Mercado de almas

Foto: Joana Toro

(Página 6 de 8)

¿Qué porcentaje de los diezmos y las limosnas está considerado como salario de sacerdotes, pastores o líderes con ascendencia sobre los fieles?

¿Cómo afecta esa recaudación semanal -obligatoria en varias confesiones- el patrimonio personal de quienes orientan los cultos o hacen parte de las jerarquías eclesiales?

¿Qué porción de ellas está destinada a obras sociales?

Esas preguntas son forzosas cada vez que se avecina una reforma tributaria. Desde que fue adoptada la Constitución de 1991, Ejecutivo y Congreso han intentado establecer gravámenes patrimoniales sobre organizaciones religiosas, pero sólo han logrado imponer la obligación de que ellas presenten anualmente su declaración de renta.

Se trata, según expertos de la DIAN, de un control de carácter formal porque en la práctica las iglesias no pagan impuestos. Y no lo hacen por una razón heredada de la vieja Constitución de 1886 que reconocía al catolicismo como religión oficial del país y del Concordato suscrito con la Santa Sede, que establecía que los ingresos de la Iglesia no podían ser fiscalizados ni intervenidos por el Estado.

En 1993, dos años después de entrada en vigor de la nueva Carta que estableció la libertad de cultos en Colombia, el gobierno del presidente César Gaviria produjo un decreto en el que no sólo refrendaba la exención para la Iglesia Católica, sino que la eximía de la obligación de presentar declaración de renta. De inmediato la Casa Sobre la Roca del pastor Darío Silva Silva, presentó una acción de tutela por considerar que la norma violaba el derecho a la igualdad. La Justicia le dio la razón y desde entonces los privilegios son los mismos para todas las organizaciones religiosas.

Pero mientras en la Iglesia Católica existe el voto de pobreza entre los sacerdotes, no ocurre necesariamente lo mismo con los predicadores. Sin desconocer que muchos de ellos trabajan por el prójimo en el seno de su comunidad sin apego notorio a lo material, otros parecen caer en la tentación. Mármoles, juegos de luces, sistemas de sonido, aparatos de video de última generación, son ante todo la regla y no la excepción en las iglesias más poderosas. Y eso sin hablar de los gustos personales de algunos pastores. "Son ostentosos en sus ropas, sus automóviles y propiedades. Suelen rodearse de un personal de seguridad digno del presidente de cualquier país", anota Marvin Galeas. Cualquier crítica, como ha ocurrido en Estados Unidos, es descrita como una inaceptable intolerancia religiosa que genera ataques de la comunidad que cierra filas en torno a sus pastores.

No obstante, más allá del eventual apego a los bienes terrenales, lo cierto es que existe una competencia creciente por las almas de los colombianos no solo en las principales ciudades, sino también en las poblaciones pequeñas en donde un parlante aquí o un pequeño local allá anuncian la presencia de una congregación nueva. El tema, por supuesto, preocupa a la Iglesia Católica, pero también es un síntoma de que las cosas están cambiando en un país que durante casi un siglo celebró anualmente su consagración al Sagrado Corazón de Jesús y en donde, para bien o para mal, existe hoy más libertad de cultos que nunca.

Publicidad
Enlaces de texo
cerrar