López el Político

Con Julio César Turbay, cuya alianza se conoció como el turbolopismo. Foto: Archivo Cambio

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En 1973, cuando Carlos Lleras buscaba que la Convención Liberal lo designara como candidato a la reelección, López, su aliado hasta entonces, unió fuerzas con Julio César Turbay y fue proclamado candidato para las elecciones del 74. El pacto con Turbay incluía que El Turco, el mismo al que tanto Lleras, como López, como la aristocracia bogotana en su conjunto habían despreciado por años, fuera el candidato en 1978. La muerte del llerolopismo fue el nacimiento del turbolopismo, una alianza que, por ser puramente clientelista, duraría muchísimo más.

Para su campaña presidencial, López revivió algunas de sus arengas de izquierda, algo que le facilitó su contrincante, Álvaro Gómez, el gran coco que aterraba a los liberales. López barrió y obtuvo así lo que pedía: un mandato claro, que sería el lema de su gobierno. Pero como suele suceder cuando se pasa de los sueños de las plazas a la realidad del gobierno, López comprendió que el palo no estaba para el populismo y que la bonanza cafetera -y otras bonanzas menos santas que ya asomaban- estaban inundando al país de dólares que se monetizaban con facilidad y disparaban la inflación. Importó entonces a un ejército de economistas ortodoxos creyentes en la moneda sana, encabezados por Rodrigo Botero, que impusieron una dura política contraccionista y evitaron la hiperinflación. Claro, por el camino, causaron mucho descontento popular.

López los despidió con cajas destempladas y los remplazó por hombres de la vieja guardia. Aún así, el movimiento popular que llevaba años contenido por el Frente Nacional, estalló en septiembre de 1977 en un paro cívico reprimido de manera sangrienta. Lo poco que quedaba del sueño izquierdista de los lopistas murió en esas jornadas. Los electores se lo cobrarían cinco años después, cuando López intentó la reelección, fracasó y en cambio consiguió dividir al liberalismo de modo quizás irremediable.

El turbolopismo había hecho una apuesta puramente clientelista y, para ganarla, había privilegiado por años a los caciques regionales por encima de lo demás. Ya no valían las ideas, sólo los puestos, los contratos y los votos. El pecado original había sido del Frente Nacional, que borró fronteras partidistas y sembró el acuerdo burocrático. El turbolopismo fue hijo aventajado de esas prácticas, que en cualquier caso también se extendieron al conservatismo. López hablaba mal de los caciques, pero en el fondo le fascinaban pues creía en su efectividad. Por eso su desconcierto la noche de las elecciones del 82, cuando los votos de la Costa Atlántica no aparecieron en la cantidad esperada. La famosa pregunta de López "¿Qué pasó con la Costa?" traducía en realidad "¿Qué pasó con los caciques?", pues era en el norte del país donde mayor dominio tenía el clientelismo liberal.

De algún modo, la carrera política de López murió esa noche de mayo del 82. Fue bueno por dos razones: primero, porque el clientelismo recibió un primer y muy duro golpe; y segundo, porque López regresó al terreno de las ideas, de la controversia, de la dialéctica, en la sin duda le fue más útil al país. Aun si en ocasiones ese pensamiento inquieto -y una vez más, esa cierta fascinación por "los malos"- lo llevó a cometer graves pecados como la cumbre de Panamá con Pablo Escobar y Cía. Aun si a veces su vanidad primaba a la hora de criticar a los presidentes que había prohijado pero que no se comportaban como creía que debían hacerlo. El hecho es que esa noche del 82, el país recuperó al López intelectual que era -es natural- mucho mejor que el López político. Como político, López fue como muchos otros. Como pensador, fue sin duda enormemente superior a todos.

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