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SI DESPUÉS DE recorrer a pie los 900 kilómetros que hay entre Pasto y Bogotá el profesor Gustavo Moncayo oye un "no" de labios del presidente Álvaro Uribe, no desistirá de su idea de promover un acuerdo humanitario que permita a su hijo Pablo Emilio y a los demás secuestrados recuperar la libertad. Está dispuesto a caminar hasta Venezuela para ver si allí lo oye el presidente Hugo Chávez. "Ese es mi plan B", dice Moncayo mientras avanza, en medio de un calor sofocante y con los pies cubiertos de llagas, entre Girardot y Melgar, seguido de cerca por víctimas de otras tragedias. Y agrega: "No tendría ninguna presentación que vaya a marchar hasta otro país porque en el mío no hay disposición para liberar a los secuestrados".
Se declara cansado de suplicarles al Gobierno, a las Farc, a la comunidad internacional y a la sociedad en general que lo escuchen. Dice que su lamento ha sido, en casi una década, un grito en el desierto porque su hijo Pablo Emilio y otros 46 secuestrados siguen en poder de las Farc en calidad de canjeables por guerrilleros presos. "No podemos seguir esperando a que el Gobierno y las Farc sigan llenándose de odio y alimentando su sed de venganza", afirma.
El resultado de su recorrido hasta Bogotá y de su protesta pacífica es la solidaridad, millones de firmas recogidas y un gran impacto en los medios. Y, sobre todo, la sensación de que su causa ha tenido un efecto adicional: las víctimas se cansaron de guardar silencio.
El sentimiento de Moncayo se ha multiplicado y ya no es el único que se moviliza: indígenas, desplazados y víctimas del paramilitarismo, personas que se sienten amenazadas por las Farc, gente que no ha recibido las ayudas prometidas o simplemente ciudadanos del común que quieren solidarizarse con quienes ha sufrido las mil y una violencias y están clamando por el fin de la confrontación.
"Si las víctimas gritan, o más bien si tienen que salir a gritar, es porque los victimarios han intentado opacarlas-se duele el psiquiatra Ismael Roldán Valencia, de la fundación Víctimas Visibles-Los victimarios son los que han tenido gran protagonismo". Y agrega: "Esta semana estuvieron en el Congreso y las sillas estuvieron vacías, eso es un indicador de lo invisibles que han sido incluso para los mismos legisladores". Fue la misma sensación de desaliento que expresó la líder indígena paez Lisinia Collazos: "Me preocupa ver tantas sillas vacías. ¿Dónde está el compromiso?".