Los celos activan una cascada de químicos en el cerebro.
Por un lado, aumentan los niveles de dopamina y norepinefrina, que son neurotransmisores relacionados con los pensamientos obsesivos y la ira, respectivamente. Por otro, reducen la producción de serotonina, un neurotransmisor que en niveles muy bajos aumenta la violencia impulsiva. "Estos niveles de estimulantes naturales probablemente facilitan al acosador, al maltratador o al asesino una atención concentrada y una energía desmedida", explica la antropóloga Helen Fisher, autora de Por qué amamos, y quien asegura que el disparador de este sentimiento en los hombres suele ser el temor a la infidelidad y en las mujeres el temor al abandono.
La zona del cerebro del amor es la de los llamados núcleos basales, que se relacionan con el control del movimiento y los comportamientos obsesivos-compulsivos. "Como consecuencia de sus niveles de dopamina, el obsesivo tiene la tendencia a quedarse siempre en una misma idea y a repetir rituales, algo típico del amor y de los celos", señala el neurólogo Luis Alfredo Villa. Por eso, en algunos casos patológicos, el uso de psicofármacos se ha convertido en alternativa razonable para conjurarlos.