(Página 1 de 4)
EL JUEVES 17 DE ENERO fue el peor día en la vida del embajador de Colombia en Venezuela, Fernando Marín. Acababa de despertarse cuando se enteró por los medios de comunicación que el presidente Chávez había decidido, por medio de la Cancillería, abrir fuegos contra el presidente Álvaro Uribe. Enemigo de la paz y dedicado a "mendigar la indulgencia interesada del Gobierno imperial de los Estados Unidos de América" fue la frase más amable de un comunicado cargado de insultos, descalificaciones y acusaciones en el sentido de que Uribe no está comprometido con el intercambio humanitario, "sino ciegamente empecinado en demostrar argumentos de guerra".
Ante una situación que consideró de suma gravedad, Marín creyó conveniente salir a los medios para responder a los agravios pero recibió instrucciones de guardar silencio: "Usted no dice una sola palabra sobre el tema", le ordenó el canciller Fernando Araújo desde Bogotá.
Los hechos de las últimas semanas han desbordado la capacidad de reacción del Embajador quien, desde el 22 de noviembre pasado cuando estalló la crisis porque Uribe decidió poner punto final a la mediación de Chávez y a la facilitación de Piedad Córdoba para el intercambio humanitario, no ha podido respirar tranquilo un solo día. Y quedó prácticamente sin aliento cuando le anunciaron la llamada que temía: la del presidente Uribe. Eran las 3:40 p.m.
Sin musitar palabra oyó los reclamos de Uribe: "Embajador, ¿cómo así que la Asamblea Nacional acaba de aprobar un acuerdo de respaldo a Chávez sobre la beligerancia de las Farc y el Eln, y la Embajada no sabe nada? ¡Dígame qué está pasando!". Perplejo y muy incómodo por la situación -estaba "chiviado" por el Presidente- Marín sólo atinó a decirle que averiguaría y que lo llamaría tan pronto estuviera enterado de los pormenores. Colgó el teléfono y en busca de medir los alcances del acuerdo de la Asamblea -respaldo a Chávez y rechazo a "las listas unilaterales impuestas por Estados Unidos de América de carácter imperialista y otros países colonialistas, donde califican de terroristas a los movimientos de liberación"-, preguntó: "¿Alguien me puede explicar eso qué significa?".
Tras un par de consultas con funcionarios de la Embajada y cuando se disponía a llamar al Presidente, recibió una llamada del ministro Araújo que quería información sobre el mismo asunto. "Canciller estoy averiguando y apenas sepa lo llamo", le dijo Marín. No acababa de colgar, cuando por otra línea entró una llamada del comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, para lo mismo.
Cerca de las 4:20 p.m., el Presidente llamó de nuevo y, aún molesto, volvió a preguntarle al Embajador sobre lo que estaba pasando en Caracas. Marín le dio algunos detalles y a continuación le reveló la realidad de las relaciones de la Embajada con el Gobierno de Chávez: "Presidente, quiero decirle que desde hace mucho tiempo nadie del Gobierno venezolano habla con funcionarios de la Embajada: no nos reciben y ni siquiera nos pasan al teléfono. Estamos totalmente aislados".
Gilberto Castilla, ministro Plenipotenciario de la Embajada, encargado de contactar a expertos para analizar el acuerdo, aprovechó para descargar su frustración: "¿A quién llamo si todos nuestros teléfonos están interceptados? Más demora uno en llamar, que ellos en escuchar lo que decimos".
Tal es la situación de impotencia que se vive en la Embajada en Caracas. El florero de Llorente de la crisis fue la suspensión de la mediación de Chávez por parte del presidente Uribe. Enterado de la noticia, el mandatario venezolano decidió suspender los contactos con miembros del Gobierno de Uribe, entre ellos, por supuesto, el embajador Marín. "No quiero saber nada de Uribe", le dijo a sus más cercanos, que cumplieron la orden de aislar a los funcionarios colombianos.
"Chávez tiene la particularidad de que cualquier cosa que diga, aún la más descabellada, es interpretada al pie de la letra como si se tratara de un mandato divino", le dijo a CAMBIO en Caracas Luis Miquilena, ex ministro y ex presidente de la Asamblea Nacional, y considerado el mentor político del presidente venezolano.
Los desencantados
La ofensiva contra Colombia le ha servido al presidente venezolano como mascarón de proa no sólo para distraer la atención de los problemas internos sino para ganar protagonismo internacional. "Nadie mejor que Chávez sabe que retar a Colombia es una propuesta absurda, pero también sabe que así logra que el mundo hable de él, como en efecto lo está haciendo -le dijo a CAMBIO el ex canciller Simón Alberto Consalvi, actual editor adjunto de El Nacional de Caracas-. Chávez pretende evadir la realidad nacional ocupándose de los asuntos internacionales, autoproclamándose redendor de bandidos, y son este tipo de actos, y un desacertado manejo de la economía, los que han llevado a que pierda, poco a poco, el respaldo popular que tenía. Por algo fue derrotado en los sectores más deprimidos, como Petare".