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Mohammad Nouroz Yosifi tiene 20 años pero podría pasar por un joven de 16. No sólo su cara es la de un niño, también su cuerpo. De sólo 1,65 metros de estatura y delgado como una rama, parece que va a quebrarse cuando se echa a la espalda su morral de campaña, un saco cargado con 20 kilos de arena con el que debe iniciar la jornada a las 5:45 a.m. Trotando cinco kilómetros bajo el calor húmedo de El Espinal, Tolima.
Tiene suerte de que ese día, 6 de marzo, haya amanecido nublado y fresco. Pero aun así, el ejercicio es extenuante. Al comenzar la marcha, el morral le hace doblar las rodillas y debe apretar los puños y la mandíbula para forzar el paso. Va en la primera fila del pelotón, la mirada concentrada en un punto fijo del horizonte, como si quisiera devorar los kilómetros con la vista. De grandes ojos negros y nariz recta, su expresión vivaz parece más bien la de un joven actor de cine, pero en su lejano Afganistán, donde reina la pobreza y 30 años de conflicto han convertido al país en uno de los más atrasados del planeta, las posibilidades de ser una estrella son inalcanzables como un espejismo. En Thakhar, su pueblo natal, ha dejado una familia de nueve hermanos.
Nouroz hace parte de un grupo de cinco oficiales afganos seleccionados para el III Curso Internacional de Comandos Jungla, que dicta la Policía Nacional en la Escuela Gabriel González de El Espinal. El programa surgió en 1989, bajo la administración del presidente Virgilio Barco, con el objetivo de formar grupos policiales de choque con características similares a las de las Fuerzas Especiales del Ejército, que tuvieran la capacidad de actuar con contundencia y eficacia en las zonas rurales de difícil acceso para la erradicación de cultivos ilícitos y la destrucción de laboratorios de cocaína. Financiado en la actualidad con dineros del Plan Colombia, el curso ha graduado a más de 20 promociones nacionales y su reputación le ha servido para entrenar, además, oficiales de distintos países latinoamericanos, entre ellos Perú, Ecuador, El Salvador, Paraguay, Bolivia y Guatemala.
El instructor Silva, un hombre pequeño pero duro como un roble, apura el paso de la tropa cuando el sol asoma en el horizonte. Con la cabeza en alto, Nouroz aguanta con la camiseta empapada y jadea un poco. Frunce el ceño, aprieta los dientes y por la expresión de sus ojos parece que estuviera preguntándose: "¿Qué demonios hago aquí?".
Clima y choque cultural
La idea de incorporar efectivos afganos al programa Comandos Jungla nació a finales del año pasado por iniciativa del propio presidente de Estados Unidos, George W. Bush, que quiere replicar en Afganistán, donde se produce el 90% de la heroína del mundo, el modelo colombiano de lucha contra los cultivos ilícitos. De hecho, en julio de 2005 un grupo de cinco policías colombianos, encabezados por el teniente coronel César Atehortúa, viajó a Kabul, la capital afgana, para dictar conferencias de capacitación a las tropas locales organizadas y controladas por los ejércitos británico y estadounidense tras la caída del régimen talibán.