López el internacionalista

Durante su gobierno, reestableció relaciones con Cuba y fue uno de los mayores defensores de Castro. Foto: Archivo Cambio

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ENTRE LAS múltiples facetas en las que descolló Alfonso López Michelsen durante su fecunda y larga existencia, es necesario destacar sus conocimientos, su actividad y su tino como internacionalista. Pocas personas han llegado a la Cancillería y a la Presidencia de la República con una visión tan amplia y realista y con un bagaje intelectual tan profundo en relaciones internacionales como él. Las circunstancias de su vida le depararon desde niño la oportunidad de estar en contacto con los problemas internos del país, al mismo tiempo que se nutría con vivencias de las circunstancias internacionales.

La cercanía con su padre, el dos veces presidente Alfonso López Pumarejo, le permitió desde el hogar estar relacionado con los asuntos públicos, con el trajinar de la política interna y observar desde las altas instancias del Estado la problemática del mundo nuevo que surgía de las cenizas de la II Guerra Mundial, el surgimiento y apogeo de los grandes organismos internacionales y lo que ya se prefiguraba como el mundo bipolar, que dominó la segunda mitad del siglo XX.   

Desde la adolescencia tuvo la fortuna de adquirir una cultura cosmopolita en centros educativos de Francia, Bélgica e Inglaterra, y de manejar las lenguas clásicas, el inglés y el francés, tan indispensables en los asuntos internacionales. Sus estudios de Derecho en Chile le  facilitaron su visión sobre Latinoamérica, que se fortaleció con su forzada estadía en México durante los años 50.

Durante el mandato del presidente Carlos Lleras Restrepo, un acuerdo doctrinario  plasmado en la reforma constitucional de 1968 terminó con la división liberal y facilitó el ingreso del MRL al Gobierno. López Michelsen fue nombrado primer gobernador de Cesar y luego ministro de Relaciones Exteriores. Desde allí adelantó una política internacional que puede catalogarse entre las más inteligentes y dinámicas del siglo pasado. Marco Fidel Suárez había acuñado el lema de respice polum -mirar al Norte- como guía de nuestra política exterior, en vista del papel de los Estados Unidos como potencia mundial, de los sucesos derivados de la separación de Panamá y de la recomposición de nuestras relaciones con aquel país, tras la firma y aprobación del Tratado Urrutia-Thomson.

A su turno, desde la Cancillería, López Michelsen acuñó el principio de  respice similia, -mirar a nuestros semejantes-, a nuestros vecinos, sin perjuicio de mantener las buenas relaciones con la potencia del Norte. El presidente Lleras Restrepo había iniciado su mandato con la firma inicial del Pacto Andino, en Bogotá. Se trataba, ahora, de actuar en la región y en virtud de ello se propició la integración regional. También, ante las nuevas realidades mundiales que implicaban el ablandamiento de la Guerra Fría, se iniciaron relaciones con los países socialistas.

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