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Es cierto que hubo grupos inconformes con el rechazo a las Farc como consigna única y que algunos hicieron esfuerzos para evitar caer en lo que consideraban el falso dilema Uribe-Farc y que el rechazo a las Farc no se entendiera como un plebiscito a favor del presidente Uribe. Pero estas expresiones fueron minoritarias. El rechazo a las Farc fue contundente y unánime. "Ha quedado absolutamente claro que hay una indignación contra los métodos bárbaros de la guerrilla y ese es un sentimiento que cínicamente las Farc pretenden desconocer -dice Pedro Santana, presidente de Viva la Ciudadanía-. Es claro, Colombia esta hastiada".
La otra nueva tendencia que empieza a perfilarse en las jornadas de protesta, es la ausencia de la dirigencia política. Ni en las gigantescas fotos que publicaron los diarios, ni en las impactantes imágenes de televisión, fueron protagonistas los líderes políticos. Los tradicionales buses que antes ponían los caciques para transportar a sus seguidores no se vieron este 4 de febrero. No hubo discursos, salvo contadas excepciones, como la breve alocución del presidente Álvaro Uribe en la plaza de Valledupar para reiterar su posición contra las Farc. No hubo abrazos entre los jefes de los partidos ni con el Presidente. En esta ocasión, la unidad se produjo en las bases, y el debate sobre si marchar o no, un lema o varios, protestar contra las Farc o contra todos los grupos violentos, se redujo a círculos minoritarios.
El éxito de la marcha no se debe, exclusivamente, a la utilización de Facebook por parte de los convocantes. Los medios masivos de comunicación contribuyeron, como nunca antes, con amplia información, posiciones editoriales a favor de las marchas y notas didácticas sobre las formas en que los ciudadanos podían colaborar, dónde se producirían las concentraciones y otros detalles logísticos. Por eso en el Polo Democrático hubo quejas sobre "manipulación mediática", como la de su secretario general, Daniel García-Peña, y el senador Jorge Robledo.
Pero las multitudes que se manifestaron en las ciudades debilitan este tipo de argumentación, que se limitó al Polo Democrático y a la senadora Piedad Córdoba, quien minimizó la importancia de las marchas al catalogarlas como "una expresión de odio y racismo que debe resbalarnos". Estas posiciones, en contravía de los ríos humanos que salieron a las calles, con seguridad les generarán costos políticos.
Los familiares de los secuestrados, desde su situación de dolor y en busca de no cerrarles puertas a nuevas liberaciones, también se apartaron de la corriente general. Un grupo se recluyó en la iglesia del Voto Nacional y evitó la calle, y los allegados de Íngrid Betancourt hicieron desde Europa críticas a la marcha con el argumento de que aleja más la posibilidad de un acuerdo humanitario.
Las Farc
Las miradas se dirigen ahora a las Farc, responsable de 6.790 secuestros en la última década y que hoy tiene en su poder a 770 personas, 42 de ellas políticos y militares considerados como "canjeables" por guerrilleros presos en las cárceles.
Resulta imposible pensar que la organización de Tirofijo pueda desconocer el mensaje que enviaron desde las calles millones de personas que condenaban a gritos sus acciones y expresaron el rechazo que desde hace tiempo registran las encuestas de opinión, que ha crecido desde el fracaso de las negociaciones de El Caguán. La protesta del lunes fue una advertencia a las Farc sobre el reducido espacio político que les queda.
No obstante, varios analistas consultados por CAMBIO coinciden en que es poco probable que las concentraciones en las plazas de las ciudades vayan a producir cambios en el comportamiento de las Farc. Su visión tradicional, reiterada en Anncol en vísperas del 4 de febrero, es que las manifestaciones son manipuladas y de menores dimensiones a las que muestran los medios.
Por otra parte y a pesar de que otros analistas, como el profesor Mauricio García, consideran que uno de los aciertos de la convocatoria fue identificar con nombre propio al victimario ("eso fortalece a la sociedad civil, le da autonomía, voz propia", dice García), algunos de los consultados sostienen que fue un desacierto. "Quedaron en segundo plano los temas de negociación y acuerdo humanitario porque el mensaje era el fin de las Farc", dice Luis Eduardo Salcedo, miembro de la Asamblea Permanente por la Paz. En otras palabras, que las marchas fueron más para acorralar a las Farc que para facilitar una negociación.