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ENFUNDADO EN SU camisa roja y con el puño crispado y en alto, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, pidió a los adeptos que ese domingo 4 de noviembre se concentraron en la céntrica avenida Bolívar de Caracas "bregar duro" para sacar adelante el referendo con el que garantizaría su permanencia en el poder hasta el 2020. Sin embargo, cuando todos esperaban la presentación de su plataforma de campaña, el mandatario sorprendió con un anuncio coyuntural y estratégico: la llegada al país de los emisarios de las Farc encargados de sentar con él las bases de un acuerdo humanitario para liberar a 45 secuestrados.
El sábado 3, miles de opositores se habían volcado a las calles para protestar contra la intención de perpetuarse en el poder a instancias, según de ellos, de la imposición de una dictadura. Por eso, los amigos de Chávez esperaban que su presencia dominical en la plaza pública fuera el comienzo de una contraofensiva política para frenar los ímpetus de sus contradictores. Pero para sorpresa de todos, prefirió concentrarse en un tema que en teoría sólo le interesaba a Colombia.
Analistas de distintas tendencias coinciden en que aquel no fue un gesto gratuito de Chávez, sino un mensaje expreso en el sentido de que su mediación para resolver un capítulo clave del conflicto colombiano es el punto de partida de una estrategia con la que busca no sólo convertirse en el más caracterizado líder regional, sino alcanzar otros objetivos ligados a los intereses de Colombia, Francia, Estados Unidos e incluso de las propias Farc.
A su juicio, la intervención de Chávez le servirá a Venezuela para aliviar tensiones con el presidente Álvaro Uribe; para abrir a través de Francia -país empeñado en la liberación de Íngrid Betancourt- nuevas compuertas ante la Unión Europea, y para demostrarle a Estados Unidos, su principal adversario, que él podría tener la clave para devolver a casa a los tres asesores norteamericanos que permanecen desde 2003 en poder de las Farc (ver recuadro).
Aunque su llegada transcurrió en un ambiente de sigilo y discreción, la avanzada de las Farc en Venezuela estaría integrada en principio por dos hombres llamados a jugar un papel crucial en el proceso: Rodrigo Granda, repotenciado como interlocutor a nombre de la guerrilla después de que el presidente Uribe le abrió las puertas de la cárcel, e Iván Márquez, miembro del secretariado de las Farc y el comandante más cercano a la línea de frontera con Venezuela. Si las predicciones se cumplen, con ellos alternarían Jorge Suárez, El Mono Jojoy, quien desde el comienzo ha tenido gran injerencia en el tema del canje y no se descarta un papel relevante de Raúl Reyes, quien ha estado presente en todas las actividades internacionales de las Farc. El miércoles 7, Chávez confirmó que había tenido una primera reunón con un representante de las Farc, aunque omitió su nombre.
Chávez y los emisarios de las Farc no están solos en esta misión. Como observadores y facilitadores también asisten al encuentro la congresista colombiana Piedad Córdoba, un enviado especial del Gobierno francés y un representante del Eln, comprometidos todos ellos en un pacto de discreción.
El Gobierno de Caracas se convirtió desde julio de este año en el epicentro del esfuerzo por lograr un acuerdo humanitario, tras una vertiginosa sucesión de hechos que por momentos amenazaron incluso con agravar las circunstancias del conflicto que gravita alrededor del propósito del canje.
En julio, la periodista venezolana Patricia Poleo, militante antichavista, aseguró desde su exilio en Miami que la ex candidata presidencial Íngrid Betancourt estaba confinada en una finca de Elorza, población del estado de Apure, y que el presidente Chávez se disponía entregarla al Gobierno de Francia. Aunque su versión nunca fue confirmada, el presidente Álvaro Uribe no parecía dispuesto a quedarse al margen de los acontecimientos y designó a la senadora Piedad Córdoba, amiga de Chávez, como "facilitadora" del acuerdo humanitario.
El 12 de agosto, en el preámbulo de la sorpresiva designación que desconcertó a quienes siempre vieron en Uribe y Córdoba a dos enemigos irreconciliables, la senadora había hecho valer ya su acceso privilegiado al Palacio de Miraflores para pedirle a Chávez, bajo su cuenta y riesgo, que ayudara a Colombia como gestor del canje. La parlamentaria liberal, fuerte opositora de Uribe, aprovechó en aquella ocasión una invitación al programa Aló Presidente -tribuna favorita de Chávez- para hacer pública su solicitud.
La decisión de Uribe relegó a un segundo plano los esfuerzos desplegados hasta entonces por los países amigos del acuerdo (España, Francia y Suiza), la Iglesia Católica y algunos representantes de la sociedad civil, y abonó el terreno para que Chávez se convirtiera en el abanderado del proceso hacia el acuerdo humanitario. Su papel protagónico fue refrendado durante un encuentro en la hacienda presidencial de Hatogrande.