Marzo 6 de 2007

Se vende

Más de 60 de las principales empresas colombianas han pasado a manos extranjeras y hay nuevos compradores en fila.

Santiago Perdomo de Colpatria y Edmundo Vallejo de GE Money, el miércoles 28 de febrero en Bogotá.

Tan pronto llegaron a la cita el pasado miércoles en la mañana, los asistentes supieron cuál era el motivo de la invitación. Y es que en el salón ubicado en el cuarto piso de la Torre Colpatria en el centro de Bogotá estaban expuestos dos logotipos, tanto el del grupo financiero que le da su nombre al edificio más alto de Colombia, como el de GE Money, una de las entidades de crédito más grandes del mundo. En medio de sonrisas y abrazos, los representantes de ambas empresas, el colombiano Santiago Perdomo y el mexicano Edmundo Vallejo, le contaron a los presentes que la multinacional norteamericana había llegado a un acuerdo para adquirir el 39,3% del grupo local, por una suma cercana a los 228 millones de dólares, con la opción de convertirse en el socio mayoritario de la entidad a la vuelta de unos años.

El anuncio fue el más reciente de una serie de operaciones similares en diferentes sectores de la economía que se suman a su vez a lo ocurrido en 2005 y 2006, cuando sociedades tan tradicionales como Coltabaco y Bavaria cambiaron de dueño. Tan solo en lo que va del presente año han sido concretados cerca de 20 negocios importantes en los cuales empresas extranjeras se han tomado compañías nacionales. La lista incluye a Petroquímica Colombiana, adquirida por la mexicana Mexichem; como también a la transportadora de valores Thomas Greg & Sons, comprada por la española Prosegur.

Y eso que, todavía no han tenido lugar las transacciones más grandes del año.

En las próximas semanas se conocerá quién conquistará a Paz del Río, por la cual pujan en la actualidad los grupos siderúrgicos más grandes del mundo, así como quién mandará en Almacenes Éxito, en donde la francesa Casino y la chilena Cencosud desean comprar un importante paquete de acciones. A los anteriores habrá que agregar el nombre del nuevo socio estratégico que busca la Casa Editorial El Tiempo (propietaria de la revista CAMBIO), que ha despertado el interés de diversos grupos de medios.

Como si la lista no fuera suficiente, en el sector financiero hay rumores sobre la compra de uno de los conglomerados nacionales por parte del Citigroup, particularmente después de que el presidente mundial de la entidad, Charles Prince, viniera a Bogotá a entrevistarse con Álvaro Uribe en la Casa de Nariño. También hay comentarios sobre la llegada de compradores brasileños en busca de las fábricas de textiles más tradicionales. "No hay duda alguna de que tener presencia en Colombia es hoy en día una prioridad para decenas de compañías extranjeras de los más diversos sectores", comenta Mauricio Botero, presidente de Corredores Asociados, firma comisionista de bolsa.

El atractivo

Que los inversionistas del mundo hagan millonarias transacciones en un país que hace tres años fue descrito como un "Estado fallido" por la prestigiosa revista Foreign Policy, no deja de sorprender. Pero las cifras no mienten. Según el Banco de la República, mientras la llamada posición de inversión internacional, que mide el saldo de las inversiones extranjeras en Colombia, ascendió a 10.991 millones de dólares en diciembre de 2000, ésta subió a 41.595 millones en septiembre pasado.

Tales magnitudes pueden parecer pequeñas si se comparan con los volúmenes que reciben otras naciones latinoamericanas como México y Brasil, pero son descomunales a la luz de la tradición nacional. Para nadie es un secreto que durante buena parte de su historia Colombia no fue el destino preferido de los capitales del mundo, en un principio como resultado de una legislación hostil y después porque el hostil era el territorio nacional, debido al deterioro en las condiciones de seguridad. Durante años el dinero que llegaba tenía como principal destino el sector petrolero, además de unas cuantas industrias básicas que atendían el consumo interno y un puñado de bancos. La mayoría de inversiones provenían de Estados Unidos, país a las que se sumaban las de unas pocas empresas tradicionales europeas.

Todo comenzó a variar, sin embargo, cuando a comienzos de los años 90 la legislación empezó a ser un poco más amistosa. El desmonte de mecanismos como el control de cambios que hacía difícil la entrada y salida de divisas despertó un tímido interés en los principales centros financieros, al cual se le agregó la bien ganada fama del país de respetar sus compromisos internacionales. La primera demostración de que Colombia podía ser un destino atractivo tuvo lugar cuando en la subasta de las licencias de la telefonía celular en 1993 el Estado recibió algo más de 1.000 millones de dólares, por parte de consorcios en los que había socios nacionales y extranjeros.

No obstante, el despegue real estuvo asociado a una serie de privatizaciones que tuvieron lugar a mediados de la década pasada, concentradas en empresas de servicios públicos, lo cual coincidió con el cambio de propiedad de algunos bancos. Buena parte de esas inversiones provinieron de España, fenómeno que en ese momento fue descrito como una especie de reconquista por parte de empresas oriundas de la Madre Patria.

El entusiasmo, sin embargo, duró poco. Mientras que en 1997 la inversión extranjera llegó a la suma récord en ese entonces de 5.562 millones de dólares, dos años después, en 1999, había bajado a 1.508 millones. La recesión económica, la crisis política y el deterioro de la situación de orden público, convencieron a quienes habían venido de que la decisión de entrar a Colombia había sido un error, y a los demás de no pisar ni siquiera el territorio nacional.

Nuevos vientos

Pero bastaron apenas cinco años para que la pésima percepción del país variara. Para comenzar, los indicadores de orden público mostraron un cambio de tendencia notable, al tiempo que la economía salió de la postración de comienzos de siglo. Casos como el repunte en los precios de las acciones en la Bolsa de Valores de Colombia en 2004, que fue la de mayor valorización en el mundo con más de 100% de aumento, llamaron la atención de más de uno.

Así las cosas, al antiguo patito feo de América Latina le empezaron a salir nuevas plumas, embellecidas por el contraste de casos como los de Venezuela y Ecuador. Fue entonces cuando de manera creciente los hoteles de Bogotá comenzaron a recibir ejecutivos de otras latitudes en busca de las oportunidades que había en el tercer país más populoso de la región, cuyos activos todavía eran baratos según los estándares internacionales. Sin embargo, en esta ocasión el interés no lo despertaron las privatizaciones, sino las compañías privadas. En parte como consecuencia de la ola de consolidaciones empresariales en sectores específicos de la industria y en parte ante la expectativa de buenas ganancias, los negocios empezaron a producirse. Los flujos de inversión extranjera que en 2003 habían ascendido a 1.758 millones de dólares pasaron a 3.084 millones en 2004.

A pesar de ese crecimiento, nadie esperaba que el año siguiente se pulverizaran todas las marcas. Pero eso fue lo que ocurrió cuando llegó el anuncio de la compra de Bavaria por parte de la surafricana SABMiller por una suma superior a los 7.800 millones de dólares, incluidas las deudas. La noticia le dio la vuelta a todo el mundo, pues la magnitud de la operación lo justificaba, pero sobre todo demostró que Colombia era un lugar donde había espacio para apuestas multimillonarias.

Que la dinámica continúa es una realidad innegable. En los primeros nueve meses de 2006 los flujos de inversión extranjera llegaron a 4.349 millones de dólares, un ritmo que duplicó el de 2004. No toda esa suma, por supuesto, fue a adquirir acciones de empresas colombianas. De hecho gran parte tiene que ver con ensanches de capacidad e inversiones en plantas y equipo, pero es evidente que la búsqueda de oportunidades sigue.

Uno de los sectores que genera más interés, por ejemplo es, el financiero. Según la investigadora de Fedesarrollo, Natalia Salazar, la participación extranjera en la banca colombiana fue de 16% en 1995, de 21% en diciembre pasado y llegaría a 25% si se incluye a Colpatria. Esa proporción es baja en comparación a países como México en donde llega a más de 60%. La razón es que existe una gran competencia entre grupos locales como Aval, Bancolombia y Davivienda que, lejos de ceder terreno en años recientes, han aumentado su peso en el mercado.

De la misma manera, en sectores como alimentos, textiles, autopartes, agroindustria o confecciones, para solo nombrar algunos casos, puede haber anuncios interesantes.

Dentro de los cambios notables que ha traído esta nueva oleada hay que destacar la inmensa diversificación de los inversionistas, no solo por la cantidad de sectores que reciben dinero, sino por el amplio número de países que miran a Colombia. Si en el pasado las mayores sumas llegaban de Estados Unidos, Gran Bretaña o España, ahora pululan canadienses, mexicanos, peruanos, chilenos y brasileños, los cuales a su vez demandan servicios de asesoría. La semana pasada el prestigioso banco de inversión norteamericano JP Morgan comenzó operaciones en Bogotá con una oficina integrada por una treintena de profesionales.

Esa tendencia ha sido respondida por algunas empresas colombianas que de manera creciente también compran activos en el exterior, logrando en ciertos casos consolidarse como jugadores regionales importantes (ver recuadro).

También están los casos de las compañías nacionales que compran a otras, alentadas por el clima de competencia. De hecho, las dos negociaciones más importantes de 2006 en el país fueron la venta de Bancafé y de Ecogás que acabaron siendo adquiridas por Davivienda y la Empresa de Energía de Bogotá, respectivamente. "El crecimiento de la inversión extranjera en Colombia comprueba que las decisiones de inversión por parte de los locales se están tomando y de una manera muy dinámica", sostiene Luis Carlos Villegas, Presidente de la Andi.

Nuevos vientos

La nueva realidad de una nación en la cual se han multiplicado los inversionistas extranjeros no ha sido asimilada del todo por los colombianos. Tanto en la calle como en los programas de radio no faltan expresiones como la de "ya nada es nuestro". Y aunque es cierto que cerca de 60 empresas de primera línea han estrenado dueño foráneo en los últimos años, también lo es que esa es una tendencia mundial que forma parte de un mundo globalizado. Transacciones  importantes como las que ocurren en el país, también tienen lugar en Perú o México, aunque en Venezuela o Bolivia soplen hoy en día vientos muy diferentes.

Como ocurre en estos casos, las nuevas circunstancias tienen elementos buenos y malos. Por una parte, es evidente que el tamaño de los cheques que han sido girados por la compra de ciertas compañías ha enriquecido a sus accionistas mucho más de lo que estos pensaban, lo cual le ha ayudado a la demanda interna. Además, la llegada de multinacionales con rígidos códigos de conducta y bolsillos profundos tiende a elevar los estándares éticos, técnicos y administrativos en algunos casos, beneficiando al consumidor con productos de mejor calidad. "También es muy positivo porque cambia el balance político, pues los inversionistas extranjeros son más respetuosos del Gobierno y el debido proceso que los colombianos, lloran menos y tratan de no intervenir abiertamente en las elecciones", señala el ex ministro Rudolf Hommes.

La otra cara de la moneda es que la mayor internacionalización del país aumenta su dependencia y su vulnerabilidad. Un ejemplo típico fue el de la semana pasada cuando la bolsa colombiana sufrió un traspié importante por cuenta de la descolgada de las acciones en China que contagió a todos los mercados de valores del planeta.

Hay también quienes expresan preocupaciones porque el dinero recibido por los vendedores no permanezca en Colombia o se dedique a financiar consumos suntuarios y no nuevas inversiones. "Inconvenientes económicos no le veo, excepto si los vendedores se llevan toda la plata, con lo que el país perdería recursos", agrega Hommes. "Pero en cierta medida indica que hasta ahí llegaron los empresarios que venden y que no van a ser muchas las multinacionales colombianas que florezcan", concluye.

Tampoco es posible olvidar que quien coloca un dinero, aspira a recuperarlo. Según el Banco de la República los dividendos repatriados por los inversionistas extranjeros pasaron de 655 millones de dólares en 2000 a 2.433 millones en 2004 y a 3.565 millones en 2005, una suma superior a las remesas enviadas al país por los emigrantes colombianos ese mismo año.

El gran desafío, sin embargo, es lograr que la compra de empresas colombianas por parte de extranjeros vaya mucho más allá de un simple cambio de accionistas con diferente pasaporte. "De lo que se trata es de que quienes lleguen utilicen las compañías que adquieren como una plataforma para crecer y ampliar su capacidad, generando así empleo y riqueza", sostiene Mauricio Botero de Corredores Asociados. "La inversión extranjera es como los clientes de los restaurantes a quienes no les gustan los sitios vacíos, sino los que tienen gente. Por eso hay que confiar en que vengan nuevas empresas a establecer operaciones aquí, ojalá comenzando de cero", señala María Elvira Pombo, presidente de Proexport.

Esa, en último término, es la mayor utilidad que puede dejar el creciente apetito por los activos colombianos entre los inversionistas de afuera. Como ocurre en estos casos, todavía es demasiado temprano para hacer un balance de sumas y restas, pero lo que queda en claro por ahora es que la composición de la propiedad en Colombia está experimentando un profundo cambio que da origen a nuevas oportunidades.

En la medida en que los índices de seguridad mejoren más y la economía y el entorno político garanticen cierta estabilidad, las posibilidades de que esas inversiones le ayuden al país a crecer más rápido son muy grandes. Pero como lo demuestran casos como el de Venezuela, o el de la misma Colombia a finales de la década pasada, un cambio abrupto o una crisis profunda pueden ocasionar que una nación pase de niña bonita del vecindario, a mujer ignorada o, incluso peor, despreciada. Por eso aunque el país parezca estar en venta, lo cierto es que su éxito futuro sigue dependiendo, como siempre, única y exclusivamente de los colombianos. 

Nuevos dueños

Estos son algunos de los negocios más representativos de los últimos tres años, en diversos sectores de la economía:

Aerolíneas. Avianca fue comprada por Sinergy de Brasil.

Aero República fue comprada por Copa Continental de Panamá.

Agroquímicos. Abocol fue comprada por Omimex de Estados Unidos.

Bebidas. Bavaria fue comprada por SABMiller de Sur África.

Cosméticos y belleza. Prebel fue comprada por Avon de Estados Unidos.

Correo y Carga. Thomas Greg & Sons fue comprada por Prosegur de España.

Financiero. Granahorrar fue comprada por BBVA de España.

Colpatria fue adquirida parcialmente por GE Capital Corporation de Estados Unidos.

Hierro y acero. Aceros Diaco fue comprada por Gerdau de Brasil.

Lácteos. Leche Algarra fue comprada por Gloria de Perú.

Minería. Carbones del Cesar fue comprada por Coalcorp de Canadá.

Petroquímica. Refinería de Cartagena fue comprada por Glencore de Suiza.

Productos plásticos. Petroquímica Colombiana fue comprada por Mexichem de México.

Revistas. Editora Cinco fue comprada por Editorial Televisa de México.

Tabaco. Coltabaco fue comprada por Philip Morris de Estados Unidos.

Telecomunicaciones. Telecom fue comprada por Telefónica de España.

Colombia Móvil fue comprada por Millicom de Luxemburgo.

Televisión. TvCable, Cablepacífico y Superview fueron compradas por Telmex de México.

 

Las que salieron a probar suerte

Al tiempo que decenas de empresas tradicionalmente colombianas cambian de dueño, un puñado de compañías nacionales intentan pisar con fuerza en el exterior. A casos ya conocidos como los de Carvajal, Nacional de Chocolates o Corona, con presencia de plantas y oficinas en diversos mercados, hay que sumarle experiencias más recientes como las de Bancolombia, que a finales de 2006 anunció la compra del Conglomerado Internacional Banagrícola de El Salvador por unos 900 millones de dólares. Un caso diferente es el de la cervecera SABMiller en la cual la familia Santo Domingo tiene algo más del 15% de las acciones. También es audaz la apuesta de ISA que hoy en día es la empresa regional más grande en el campo de la Interconexión Eléctrica, con presencia en América Central, Perú, Bolivia y Brasil, e inversiones afuera que superan los 1.200 millones de dólares. Llamativo, así mismo, es el caso de Argos que en octubre de 2005 inició un proceso de compras de empresas concreteras en la zona del Golfo de México y la costa este de los Estados Unidos, a las que abastece con el cemento que produce. Al cabo de inversiones cercanas a los 800 millones de dólares, Argos es ya el sexto grupo concretero de Estados Unidos, con instalaciones portuarias propias en Texas y Georgia. "Entendimos que en la medida en que uno invierta afuera diversifica su riesgo", sostiene José Alberto Vélez, presidente de la compañía con sede en Medellín. "El año pasado la mitad de nuestras ventas de 1.450 millones de dólares provinieron de nuestras operaciones en Estados Unidos, sin contar lo que exportamos a ese mercado", agrega. "Nos dedicamos a lo que sabíamos y pudimos hacer con éxito una integración vertical de nuestro negocio", concluye Vélez.

 

Ver Términos y Condiciones.

COPYRIGHT © 2007 CEET Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular.