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Mucho más que un vallenato por heredad, uno de los principales aportes de este hombre a la tierra de Pedro Castro fue, aparte de la fundación del departamento, la creación del Festival. Me cabe el orgullo de haber trabajado muy cerca de él y de Consuelo Araújo, La Cacica, lo mismo que de Myriam Pupo en el forjamiento de ese patrimonio.
La historia de nuestro folclor se partió entonces en un antes y un después de Alfonso López. Las notas del acordeón ya no sonarían sólo con ocasión de las fiestas patronales del cristianismo o en carnavales de comarca. Con su empuje, y con el de Consuelo, tendrían eco en confines insospechados: desde las corralejas en Sincelejo, el Carnaval de Barranquilla y las fiestas amuralladas de la aristocracia cartagenera, hasta el epicentro del poder en Washington, donde Clinton batió las palmas ante el compás del deleite, y las estancias gloriosas del Nobel en Estocolmo.
En 1974 fue necesario que su campaña presidencial tuviese un himno de batalla. Escalona encontró en el acordeón del rey vallenato Alberto Pacheco Balmaceda un aliado ideal para poner en boca del pueblo: "López el pollo, López el gallo, el Presidente que Colombia necesita".
Hoy, a manera de homenaje sencillo, quiero escribir que marchó por un camino lleno de estrellas buscando la inmensidad de Dios. "Le haré un canto triste con mucho dolor/ Y pondremos sobre su tumba una cruz de guitarras y acordeón".
P. D. La Niña Ceci, su compañera inseparable, y sus hijos, reciban desde las páginas de CAMBIO mi canto con dolor. Tengan la certeza de que un día se cumpliría la profecía de López: "Con los acordeones y cantando vamos a lograr la paz del país". Así sea.