeza de que cualquiera que conozca la vejación compartirá esa indignación. En los dos últimos meses nos indignamos moralmente porque vimos el trato indigno al que son sometidos Íngrid y todos los secuestrados, nos indignamos porque detrás de los abusos hay gente de carne y hueso que podría dejar de hacerlo. Y también nos indignamos por la no indignación de Chávez ante ese trato claramente indigno a los ojos de la humanidad.
Como toda acción colectiva que hace visible la confluencia alrededor de una emoción, la marcha ilustra las posibilidades de cooperación que nacen de compartirla. La marcha nos permitió reconocer que no sólo somos millones los que coincidimos en un juicio de valor sobre las Farc y sus métodos, sino que somos millones los que a partir de ese juicio podríamos aportar algo a una acción colectiva -conocer, discutir y compartir la convocatoria, sacar tiempo para la marcha, llevar prendas simbólicas, compartir la experiencia y aprender de ella. Inicialmente ese aporte pudo ser tímido, pero se concretó.
El uso de Internet facilitó enormemente la difusión y discusión de la propuesta y sobre todo la coordinación de acciones. La comunicación instantánea neutraliza las distancias geográficas. Por primera vez, la diáspora colombiana se pronunció en forma contundente con independencia de nuestra representación diplomática. La sociedad colombiana, no el Estado, se expresó nacional e internacionalmente. Asomó la voluntad de la ciudadanía como una voluntad anti-Farc.
La fuerza de la moderación
No oí consignas como "!Pena de muerte a los secuestradores!". No sentí ese odio visceral que quiere la destrucción de las personas odiadas. Se respiraba, en cambio, una sensación compartida de cansancio y de fastidio con las Farc y la decisión de enviarles ese mensaje. "Estamos mamados de las Farc", gritaban algunos. Esta vez, la moderación no fue sinónimo de vaguedad.
Por momentos la emoción predominante fue el desprecio, mezclado con resentimiento más que con odio o temor. Un resentimiento derivado de una clara conciencia de que las Farc han abusado y siguen abusando de la voluntad de paz de los colombianos.
La sensación de desprecio arroja algo de luz sobre los últimos 15 años del conflicto colombiano: la tendencia asociada al desprecio es ignorar al despreciado. Hasta donde ha podido, Colombia ha ignorado a las Farc. Y las Farc, en el afán de no ser ignorados, se convirtieron en terroristas, y en el afán de no ser una guerrilla pobre, se convirtieron en secuestradores y narcotraficantes. Tres atajos a falta de uno. Con ello, la atracción que podían ejercer sobre estudiantes y profesores -como yo mismo- y otros ciudadanos, se fue al piso. En los últimos años se las arreglaron para ¡atraer niños!
Las marchas del "No más" -al secuestro, las desapariciones, las masacres...- buscaban un equilibrio en los reproches, equilibrio que hacía eco a las mutuas recriminaciones sobre quién empezó la guerra sucia. Siento que una amplia mayoría -habría que medirla- de los que marchamos el 4 de febrero marcharía también contra las Auc y contra los asesinos de sindicalistas. Pero en su momento, en su circunstancia...
Victoria sobre los miedos
Antes y durante los diálogos del Caguán, las Farc lograron a punta de intimidación y crueldad crear espacios geográficos e institucionales donde la gente, por miedo, no decía honradamente lo que pensaba de ellas. El lunes 4 de febrero ayudó a vencer ese miedo. La gente se sintió valiente, no salió tapándose la cara, no esquivó las cámaras.
A las acciones colectivas las rondan también otros miedos. Miedo a que nadie va a salir o a que lo van hacer muy pocos. Miedo a que cuando lleguen los cooperadores condicionales -que dudan, que para decidirse esperan a que haya un número suficiente de participantes-, los incondicionales estarán agotados. Y miedo, muy frecuente, a que el sentido de la acción sea deformado por fuerzas extrañas.