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Nouroz llegó a Colombia a comienzos de febrero, acompañado por un intérprete y cuatro compañeros más: Abdul Najib Haidary, Said Naqid Sabat, Sharifullah Zirak y Mohammad Parwiz Nizany. En El Espinal los esperaban otros 65 estudiantes de comando, entre los que había dos mexicanos, dos salvadoreños, cuatro peruanos, dos panameños, dos ecuatorianos, dos bolivianos y dos paraguayos.
Quizás porque nunca antes habían oído hablar de Colombia, los afganos no esperaban encontrar un clima tan agresivo como el del Espinal. Mientras en Afganistán las temperaturas son altas pero secas en verano, en el pueblo tolimense el clima no sólo es abrasador sino húmedo en extremo. El calor soporífero, así como las diferencias culturales y las dificultades para comunicarse, hicieron flaquear las fuerzas afganas desde la jornada inaugural.
Sin ir más lejos, ese primer día quedaron paralizados ante el espectáculo de una multitud de cuerpos desnudos que corrían hacia las duchas. Practicantes de la religión islámica, que considera una ofensa ver al prójimo sin ropa, los oficiales afganos protestaron en forma airada por semejante show. "Nos tocó instalarlos en una habitación sólo para ellos por respeto a su religión", le dijo a CAMBIO el teniente Camilo Talero, comandante del curso. Pero eso no es todo. Cinco veces al día deben suspender sus tareas para elevar sus oraciones mirando hacia La Meca y un sábado se negaron a levantarse porque su religión les prohíbe trabajar ese día. Además, no comen cerdo y en muchas ocasiones tampoco pollo. "Después de una pequeña negociación, aceptaron que los ejercicios sabatinos eran parte integral del entrenamiento -afirma Talero-. Por lo demás, debimos ser flexibles con el resto de sus costumbres".
Aún así, transcurrida la primera semana el saldo era desalentador: Zirak y Parwiz habían sacado la mano. Uno, por razones obvias, no podía cumplir con el exigente entrenamiento: le faltaba la mitad del pie izquierdo. El otro, porque, simplemente, no aguantó la intensidad del entrenamiento y lo venció la fatiga. Tras un momento de crisis, Nouroz, Najib y Naqid decidieron tomarse las cosas de una forma que las hiciera un poco más fáciles: con humor. Pronto aprendieron algunas palabras de español y a partir de entonces no es raro oírlos gritar en mitad de la faena: "¡Rápido, comando!", para burlarse de los instructores.
Najib es el menos tímido. De 27 años, viene de la provincia de Kapisa y es, según sus compañeros de curso colombianos, un dicharachero de tiempo completo, templado para los ejercicios, no muy maduro mentalmente. Naqib, en cambio, parece hecho para la guerra. Viene de Kunar, conoce de artes marciales, tiene un cuerpo sólido como una roca y la flexibilidad de un gimnasta olímpico. Para completar, se caracteriza por su agudeza mental y un temperamento curtido por la experiencia de 12 años de servicio, primero en Pakistán y luego en Kabul. A sus 29 años, es el que más sobresale de los tres y el que más admiración despierta en la tropa criolla, pero aún debe superar escollos mayores si quiere regresar con la cabeza en alto a Afganistán.