¿Qué cambiarán las históricas marchas del 4 de febrero?

Foto: Alberto Acero

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NI CARLOS ANDRÉS SANTIAGO, el joven de 22 años que encendió la mecha para convocar a un millón de voces contra las Farc, ni los entusiastas colaboradores que se unieron a la propuesta, imaginaron que la marcha se convertiría en un hito histórico. Una inmensa mancha blanca se tomó las principales capitales del país y en 120 ciudades del mundo los colombianos se hicieron sentir. El número de manifestantes superó todas las expectativas y se vencieron los obstáculos que tradicionalmente han frenado en Colombia la expresión de la sociedad civil: el escepticismo, el miedo, la confusión de mensajes y la manipulación por parte de los partidos políticos.

Tanto en el país como en el exterior, analistas y medios de comunicación han calificado la jornada como histórica. Y lo fue, pero eso no necesariamente significa que se haya llegado a un punto de inflexión y que sea cierto que se rompió de una vez y para siempre la indiferencia que durante años ha permitido que la violencia haga parte de la vida cotidiana. 

Después de la emoción y el bullicio que produjeron el grito mayoritario "No más Farc", y otros minoritarios pero no menos importantes como "No al secuestro", "Sí al acuerdo humanitario", "Colombia soy yo", "No a los paramilitares", queda la inquietud sobre los efectos futuros de estas manifestaciones que dejaron claro que los colombianos, sin distinciones, comparten un sentimiento de repudio a las Farc y al secuestro.

Cabe preguntar, entonces, si van a cambiar la historia de la expresión ciudadana, si significan el comienzo de una nueva etapa de participación masiva y son la semilla de nuevas protestas y demandas, o son sólo flor de un día. También quedan abiertos interrogantes sobre sus efectos en las Farc: ¿Harán oídos sordos?

En cuanto a las repercusiones sobre el acuerdo humanitario, las interpretaciones son contradictorias: mientras unos aseguran que constituyen una presión sin antecedentes a favor del acuerdo, otros sostienen que fortalecieron la posición anti-acuerdo. Y, finalmente, será muy importante conocer las reacciones de la comunidad internacional en el largo plazo. No cabe duda de que las manifestaciones enviaron un mensaje contundente sobre el rechazo de la sociedad a las Farc que han hecho del secuestro -un delito atroz condenado por el Derecho Internacional Humanitario y el Derecho Penal Internacional- un arma política. ¿Cambiará la posición sobre la guerrilla y será más negativa?

Nueva era

Cada vez es menos cierto que en Colombia reina la indiferencia y que "a diferencia de España, aquí nadie protesta por la violencia", como suele decirse. Las expresiones civiles han aumentado en los últimos años. Una investigación del Cinep concluye que "si entre 1990 y 1997 hubo 163 marchas, movilizaciones y concentraciones por la paz, la cifra ascendió a 472 entre 1998 y 2006". El año pasado, tras conocerse la atroz masacre de los diputados del Valle por las Farc, varias ciudades del país se unieron a Cali para manifestar su rechazo contundente. Y no hay que olvidar el impacto que tuvo la llegada del profesor Gustavo Moncayo a la Plaza de Bolívar, con recibimiento presidencial incluido.

Pero también hay cambios en la naturaleza y en la calidad de las manifestaciones. Si antes se hicieron convocatorias muy generales -contra la violencia, por la paz-, la del lunes fue convocada con un mensaje concreto: contra las Farc y el secuestro. No hubo dispersión, el mensaje fue contundente y la respuesta multitudinaria.

Los últimos sucesos relacionados con las Farc y sus repercusiones en las relaciones con Venezuela por la suspensión de la mediación del presidente Chávez, su petición para otorgarles estatus de beligerancia, las pruebas de supervivencia de los secuestrados, las mentiras sobre Emmanuel, los altibajos para la liberación de secuestrados... provocaron un sentimiento común de indignación que se expresó en las calles como nunca antes. 

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