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"ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN es el último de los grandes: de esa combinación de hombre político y de letras, de estadista y de humanista, con el que se cierra un ciclo de la vida colombiana", escribió Enrique Santos Calderón en el prólogo del libro Palabras pendientes (El Áncora Editores, 2001), una extensa entrevista con el ex presidente en la que, según palabras de López, "da la versión de la manera como un colombiano de mi generación vio su tiempo, entendió su entorno y oteó el porvenir de su patria".
Independientemente de odios y amores, tirios y troyanos reconocen que López Michelsen es un punto de referencia obligado de la historia política del último medio siglo y así lo ratifica su biógrafo, Stephen J. Randall, quien lo considera "el colombiano más influyente de los últimos 50 años".
Hasta el final se mantuvo activo intelectual y políticamente. Cada semana y durante los últimos 15 años, en su columna en El Tiempo opinaba sobre lo divino y lo humano, y convencido de que el intercambio humanitario era jurídicamente viable y políticamente conveniente lo convirtió en la que fuera su última causa. Incluso propuso no usar los términos "acuerdo humanitario" por su alcance limitado, y prefirió hablar de "principio o propósito humanitario". El 29 de junio pasado, tras la masacre de los 11 ex diputados del Valle, criticó al Gobierno y a las Farc, y afirmó que en el caso de los secuestrados "no están buscando una solución, sino una victoria".
Dueño de una compleja y contradictoria personalidad, una memoria prodigiosa y un fino y perverso sentido del humor, de él escribió García Márquez en un artículo de 1982 que: "Tiene una lucidez casi mágica para descubrir de inmediato las segundas intenciones de las gentes, sobre todo de las que quiere menos, y un talento especial para que sus juicios parezcan certeros, aunque no lo sean". Su vida estuvo marcada por la controversia y la provocación. Atizó la polémica desde los más variados escenarios -la plaza pública, conferencias, escritos, declaraciones, columnas y entrevistas- y él mismo se autodefinió en alguna oportunidad como "el primer inconforme del país".
Fue el protagonista de la disidencia liberal durante el Frente Nacional, el Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, que lanzó con el eslogan "Pasajeros de la revolución, pasad a bordo", y desde el cual hizo oposición al sistema de alternación bipartidista del poder que estableció el acuerdo firmado en Sitges y Benidorm, España, por Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez para poner fin a la violencia liberal-conservadora.