Por Lucy Nieto de Samper*
LEÍA ESA MAÑANA la biografía del ex presidente Alfonso López del historiador Stephen Randall, obsequio de Benjamín Villegas, cuando oí por radio que había muerto en la madrugada. Cumplió 94 años el 30 de junio, en Anapoima, rodeado de su familia y sus amigos, repuesto ya de algunas dolencias. El 5 de julio, de camiseta blanca, participó en la impresionante marcha por la libertad de los secuestrados y la entrega de los cadáveres de los diputados vilmente asesinados.
Su preocupación en los últimos años fue la suerte de los secuestrados y su principal actividad, promover el intercambio humanitario que pusiera fin al cautiverio de 3.000 víctimas. En su última columna en El Tiempo hizo una original propuesta sobre el tema. Brazo derecho de las familias de los secuestrados, fue la voz más lúcida e influyente en la dura batalla por liberarlos, y quiera Dios que ahora sin su apoyo no disminuya esa campaña. En memoria suya es casi un deber intensificarla.
Conocí bien al ex presidente. No formé parte del grupo de sus amigas más cercanas pero era amiga suya. Lo entrevisté varias veces y colaboré en su gobierno como secretaria de Prensa y como cónsul general en Milán. Entonces aprecié de cerca su dedicación al trabajo, su afán por sacar adelante las propuestas de su campaña presidencial, su lucha por sortear las dificultades de la administración. Viví de cerca lo difícil que es gobernar. Desde afuera, los periodistas somos críticos implacables de los gobiernos. Adentro, la situación es distinta. Lo que uno considera información, por fuera es considerado propaganda. Y en el afán de hacer bien el oficio, de transmitir lo que hace y dice un presidente, es fácil equivocarse.
Me pasó una vez con un discurso. Era día de fiesta y yo hacía lo posible para que lo trasmitieran esa noche por TV. Su hijo Felipe, su secretario privado, me frenó: "No insitas, no podemos pedir que quiten una telenovela para meter un discurso de mi papá". Yo le dije: "Pero tu papá es el presidente de la República". Ganó Felipe. El discurso no se transmitió.
En el Consejo de Ministros, que se reunía cumplidamente todos los jueves, me sorprendía y admiraba el conocimiento que tenía de todos los temas; su inteligencia y su tino para combinar diferentes criterios, la validez de las soluciones que proponía. Esos consejos, por lo general ladrilludos, López los hacia interesantes con perspicaces observaciones y comentarios agudos, con apuntes e ironías.
Famoso por inteligente, preparado, informado y culto, y por su fino sentido del humor, pocos saben que era riguroso con la puntualidad. A diferencia de su padre, el ex presidente Alfonso López Pumarejo, de quien decían que siempre llegaba tarde, López Michelsen siempre era cumplido. Cualidad admirable, pues significa educación y respeto por el tiempo de los otros. A propósito del tema, una vez me gané una reprimenda. Por solicitud de Gloria Zea, directora de Colcultura, le recordé que al día siguiente lo esperaban para la reinauguración del Teatro Colón. "No tiene que recordarme mis obligaciones -me dijo muy molesto-. ¿No ha visto que llego puntual a todos mis compromisos?". No dormí pensando en que había metido la pata y que el presidente no asistiría al Colón. Al día siguiente madrugué para disculparme: "Tranquila -me dijo sonriente-. No puedo asistir, pero irá Cecilia".
Otra vez se enfureció porque en el boletín de prensa de la Secretaría que hacíamos con Antonio Cruz, Pablo Rueda, Juan Castillo y otros periodistas, escribimos sobre la visita de unos periodistas y nos referimos a ellos como carga-ladrillos. "Ese tratamiento es ofensivo", me dijo. Me defendí diciéndole que se trataba de un término coloquial común e inofensivo. Pero no se molestó cuando revisando unas declaraciones con la secretaria económica Clara López, me pareció que una referencia a los periodistas podía molestarles. Me armé de valor y lo llamé para plantearle mi inquietud. "Cambia lo que sea", me dijo. Aprendí entonces que en asuntos menores el López era impredecible.
Todos los días, hacia las 8.30 a.m., bajaba de la casa privada a su despacho, una oficina pequeña y oscura en el Palacio de San Carlos, donde Lilia Bernal, su fiel secretaria por muchos años, lo esperaba libreta en mano para recibir instrucciones. Nunca tuvo ghost writers. Dictaba discursos, comunicados, cartas, memorandos y Lilia los tomaba en taquigrafía. Pero no daba abasto, pues al mismo tiempo atendía llamadas, organizaba citas, etc., etc. Para facilitar el trabajo le propuse que utilizara también a una excelente secretaria de mi oficina. Así se hizo. A cuatro manos escribían lo que él dictaba.
Con tres millones de votos, fama de rebelde, retador, controversial, y con propuestas reformadoras y modernistas, López llegó al poder cuando medio país estaba paralizado. Derrumbes en Quebradablanca cerraron el paso a Villavicencio. Reabrir la vía fue un primer empeño. Con su Ministro de Obras Públicas, Humberto Salcedo, inauguró meses después un túnel y un puente que dieron paso a los Llanos Orientales.
Vocero de las minorías y ferviente admirador de la mujer, ofreció equiparar los derechos de hombres y mujeres. Reformó el Código Civil: los artículos que discriminaban a la mujer fueron abolidos. Nombró mujeres en cargos importantes, entre ellas una gobernadora que era divorciada. Monseñor Darío Castrillón montó en cólera. Para evitar más problemas con la Iglesia, que miraba a López con malos ojos porque era partidario de la planificación familiar, el divorcio, y la eutanasia, anuló el nombramiento.
Experto en temas y relaciones internacionales, restableció vínculos con Cuba, apoyó el derecho de Panamá a recuperar el dominio de la zona del Canal, firmó en Ecuador un tratado de delimitación de áreas marinas y submarinas y otros similares con otros países, y en Estados Unidos, a pesar de las reservas por su apertura frente a Cuba, aseguró con el presidente Gerald Ford los derechos de Colombia sobre el Canal de Panamá y pidió mayor cooperación para solucionar problemas comunes "con intransigente derecho a la crítica".
Era hombre de hogar, admiró a sus tres hijos, adoró a sus cu tro nietas y siempre a su lado estuvo La Niña Ceci, su esposa durante 68 años, colaboradora incansable en los programas sociales de su gobierno. Siempre estuvieron ahí el uno para el otro. Jugaba golf dos veces por semana, leía, escribía, polemizaba. Estuvo activo hasta el día de su muerte. "Vivió y murió en su ley", dijo su amigo entrañable, Fernando Londoño Henao. Repasando su historia, su gobierno, su presencia activa en la historia del país por más de medio siglo, queda claro que López no vivió en vano 94 años.
* Columnista y ex secretaria de Prensa del Gobierno de López Michelsen.