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LAS DURAS Y LAS MADURAS
CONOCÍ A GARCÍA MÁRQUEZ en 1973 por Álvaro Cepeda Samudio, su compinche del alma, el tipo más vital y arrollador que haya producido este país. Álvaro me dijo que Gabo quería conocerme a propósito de un lío que tenía con la izquierda colombiana. Se acababa de ganar un premio literario de 10.000 dólares de la Universidad de Arizona y Gabo quería donárselo a alguna causa política de la izquierda colombiana, tras la escandola que le había armado el mamertismo criollo por haberle entregado los 25.000 dólares del premio Rómulo Gallegos (que se había ganado el año anterior) al MAS (Movimiento al Socialismo), de Venezuela, y no a un grupo nacional.
Yo, en ese entonces, estaba metido de patas y manos en vainas de izquierda y Álvaro quería que yo asesorara a Gabo sobre cómo y a quién donar esa plata. Me emocioné cuando el autor de Cien años de soledad (libro que me había llegado hasta los tuétanos) me llamó para preguntarme si lo indicado sería entregarle ese premio al Comité de Presos Políticos de Colombia. Me tocó explicarle que aquí no existía un comité de esa naturaleza y ahí mismo me contestó: "Pues fúndalo, no joda, invéntatelo". Así nació, pues, el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos, que aún existe y que fue posible gracias a la alcahuetería de Álvaro Cepeda, a quien lo único que le interesaba era que yo conociera a su amigo García Márquez.
Lo vi poco después en Barranquilla, ciudad muy de sus entrañas, donde participé en varias veladas etílicoliterarias con los que quedaban del grupo de La Cueva. Recuerdo que lo acompañé en un largo paseo por el alegre y estrepitoso mercado popular de Barranquilla. A Gabo le fascinaba medir la irreverencia callejera de La Arenosa, donde decía que nadie le paraba bolas y cuando salía publicada una foto suya la gente decía: "Otra vez el sapo de García Márquez".
En ese entonces nació, pues, una amistad que ya lleva décadas y que ha pasado por las duras y las maduras. Por la fundación de revistas contestatarias o noticieros de televisión (que tuvieron vidas tan ricas como finales abruptos); por infinidad de parrandas no solamente vallenatas; por momentos de tensiones políticas y fricciones personales; de solidaridades familiares y complicidades de diversa índole.
La prueba de fuego de esa inicial amistad entre el genial y ya célebre costeño, hecho a golpe de talento y disciplina, y el cachaquito oligarca más o menos leído y rebelde, fue la fundación, a comienzos del 74, de la revista Alternativa, en la cual embarqué a Gabo. Muy a regañadientes, valga la verdad, porque decía que las revistas románticas de izquierda estaban condenadas al fracaso. Pero me debía la del Comité de Presos Políticos. Y así fue como García Márquez terminó metido en un aventurado proyecto de periodismo militante, que lo sumergió de lleno en el febril y canibalístico mundo de la izquierda colombiana de los años 70. En todas sus manifestaciones: porque en torno de Alternativa se movían desde mamertos prosoviéticos y vehementes maoístas, pasando por troskos y anarcos de diversos pelambres, hasta los amigos de los fierros.