Tras la premier en Rio hay gran expectativa por el estreno en Colombia de 'El amor en los tiempos del cólera'. CAMBIO habló con los realizadores y reconstruyó la historia de la producción.
"Sale uno con la misma sensación que se tiene cuando termina la novela", le dijo a CAMBIO la ex ministra Elvira Cuervo de Jaramillo para resumir su opinión sobre la película El amor en los tiempos del cólera, basada en la novela de Gabriel García Márquez y dirigida por el irlandés Mike Newell, que fue exhibida en Cine Colombia a un pequeño y selecto grupo hace tres meses y cuya premier mundial fue este miércoles en el Festival de Cine de Rio de Janeiro.
La ex ministra, el vicepresidente Francisco Santos y el director de cine colombiano Felipe Aljure, quien trabajó como director de la segunda unidad durante la producción, están entre los pocos afortunados que han visto la cinta, cuyo estreno en Colombia está programado para el 16 de noviembre. Los tres coinciden en que, como en todas las adaptaciones cinematográficas, la película es independiente del libro pero aseguran que lo importante es que conserva todo el sabor de la novela. "Lo hermoso que tiene la película es que rescata la esencia del ser humano, que vuelve a ser el eje central del planeta -comenta Aljure-. Al final, aflora la humanidad del amor y eso es muy emocionante".
Sobre la película existe gran expectativa, pues las adaptaciones cinematográficas de la obra de García Márquez no han tenido finales muy felices con la crítica. El productor Scott Steindorff lo sabía pero aun así se le midió a llevarla al cine: "Soy un empresario y como tal, corro mis riesgos -le dijo a CAMBIO-. Sin embargo, los riesgos son mucho menores cuando persigo lo mejor". Y lo mejor para él era El amor en los tiempos del cólera, la novela más querida del Nobel, esa que como él ha dicho en varias oportunidades, le salió de "los cojones".
Una historia de abnegación y persistencia en el amor, inspirada en sus propios padres, que rondó por varios años en su cabeza y que tras su publicación en 1985, se convirtió en un hito y hoy es considerada como la gran ficción literaria del último cuarto de siglo. Ha vendido más de 30 millones de ejemplares en varios idiomas y es la obra más leída del Nobel en Francia y Estados Unidos.
Una historia sobre cómo tuvieron que pasar 51 años, nueve meses y cuatro días para que, a bordo de un navío de vapor que no tocaría puerto, Florentino Ariza lograra despertar en Fermina Daza el amor contrariado de la adolescencia que el tiempo parecía haber exorcizado. Una novela que gracias a la fuerza arrolladora de sus imágenes se convirtió también en el objeto del deseo de los productores cinematográficos.
Al fin y al cabo, no hay en ella rastros de realismo mágico, esa fusión narrativa de elementos reales y fantásticos, de imaginación desmesurada que blindó a Cien años de soledad contra cualquier adaptación. Se trata, más bien de un melodrama exquisito -decimonónico, además- que lo emparenta con una telenovela clásica, razón por la cual su adaptación al cine no parecía misión imposible.
No obstante, durante cerca de 20 años decenas de proyectos quedaron engavetados por una razón simple: El amor en los tiempos del cólera es la novela consentida de García Márquez, la hermosa hija de un padre celoso al que ningún pretendiente parecía satisfacer.
Pero al igual que en la novela, las causas perdidas son las que más enamoran. Hace cuatro años, apareció en la casa del resabiado suegro uno de tantos galanes dispuestos a ganarse sus favores: Scott Steindorff, un productor nacido en Minnesota que, a finales de los años 90 y ya en sus 40 abriles, dejó atrás el mundo de los negocios al que había llegado para darle gusto a su padre y entró en el del cine para satisfacer sus sueños profesionales.
Steinforff creció entre libros y el gusto por el teatro. "De joven me la pasaba leyendo todo lo que cayera a mis manos -le dijo a CAMBIO-. En cuanto al cine, me llamaban la atención, sobre todo, las películas que habían partido de un libro. Cuando vi El doctor Zhivago me di cuenta de que yo quería hacer algo parecido: llevar a la pantalla gigante novelas tan importantes como esa".
En 2002, junto con un grupo de socios que tenían la misma filosofía, fundó su propia compañía cinematográfica, Stone Village Pictures, cuyo primer proyecto mostró el calibre de sus ambiciones: adquirió los derechos de La mancha humana, una novela de Philip Roth, el escritor vivo más importante de los Estados Unidos. La película fue dirigida por Robert Benton y sus protagonistas fueron, ni más ni menos, que Nicole Kidman y Anthony Hopkins.
Steinforff pensó entonces que si un monstruo de la talla de Roth había confiado en él, con un poco de suerte podría obtener también la confianza del más grande escritor latinoamericano. "Leí El amor en los tiempos del cólera en la universidad y recuerdo que me gustó muchísimo, pero fue sólo cuando releí la novela hace cuatro años, por recomendación de Dylan Russell, uno de los ejecutivos de mi compañía, cuando se me abrió como una revelación fílmica. Me dije: 'Es una de las más grandes historias de amor de todos los tiempos, este libro tiene que ser una película'".
El desafío
Llevar El amor... al cine no iba a ser tan sencillo. El Nobel no sólo no quería ceder los derechos de la novela para una adaptación, sino que mucho menos le llamaba la atención que se hiciera en inglés. "Ante una negativa tan rotunda -cuenta Steindorff-, opté por utilizar la misma estrategia de Florentino Ariza: esperar con abnegación absoluta a que García Márquez se convenciera de que era posible trasladar a la pantalla ese maravilloso personaje y la perseverancia de su amor no correspondido".
Tras casi tres años de tire y afloje, durante los cuales el productor visitó en varias ocasiones al novelista, García Márquez terminó dando su brazo a torcer, quizás porque detrás de la adaptación había un guionista de la talla de Ronald Harwood, quien en 2002 se llevó el Óscar a 'Mejor guión adaptado' por El pianista, cinta dirigida por Roman Polanski.
Horwood, que acababa de terminar el guión del clásico de Charles Dickens Oliver Twist, sucumbió también a los encantos de la novela de García Márquez, pero muy pronto se dio cuenta de las dimensiones del desafío. "Hasta que me vi forzado a ello, nunca había visto El amor... como una película- le dijo a CAMBIO desde Londres, su lugar de residencia-. Cuando uno adapta un libro, cualquiera que sea, tiene que aprendérselo, y al hacerlo supe que era una novela desalentadora, de alguna manera aterradora para cualquier guionista".
Y no era para menos. Como Cien años de soledad y El otoño del patriarca, El amor... es una novela totalizadora. Abarca no sólo el devenir del amor frustrado entre Florentino Ariza y Fermina Daza, una pasión que sólo se materializa en la vejez, sino, como dice Antonio Caballero, todos los amores posibles, los cuales, para completar, florecen, se deshilachan, revientan y retornan en medio de una realidad apabullante que se ramifica en historias independientes y se pule en los detalles sociales y en la filigrana de las costumbres. Con razón el crítico Eduardo García Aguilar dijo que la novela refleja, tal vez como ninguna otra, "los vericuetos de una nacionalidad".
Horwwod confiesa que era demasiado grande y que no podía integrarla toda. "Tuve que tomar decisiones definitivas sobre lo que debía dejar por fuera, lo cual me dio mucho dolor pero fue determinante -cuenta-. Comenzando por el principio, la muerte de Jeremiah de Saint-Amour, quien se suicida porque no quiere ser viejo, irresistible para la novela pero totalmente independiente y sin repercusiones posteriores". Algo parecido le ocurrió con los detalles del matrimonio de Fermina Daza y Juvenal Urbino. "Por ejemplo, traté de encontrar una manera visualmente interesante de narrar el escándalo del jabón que desató la tormenta conyugal, pero no pude hallarla -dice el guionista-. Escribí toda una secuencia sobre la fiesta en la casa de Lácides Olivella, pero tuve que cortarla porque sentía que no alimentaba el corazón de la novela".
Horwood y Steindorff coinciden en que lo más fascinante desde el punto de vista cinematográfico eran los personajes. "Están brillantemente descritos, llenos de detalles que hacen de la novela quizás la más extraordinaria historia de amor", afirma el guionista. Similar opinión tiene el director Mike Newell, quien se unió al proyecto poco después de terminar Harry Potter y el cáliz de fuego: "Lo que me emocionó de El amor en los tiempos del cólera fue la humanidad de sus personajes, el hecho de que una vida no se acaba hasta cuando se la ha vivido toda".
Finalmente, la película se concentró en Florentino y Fermina y en el triste transcurrir de su destino en las calles de la Cartagena del siglo XIX, una Cartagena azotada al mismo tiempo por dos pestes que rivalizaban en crueldad: el cólera y la guerra civil.
Escenario natural
No es explícito que la ciudad de la novela sea La Heroica -incluso García Márquez dijo que se trataba de una ciudad caribeña mezcla de Cartagena, Barranquilla y Santa Marta- y por eso Steindorff y sus socios pensaron filmar en Brasil, en la región de Manaos. De hecho, el plan estuvo a punto de cumplirse de no ser por una llamada que Steindorff recibió del vicepresidente Francisco Santos, quien le dijo: "Fílmela en Cartagena, aquí le ayudamos a que todo le salga bien".
La última vez que la capital de Bolívar sirvió de escenario cinematográfico fue en 1996, cuando la BBC filmó una miniserie de televisión llamada Nostromo, basada en la novela de Joseph Conrad. Antes, Francesco Rossi rodó allí Crónica de una muerte anunciada en 1987. La verdad, Cartagena no tenía tradición reciente en el mercado de las locaciones, mientras que Brasil lo tenía todo, incluido lo más importante: seguridad.
Aunque en calificaciones de riesgo en materia de inversión, Colombia es mirada hoy con mejores ojos que en la década del 90, cuando campeaban Pablo Escobar y los Rodríguez Orejuela, la perniciosa mezcla de violencias relacionadas con paramilitares, guerrilla y narcotráfico continúa dejando huella en los informes internacionales, en particular en los de las aseguradoras de cine que no suelen ser muy benévolas, sobre todo cuando se trata de una película como El amor..., con un presupuesto de más de 45 millones de dólares.
Pero dos factores jugaron a favor de la ciudad: que el propio Steindorff quedó maravillado cuando la conoció y que el presidente de una de las compañías aseguradoras que debía avalar la locación se enamoró de la ciudad durante un crucero por el Caribe, y consideró que no había problema si filmaban en Cartagena. Aún así, un detalle terminó de convencerlos y fue, según palabras de Steindorff, que "la ciudad estaba hecha para esa película, era su escenario natural".
No por natural Cartagena iba a resultar fácil. "Es la ciudad más ruidosa del mundo, no hay un solo carro, un camión, una moto que no vaya a 6.000 revoluciones por minuto y con el exhosto roto -le dijo Newell a CAMBIO-. Hay ruido hasta en la misa de seis".
El director irlandés, que en 1994 se dio a conocer en Hollywood cuando dirigió a Hugh Grant en la comedia inglesa Cuatro matrimonios y un entierro, no conocía Cartagena y sufrió mucho con el calor, la humedad y el desorden, pero en compensación quedó encantado con la hospitalidad y el extraordinario talento local: "Los colombianos son como los irlandeses, todos saben actuar, tiene un don silvestre, no se necesita que sean profesionales". Fue esa aptitud espontánea de los cartageneros la que hizo posible que en la película trabajaran cerca de 5.000 extras, adicionales a un elenco colombiano encabezado por Catalina Sandino y secundado por Angie Cepeda, Marcela Mar, Paola Turbay y Patricia Castañeda.
Durante seis meses La Heroica se entregó tanto a la producción, que Newell asegura que se sintieron dueños de la ciudad. "Prácticamente todos tuvieron que ver con la cinta: tuvimos peinadores locales, desempleados a los que dábamos un martillo para que ayudaran a construir el set, eximios carpinteros que nos permitieron construir con lujo de detalles el barco de vapor en el que termina la novela -cuenta el director-. Nos llamaban 'la película' y si un chofer se pasaba un semáforo en rojo y un policía lo detenía, el conductor simplemente decía 'la película' y lo dejaban seguir. Fue maravilloso, encantador, realmente no hay otro lugar como ese. Filmar allí fue como volver a ser joven, como redescubrir el cine. Volvería dichoso".
Y esto es, precisamente, lo que busca Colombia: dejar felices a los realizadores para que vuelvan con otras producciones que alimenten la incipiente industria cinematográfica nacional. De hecho, El amor en los tiempos del cólera no sólo dejó cerca de 20 millones de dólares en Cartagena, sino que sirvió para impulsar una iniciativa destinada a convertir al país en un lugar atractivo como locación de cine (ver artículo relacionado).
Con todo, si Steindorff, Horwood y Newell han hecho o no un buen trabajo será el público el que lo decida cuando la película sea estrenada el próximo 16 de noviembre. Por lo pronto, ellos mismos son conscientes de que el espectador no debe esperar que la película sea la reproducción de la novela.
"El libro es como hacer un postre: amasas hasta dejarlo muy delgado, luego lo doblas y lo amasas otra vez, y así hasta dejarlo lo más delgado que se pueda. Al final del proceso tienes una milhoja deliciosa -aclara el director-. Pero esta manera de narrar, que es admirable en el libro, era imposible desarrollarla en el cine porque habría generado una gran confusión. Lo que hizo Horwood de manera sabia fue elaborar una estructura sencilla que los espectadores pudieran seguir: utilizó el flashback desde la vejez a la juventud, para luego retornar a la vejez. De esta manera le dio sentido a la historia para la audiencia. Pero la película jamás será el libro. Es, sin embargo, una adaptación de la intensa humanidad que rezuma el texto".
Algo en lo que está de acuerdo Javier Bardem, el actor español que interpreta a Florentino Ariza. "No hemos pretendido llevar a García Márquez a la pantalla, es imposible. Nuestro deseo es rescatar algo del sabor que tiene el libro, eso es suficiente para mí". Y ojalá lo sea también para el público.
El elenco
Javier Bardem (Florentino Ariza) y Giovanna Mezzogiorno (Fermina Daza) son los protagonistas de El amor en los tiempos del cólera. El primero es el mejor actor español de la actualidad y se dio a conocer en Hollywood con su papel de Ramón Sanpedro en la película Mar adentro (2004). La segunda es una de las grandes divas del cine italiano contemporáneo. El estadounidense Benjamín Bratt interpreta al doctor Juvenal Urbino, mientras que el colombiano John Leguizamo hace las veces de Lorenzo Daza. Completan el reparto Héctor Elizondo y Catalina Sandino como Hildebranda Sánchez.