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CONSPIRADOR POR LA PAZ
GABO HA SIDO REFRACTARIO a participar en la política electoral colombiana. Sin embargo, sigue día a día el acontecer político nacional no importa dónde esté. Tiene numerosos amigos que lo llaman, le cuentan, le preguntan sobre los asuntos de la tortuosa política criolla. Gabo oye, opina, analiza, procesa... pero no se mete en forma directa. Y aunque tiene aversión a que usen su nombre con propósitos políticos, cuando se trata de asuntos relacionados con posibilidades de paz, prende las antenas y despliega todos sus contactos, revive viejas amistades, desempolva conocidos de otras épocas, traga sapos, todo lo que esté a su alcance con el fin de ayudar a conseguir la paz.
Así lo conocí hace como 20 años en México, cuando fui a visitarlo en su casa por encargo del presidente Virgilio Barco. El Mandatario y Gabo, nunca habían sido cercanos, sólo tenían una relación respetuosa y distante. La política liberal estaba entonces dominada por el ex presidente Julio César Turbay en cuyo gobierno Gabo se había exilado y, hay que decirlo, algunos del círculo cercano a Barco no veían con buenos ojos al Nobel. Sin embargo, Barco quería, y así me lo pidió, que lo mantuviera siempre informado sobre los asuntos de paz, sobre todo lo que pasaba en ese campo.
Al salir hacia el aeropuerto, rumbo a México, me llamó el doctor Barco y me pidió el favor de llevarle a García Márquez la colección de obras completas sobre Santander y sus gobiernos, editadas por su administración y bajo su directo cuidado. Una de las obsesiones del Mandatario era rescatar la memoria del prócer. "A García Márquez le van a gustar pues el también es un liberal de verdad", me dijo el Presidente. Llevé tres o cuatro cajas con los 35 volúmenes lujosamente empastados, pagué el exceso de equipaje y me embarqué hacia Ciudad de México.
El estado de las gestiones de paz con las guerrillas, que había sido materia de un día de intercambio de informaciones, era uno de los temas para enterar a Gabo, pero la gran preocupación era la guerra sucia que estaba desangrando varias regiones del país y ensañándose contra militantes de la Unión Patriótica. Su origen y cómo pararla era la inquietud.
Llevaba yo en el maletín un informe reciente del DAS sobre el paramilitarismo, que semanas después fue publicado bajo el título de El dossier paramilitar. El informe, basado en el testimonio de un médico que había desertado del grupo de Puerto Boyacá, mostraba la dimensión de un fenómeno que, a partir de ese municipio, se había extendido a Urabá y Meta de la mano de los capos del cartel de Medellín, Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha. Relataba los procesos de reclutamiento y entrenamiento militar por parte de mercenarios ingleses e israelíes, y mostraba los orígenes de la cruenta guerra entre Rodríguez Gacha y las Farc en el Guaviare, que se desató cuando una organización de compradores de pasta de coca al servicio del cartel se enfrentó con la facción de las Farc que actuaba en esa zona. La guerra se había extendido a los miembros de la naciente Unión Patriótica.