Febrero 6 de 2008

¿Qué cambiarán las históricas marchas del 4 de febrero?

Análisis de CAMBIO

NI CARLOS ANDRÉS SANTIAGO, el joven de 22 años que encendió la mecha para convocar a un millón de voces contra las Farc, ni los entusiastas colaboradores que se unieron a la propuesta, imaginaron que la marcha se convertiría en un hito histórico. Una inmensa mancha blanca se tomó las principales capitales del país y en 120 ciudades del mundo los colombianos se hicieron sentir. El número de manifestantes superó todas las expectativas y se vencieron los obstáculos que tradicionalmente han frenado en Colombia la expresión de la sociedad civil: el escepticismo, el miedo, la confusión de mensajes y la manipulación por parte de los partidos políticos.

Tanto en el país como en el exterior, analistas y medios de comunicación han calificado la jornada como histórica. Y lo fue, pero eso no necesariamente significa que se haya llegado a un punto de inflexión y que sea cierto que se rompió de una vez y para siempre la indiferencia que durante años ha permitido que la violencia haga parte de la vida cotidiana. 

Después de la emoción y el bullicio que produjeron el grito mayoritario "No más Farc", y otros minoritarios pero no menos importantes como "No al secuestro", "Sí al acuerdo humanitario", "Colombia soy yo", "No a los paramilitares", queda la inquietud sobre los efectos futuros de estas manifestaciones que dejaron claro que los colombianos, sin distinciones, comparten un sentimiento de repudio a las Farc y al secuestro.

Cabe preguntar, entonces, si van a cambiar la historia de la expresión ciudadana, si significan el comienzo de una nueva etapa de participación masiva y son la semilla de nuevas protestas y demandas, o son sólo flor de un día. También quedan abiertos interrogantes sobre sus efectos en las Farc: ¿Harán oídos sordos?

En cuanto a las repercusiones sobre el acuerdo humanitario, las interpretaciones son contradictorias: mientras unos aseguran que constituyen una presión sin antecedentes a favor del acuerdo, otros sostienen que fortalecieron la posición anti-acuerdo. Y, finalmente, será muy importante conocer las reacciones de la comunidad internacional en el largo plazo. No cabe duda de que las manifestaciones enviaron un mensaje contundente sobre el rechazo de la sociedad a las Farc que han hecho del secuestro -un delito atroz condenado por el Derecho Internacional Humanitario y el Derecho Penal Internacional- un arma política. ¿Cambiará la posición sobre la guerrilla y será más negativa?

Nueva era

Cada vez es menos cierto que en Colombia reina la indiferencia y que "a diferencia de España, aquí nadie protesta por la violencia", como suele decirse. Las expresiones civiles han aumentado en los últimos años. Una investigación del Cinep concluye que "si entre 1990 y 1997 hubo 163 marchas, movilizaciones y concentraciones por la paz, la cifra ascendió a 472 entre 1998 y 2006". El año pasado, tras conocerse la atroz masacre de los diputados del Valle por las Farc, varias ciudades del país se unieron a Cali para manifestar su rechazo contundente. Y no hay que olvidar el impacto que tuvo la llegada del profesor Gustavo Moncayo a la Plaza de Bolívar, con recibimiento presidencial incluido.

Pero también hay cambios en la naturaleza y en la calidad de las manifestaciones. Si antes se hicieron convocatorias muy generales -contra la violencia, por la paz-, la del lunes fue convocada con un mensaje concreto: contra las Farc y el secuestro. No hubo dispersión, el mensaje fue contundente y la respuesta multitudinaria.

Los últimos sucesos relacionados con las Farc y sus repercusiones en las relaciones con Venezuela por la suspensión de la mediación del presidente Chávez, su petición para otorgarles estatus de beligerancia, las pruebas de supervivencia de los secuestrados, las mentiras sobre Emmanuel, los altibajos para la liberación de secuestrados... provocaron un sentimiento común de indignación que se expresó en las calles como nunca antes. 

Es cierto que hubo grupos inconformes con el rechazo a las Farc como consigna única y que algunos hicieron esfuerzos para evitar caer en lo que consideraban el falso dilema Uribe-Farc y que el rechazo a las Farc no se entendiera como un plebiscito a favor del presidente Uribe. Pero estas expresiones fueron minoritarias. El rechazo a las Farc fue contundente y unánime. "Ha quedado absolutamente claro que hay una indignación contra los métodos bárbaros de la guerrilla y ese es un sentimiento que cínicamente las Farc pretenden desconocer -dice Pedro Santana, presidente de Viva la Ciudadanía-. Es claro, Colombia esta hastiada".

La otra nueva tendencia que empieza a perfilarse en las jornadas de protesta, es la ausencia de la dirigencia política. Ni en las gigantescas fotos que publicaron los diarios, ni en las impactantes imágenes de televisión, fueron protagonistas los líderes políticos. Los tradicionales buses que antes ponían los caciques para transportar a sus seguidores no se vieron este 4 de febrero. No hubo discursos, salvo contadas excepciones, como la breve alocución del presidente Álvaro Uribe en la plaza de Valledupar para reiterar su posición contra las Farc. No hubo abrazos entre los jefes de los partidos ni con el Presidente. En esta ocasión, la unidad se produjo en las bases, y el debate sobre si marchar o no, un lema o varios, protestar contra las Farc o contra todos los grupos violentos, se redujo a círculos minoritarios.

El éxito de la marcha no se debe, exclusivamente, a la utilización de Facebook por parte de los convocantes. Los medios masivos de comunicación contribuyeron, como nunca antes, con amplia información, posiciones editoriales a favor de las marchas y notas didácticas sobre las formas en que los ciudadanos podían colaborar, dónde se producirían las concentraciones y otros detalles logísticos. Por eso en el Polo Democrático hubo quejas sobre "manipulación mediática", como la de su secretario general, Daniel García-Peña, y el senador Jorge Robledo.

Pero las multitudes que se manifestaron en las ciudades debilitan este tipo de argumentación, que se limitó al Polo Democrático y a la senadora Piedad Córdoba, quien minimizó la importancia de las marchas al catalogarlas como "una expresión de odio y racismo que debe resbalarnos". Estas posiciones, en contravía de los ríos humanos que salieron a las calles, con seguridad les generarán costos políticos.

Los familiares de los secuestrados, desde su situación de dolor y en busca de no cerrarles puertas a nuevas liberaciones, también se apartaron de la corriente general. Un grupo se recluyó en la iglesia del Voto Nacional y evitó la calle, y los allegados de Íngrid Betancourt hicieron desde Europa críticas a la marcha con el argumento de que aleja más la posibilidad de un acuerdo humanitario.

Las Farc

Las miradas se dirigen ahora a las Farc, responsable de 6.790  secuestros en la última década y que hoy tiene en su poder a 770 personas, 42 de ellas políticos y militares considerados como "canjeables" por guerrilleros presos en las cárceles.

Resulta imposible pensar que la organización de Tirofijo pueda desconocer el mensaje que enviaron desde las calles millones de personas que condenaban a gritos sus acciones y expresaron el rechazo que desde hace tiempo registran las encuestas de opinión, que ha crecido desde el fracaso de las negociaciones de El Caguán. La protesta del lunes fue una advertencia a las Farc sobre el reducido espacio político que les queda.

No obstante, varios analistas consultados por CAMBIO coinciden en que es poco probable que las concentraciones en las plazas de las ciudades vayan a producir cambios en el comportamiento de las Farc. Su visión tradicional, reiterada en Anncol en vísperas del 4 de febrero, es que las manifestaciones son manipuladas y de menores dimensiones a las que muestran los medios.

Por otra parte y a pesar de que otros analistas, como el profesor Mauricio García, consideran que uno de los aciertos de la convocatoria fue identificar con nombre propio al victimario ("eso fortalece a la sociedad civil, le da autonomía, voz propia", dice García), algunos de los consultados sostienen que fue un desacierto. "Quedaron en segundo plano los temas de negociación y acuerdo humanitario porque el mensaje era el fin de las Farc", dice Luis Eduardo Salcedo, miembro de la Asamblea Permanente por la Paz. En otras palabras, que las marchas fueron más para acorralar a las Farc que para facilitar una negociación.

Lo anterior resulta crucial para el análisis sobre las perspectivas del acuerdo humanitario. Poco o nada cambió el lunes en relación con los obstáculos que tienen en vilo la suerte de los secuestrados. El rechazo masivo a las Farc y sus corolarios implícitos de apoyo a Uribe y rechazo a Chávez, no parecen contribuir a hacer más factibles el despeje de Pradera y Florida o el regreso del Presidente de Venezuela como mediador, requisitos que ponen las Farc para negociar. Las manifestaciones indicarían, por el contrario, que más bien hay un sentimiento generalizado en pro de la mano dura.

Sin embargo, el Gobierno no puede desconocer que el clamor contra las Farc está acompañado por expectativas de liberación de los secuestrados. "Esto puede servir para definir si el tema humanitario surge con fuerza o si se presentarán más liberaciones de secuestrados", dice Ana Teresa Bernal, presidenta de Redepaz y quien hace 10 años promovió el Mandato por la Paz.

Por otra parte, no puede menospreciarse el efecto de las imágenes sobre las multitudinarias marchas en las ciudades colombianas que difundieron los medios de comunicación internacionales y la contundencia del rechazo ciudadano, que pueden erosionar la imagen más política que delincuencial que han tenido las Farc en el exterior, sobre todo en algunos países de Europa. Pero es posible que eso no disminuya la presión de la comunidad internacional a favor de un acuerdo humanitario.

La repercusión de las marchas sobre las posibilidades del canje dependerá de los pasos que siga ahora el Gobierno de Uribe, que salió fortalecido. ¿Interpretará las marchas como un mandato para mantener la presión contra las Farc? ¿Las utilizará como escudo para aguantar la presión de quienes demandan una negociación con la guerrilla? Después de todo lo que ha ocurrido, la pelota está en la Casa de Nariño, lo cual es relevante pues hace unas semanas estaba en Caracas. 

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