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No obstante, psicólogos evolutivos como Steven Pinker, autor del libro Cómo trabaja la mente, sostienen que los celos no son emociones primarias -tristeza, alegría, asco, sorpresa, ira y miedo-, sino que son emociones secundarias, las llamadas emociones sociales o estados emotivos que, como la vergüenza, la culpa, la turbación y el orgullo, sólo experimentan especies con una estructura social compleja -algunos primates y sobre todo los seres humanos-. Emociones producto de la evolución que requieren el desarrollo previo de ciertas habilidades cognitivas, de una cierta noción del yo como algo separado de los demás, de una cierta conciencia de sí mismo.
Definidos como un estado emotivo ansioso que experimentan las personas frente a la posibilidad de perder lo que tienen o consideran que tienen o que debieran tener -amor, poder, imagen profesional o social, entre otros-, los celos cumplen una función de protección en las relaciones sociales, pues apuntan a defenderlas frente a otros que pudieran interferirlas. Son sentimientos que no sólo dependen del deseo o necesidad de goce exclusivo de los favores del otro, sino de valores sociales. Según el antropólogo estadounidense Ralph Linton, en sociedades monogámicas el adulterio provoca reacciones celosas porque originan inseguridad -material o afectiva- y afectan el prestigio y el honor.
Múltiples estudios demuestran que tanto hombres como mujeres sienten celos, pero que la diferencia está en la forma que reaccionan: ellos tienden a comportamientos agresivos, paranoicos y obsesivos, y ellas suelen presentar conductas histéricas y depresión, incluso con amenazas de suicidio.
Problema de dosis
En el amor, los celos en pequeñas dosis son normales y pueden ser útiles porque obligan a las personas a reaccionar y a comprometerse más con la relación. Es habitual sentir alguna preocupación por la posibilidad de perder a la persona amada o porque tenga una relación real o imaginada con alguien más. Por eso, y de acuerdo con la teoría evolutiva, los celos contribuyen a las relaciones monogámicas y fieles en la especie humana.
Sin embargo, cuando producen una baja sensible en la calidad de vida tanto de quien los experimenta como de quien los padece, pueden destruir una relación y hasta terminar en tragedia. Los especialistas coinciden en que los celosos que convierten su vida y la de pareja en una pesadilla tienen dos rasgos distintivos: inseguridad y dependencia afectiva. En general, son de personalidad débil, tienen baja autoestima, experimentan miedos enfermizos, no se imaginan solos, necesitan del otro para vivir y esa necesidad se les hace tan grande que la idea del abandono o de verse sin compañía se les convierte en una pesadilla obsesiva que no los deja vivir tranquilos. Algo que de alguna manera retrata el famoso bolero de María Grever, Júrame, que en uno de sus versos dice: "Tengo celos hasta del pensamiento que pueda recordarte a otra persona más".