Lecciones electorales

El ex presidente Gaviria con Serpa y Peñalosa, cuando la unidad parecía posible.

POR JUAN MANUEL LÓPEZ CABALLERO,
analista político.

LAS REPERCUSIONES para quienes vemos que el país vive bajo un modelo de caudillismo son más grandes de lo que dice la simple estadística. Que la inmensa mayoría los candidatos saliera a nombre de coaliciones y movimientos sin una línea ideológica, un programa o una propuesta de partido -ni ellos ni quienes los avalaron la tenían-, consolida una estructura de caudillitos que representan un avance de ese sistema, pues responden al mismo principio y concretan la desinstitucionalización.

Pero algo también puede entreverse, o interpretarse, en el estruendoso fracaso de Enrique Peñalosa. El voto ya no es el antiguo voto ciego por un partido o un color, pero en vez de convertirse en voto por un programa o una propuesta, pasó a serlo por personas y ahora contra las personas. Samuel Moreno no ganó por los votos del Polo -tuvo el triple que la votación para Concejo-, ni por ser el mejor candidato. Ganó porque concretó las oposiciones a lo que representaba Peñalosa. El ejercicio es saber cuáles y en qué medida.

Muy seguramente no fue por los resultados de su anterior gestión, puesto que pocos la discuten y salió con el respaldo más grande que un alcalde haya tenido.

No creo tampoco que pesaran tanto la acusación de prepotencia y su actitud suficiente y a veces arrogante.

Debió contar más la falta de claridad con respecto a sus posiciones políticas. Pretendió ser candidato del Partido Liberal pero se retiró cuando las reglas no lo favorecieron. Pasó a ser candidato de partidos contrarios o del uribismo y, al final, de todos al tiempo. Esto es consecuente con su posición de "independiente" y de "administrador", pero no muestra independencia de la política al saltar entre los partidos. Y aun cuando para los politiqueros esto es aceptable, para muchos electores es oportunismo o deslealtad, y se castiga.

En vez de cautivar al votante liberal, le dio un segundo motivo de rechazo a la imposición que intentó la Dirección del Partido Liberal: a las propuestas neoliberales que lo identificaban con César Gaviria se adicionó la molestia con las maniobras electoreras que lo acompañaron. Los resultados muestran que o desapareció completamente el liberalismo,  o todo votó con el Polo.

Es dable pensar que los oposicionistas, aun cuando fueran potenciales peñalosistas, fueron refractarios a esa candidatura. No parecería que su empatía con el uribismo y el apoyo tácito o explícito del Presidente le hubieran ayudado -y menos su indebida intervención desconociendo las normas legales. Esto y las otras jugadas sucias de la campaña, produjeron un efecto boomerang que agrandó la brecha.

Consecuencias en el país

El fracaso de la orientación y manejo de la Dirección del Partido Liberal que sólo logró siete u ocho gobernaciones, siete concejales en Bogotá, 40% menos alcaldías y el porcentaje de votación más bajo de la historia -a pesar de que las dos más altas votaciones y los triunfos más importantes, Atlántico y Santander, corresponden a Horacio Serpa y a Eduardo Verano, caracterizados socialdemócratas-, debe llevar al abandono de la tesis gavirista de 'acercarse al centro y a Uribe' y producir los consecuentes cambios de dirección.

La actitud de caudillo de Álvaro Uribe, que intentó incidir desde la perspectiva de cómo la verían, y la ven, los paramilitares, por alguna razón no tuvo tanto poder sobre el electorado.

Tampoco fue de buen recibo la forma desafiante de Alvaro Uribe de violar la ley. Infortunadamente, su reacción es persistir en esa campaña profundizando aun más la peligrosa polarización del país.