¿Merecemos lo que nos espera?

Dieb Maloof, hoy preso, se convirtió en un poderoso cacique electoral de la costa.

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POR CLAUDIA LÓPEZ
analista*

LA TRANSFORMACIÓN política que Colombia no había tenido en un siglo, se concretó en seis años: de 1997 a 2003. Diversas alianzas entre plata de la mafia, armas de paramilitares y clientelismo político se tomaron por lo menos una tercera parte del poder local, regional y nacional. Es lo que en últimas es la parapolítica. Y ella reconfiguró el mapa del poder político desde las alcaldías hasta el Congreso. Eso fue lo que se cocinó durante dos décadas y se concretó en esos seis años.

En las elecciones de 2002 los partidos, que luego serían descubiertos y enjuiciados por parapolítica, lograron hacerse a la tercera parte del Senado, poner sus respectivas fórmulas en Cámara y ayudar a elegir a Álvaro Uribe a la Presidencia. De acuerdo con  investigaciones periodísticas y judiciales, ese éxito electoral se logró constriñendo a los electores e imponiendo candidatos a los que les repartieron votaciones y municipios. Es decir, armándoles distritos electorales ganadores a los candidatos consentidos, haciendo fraude electoral y en concierto para delinquir con paramilitares. Esto es lo que muestra el mapa de votaciones atípicas en distritos electorales en las elecciones de Senado de 2002. 

El caudal electoral así obtenido se trasladó casi completo a las elecciones locales de 2003, aunque con alianzas y avales diversos. Si se suman los votos obtenidos por los partidos más vinculados a la parapolítica, con los de algunos candidatos infiltrados en partidos más grandes como el Liberal, el Conservador, Cambio Radical y lo que luego sería La U,  se llega a la conclusión de que en 2003 obtuvieron cerca de 1,5 millones de votos con los cuales ganaron siete gobernaciones, 271 alcaldías, y pusieron 3.916 concejales y 135 diputados. Casi la tercera parte del país es gobernado en lo local y regional por esas alianzas, organizadas fundamentalmente en fuerzas políticas emergentes que pasaron a ser las estrellas del mapa político y enterraron el bipartidismo.

La parapolítica fue un resultado inesperado y no calculado por el Gobierno Nacional y los paramilitares. Aunque nunca lo han reconocido explícitamente, el acuerdo original entre ellos preveía que ninguno de los aliados económicos o políticos del paramilitarismo iría a la cárcel y que ni siquiera tendrían que delatarse. "Esa verdad no la resistiría el país", dijo entonces Luis Carlos Restrepo, Comisionado de Paz. Pero la Ley de Justicia y Paz decía otra cosa: que tenían que entregarse y que si lo hacían voluntariamente, tendrían a cambio perdón y olvido, y no pagarían un solo día de cárcel.

Sin embargo, los testaferros políticos y económicos del paramilitarismo estaban tan confiados de que tenían tanto poder, tantas curules y tantas alcaldías y gobernaciones, que nadie los tocaría aunque no se entregaran voluntariamente. Se equivocaron. La Corte Suprema de Justicia aplicó la Ley y no los acuerdos velados del Gobierno y el paramilitarismo. Así nació la judicialización de la parapolítica.

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