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Famoso por inteligente, preparado, informado y culto, y por su fino sentido del humor, pocos saben que era riguroso con la puntualidad. A diferencia de su padre, el ex presidente Alfonso López Pumarejo, de quien decían que siempre llegaba tarde, López Michelsen siempre era cumplido. Cualidad admirable, pues significa educación y respeto por el tiempo de los otros. A propósito del tema, una vez me gané una reprimenda. Por solicitud de Gloria Zea, directora de Colcultura, le recordé que al día siguiente lo esperaban para la reinauguración del Teatro Colón. "No tiene que recordarme mis obligaciones -me dijo muy molesto-. ¿No ha visto que llego puntual a todos mis compromisos?". No dormí pensando en que había metido la pata y que el presidente no asistiría al Colón. Al día siguiente madrugué para disculparme: "Tranquila -me dijo sonriente-. No puedo asistir, pero irá Cecilia".
Otra vez se enfureció porque en el boletín de prensa de la Secretaría que hacíamos con Antonio Cruz, Pablo Rueda, Juan Castillo y otros periodistas, escribimos sobre la visita de unos periodistas y nos referimos a ellos como carga-ladrillos. "Ese tratamiento es ofensivo", me dijo. Me defendí diciéndole que se trataba de un término coloquial común e inofensivo. Pero no se molestó cuando revisando unas declaraciones con la secretaria económica Clara López, me pareció que una referencia a los periodistas podía molestarles. Me armé de valor y lo llamé para plantearle mi inquietud. "Cambia lo que sea", me dijo. Aprendí entonces que en asuntos menores el López era impredecible.
Todos los días, hacia las 8.30 a.m., bajaba de la casa privada a su despacho, una oficina pequeña y oscura en el Palacio de San Carlos, donde Lilia Bernal, su fiel secretaria por muchos años, lo esperaba libreta en mano para recibir instrucciones. Nunca tuvo ghost writers. Dictaba discursos, comunicados, cartas, memorandos y Lilia los tomaba en taquigrafía. Pero no daba abasto, pues al mismo tiempo atendía llamadas, organizaba citas, etc., etc. Para facilitar el trabajo le propuse que utilizara también a una excelente secretaria de mi oficina. Así se hizo. A cuatro manos escribían lo que él dictaba.
Con tres millones de votos, fama de rebelde, retador, controversial, y con propuestas reformadoras y modernistas, López llegó al poder cuando medio país estaba paralizado. Derrumbes en Quebradablanca cerraron el paso a Villavicencio. Reabrir la vía fue un primer empeño. Con su Ministro de Obras Públicas, Humberto Salcedo, inauguró meses después un túnel y un puente que dieron paso a los Llanos Orientales.
Vocero de las minorías y ferviente admirador de la mujer, ofreció equiparar los derechos de hombres y mujeres. Reformó el Código Civil: los artículos que discriminaban a la mujer fueron abolidos. Nombró mujeres en cargos importantes, entre ellas una gobernadora que era divorciada. Monseñor Darío Castrillón montó en cólera. Para evitar más problemas con la Iglesia, que miraba a López con malos ojos porque era partidario de la planificación familiar, el divorcio, y la eutanasia, anuló el nombramiento.