Por María Eugenia Rojas de Moreno*
ME SIENTO abatida, consternada. No sólo estoy lamentando la muerte de un gran pensador, de un escritor profundo, de un tratadista inigualable de Derecho Constitucional, de un dirigente aguerrido y rebelde, de un mandatario de avanzada, sino de un amigo entrañable, de un consejero inigualable con quien mantuve una estrecha relación en lo político y en lo personal. Por eso afirmo categóricamente que era el más eminente colombiano del pasado y del presente siglo.
Desde los tiempos del MRL estuvimos unidos combatiendo los errores garrafales del Frente Nacional, que era una unión de la oligarquía liberal y conservadora para repartirse el botín presupuestal, sin importarle la suerte del pueblo raso, el que no tiene trabajo, ni salud, ni educación, ni vivienda. Contra esa tremenda injusticia batallamos en las plazas y calles de Colombia.
Para las elecciones presidenciales de 1966 hicimos una coalición con el fin de que él fuera el candidato a la Presidencia, entre las fuerzas del MRL, la Anapo y el Partido Conservador, cuya cabeza más visible era el doctor Álvaro Gómez. En mi casa se hicieron varias reuniones y todo marchaba sobre ruedas, cuando de pronto él llegó una mañana y me dijo: "Esta candidatura mía tiene un grave problema y es que necesita del respaldo de Álvaro, pero no está completamente decidido. Y si Álvaro no me respalda, yo no puedo aceptar porque el triunfo sería remoto". Le respondí: "¿No hay alguien que pueda convencer al doctor Gómez?". Me respondió: "Hice todo lo que estaba a mi alcance. Hay que buscar otro candidato".
Estoy segura de que si la coalición de esas tres fuerzas se mantiene, López habría ganado las elecciones. Nosotros lanzamos entonces la candidatura de José Jaramillo, estupendo orador y jurista, y obtuvimos más de 800.000 votos.
En 1966 fuimos elegidos al Senado tanto él, como mi marido y yo. Mantuvimos una gran camaradería con varios de sus compañeros, como Juan José Turbay, Indalecio Liévano y varios más, muy cercanos a sus afectos.
Juntos hicimos un viaje a varios países de la Europa Oriental y allí compartimos largos ratos analizando los sucesos de Colombia y buscando la manera de sustituir el Frente Nacional por un verdadero gobierno democrático en el que tuvieran cabida todos los sectores de la sociedad, y así se fuera desmontando el régimen oprobioso en el que no cabían sino los que tenían el rótulo de liberal o conservador.
Después de los actos oficiales pasábamos largas noches en vela estudiando las mejores soluciones para remediar las angustias y necesidades de los más humildes y necesitados. "Hay que acabar con esta odiosa manguala liberal-conservadora que nada benéfico ha hecho", decía y le ponía énfasis a sus afirmaciones. Aquello era una cátedra de política y de humor negro, como él sabía manejarlo. La sátira fina y oportuna era su arma predilecta. Pero sobre ella sobresalía el silogismo irrefutable. Quien lo escuchaba quedaba asombrado por la consistencia férrea de sus argumentos. Todo esto era un deleite.
En las elecciones de 1970, cuando el general Rojas ganó ampliamente la contienda, y el fraude y el Gobierno le robaron el triunfo, sus amigos votaron por mi padre. Más tarde, en las elecciones de 1974, concurrimos como candidatos el doctor López, Álvaro Gómez y yo. Nos desplazamos por todos los rincones de Colombia y muchas veces coincidíamos en municipios y corregimientos. Cuando llegaba primero, en su discurso les decía a sus amigos: "Dentro de pocas horas vendrá María Eugenia, les pido que la reciban con respeto y aplausos pero piensen en el voto útil". Y así me recibían. Naturalmente, el resultado de las urnas fue a su favor.
Le gustaba venir a mi casa, le encantaba comer el sancocho santandereano que se preparaba a la manera bumanguesa o malagueña; me indicaba los amigos que quería ver, con los cuales dialogaba amenamente: Carlos Ardila, Olga Duque, Ivonne Nicholls, Hernando Santos, Álvaro Escallón, Carlos Urdaneta y muchos otros a quienes les profesaba estimación y afecto. No podía faltar el trío del maestro Fernández, experto en música vallenata, una de sus debilidades. Nadie como él conocía el misterio escondido del Valle de Upar, de donde fue primer gobernador y en donde no le perdonaban que faltara a las fiestas anuales del vallenato. Amigo sincero del maestro Escalona, se admiraban mutuamente. Sabía tanto de compositores y cantantes como él y conocía los autores de las mejores canciones que cada año se estrenaban en el Festival. A Fernández le pedía que tocara las que más le gustaban; los del trío ya sabían cuáles eran y se las cantaban tan pronto lo veían. Desde ese momento, sólo tocaban para él.
La Niña Ceci lo acompañaba a todas partes y disfrutaba viéndolo gozar. ¡Qué modelo de compañera, esposa y amiga! Por eso el pueblo y las clases altas la quieren tanto. ¡Qué bella imagen de mujer tenemos!
El domingo 8 de julio en la mañana, antes de la consulta del Polo, me llamó para contarme que tenía una encuesta por completo favorable a Samuel, en la cual aparecía como el ganador, con enorme ventaja. "Te pido que me llames y me informes cuando tengas los datos para celebrar el triunfo contigo". Y así fue, la primera llamada que hice fue la suya para darle el resultado. Me dijo: "Te felicito porque ustedes merecen ese triunfo".
Quedamos de almorzar el jueves y el martes 10 volvimos a hablar porque me contó que había que trasladar el almuerzo para el viernes en la revista Semana. "Quiero invitar a un grupo de amigos, como Álvaro Escallón, Jaime García Parra, María Helena de Crovo, María Isabel Mejía y otros cuantos, a fin de reforzar la campaña de Sammy". Por todo esto no me resigno ante el dolor que me ha causado su muerte. Repito: se ha ido el colombiano más preclaro de los siglos XX y XXI.
Compañero Jefe, déjame decirte, parodiando la ranchera que te gustaba tanto: "Tengo partía el alma...".
* Ex candidata presidencial.