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Un capítulo no menos explosivo fue el de la relación con las Fuerzas Militares. Además de dar una larga lista de oficiales en ejercicio, el jefe paramilitar insistió en que la relación fue mucho más allá de una complicidad pasiva, pues "en algunos casos se desarrollaron acciones conjuntas".
Confesión ante obispos
Los contactos con el mundo exterior que Mancuso tuvo la semana pasada también incluyeron a Jaime Jaramillo Panesso y monseñor Nel Beltrán, dos destacados miembros de la Comisión Nacional de Reconciliación. Mancuso les pidió el favor de que de que le hicieran llegar una propuesta al presidente Uribe: los jefes de las Auc, comprometidos con el proceso de paz, estaban dispuestos a revelar toda la verdad a una comisión especial de obispos de la Iglesia Católica que, bajo el secreto de la confesión, la mantendrían en reserva porque según él, la gravedad de lo confesado desestabilizaría al país.
En esas condiciones, según la iniciativa planteada por los paramilitares, Colombia podría conocer la realidad cuando hubiera alcanzado el suficiente grado de madurez para asimilarla. Mientras tanto, según la misma propuesta, una comisión de tres notables se convertiría en depositaria única de las confesiones y sólo ella podría recomendar cuáles de las personas mencionadas deberían ser procesadas por la Justicia. La propuesta le fue entregada al Presidente el jueves 10 en horas de la tarde.
La respuesta de Uribe fue inmediata y categórica: bajo ninguna circunstancia podía aceptarla porque sería interpretada como una transacción inadmisible y por eso les pidió a los emisarios que les advirtieran a los jefes recluidos en Itagüí que el marco del proceso es y seguirá siendo la Ley de Justicia y Paz. Y, además, convencido de que detrás de la propuesta, lo mismo que del mensaje del senador De la Espriella se ocultaba una amenaza en el sentido de que las confesiones podrían tocarlo, advirtió que si era mencionado renunciaría a cualquier reserva judicial y controvertiría públicamente cualquier posible señalamiento.
A la reunión del Presidente con monseñor Beltrán y con Jaramillo en la Casa de Nariño también asistió monseñor Augusto Castro, presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana. La presencia del prelado obedecía a que, investido de autoridad suficiente, podría decidir si la Iglesia aceptaba o no convertirse en custodia de los secretos de los jefes paramilitares. Monseñor Castro, sin embargo, estuvo de acuerdo con el Presidente y señaló que la Iglesia no podía guardar secretos de esa magnitud porque la opinión podría interpretarlo como encubrimiento.