'Gabo' y la música

Con el maestro Rafael Escalona, durante un festival vallenato.

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TEMA CON VARIACIONES

LA IMPORTANCIA DE LA MÚSICA en la obra de Gabriel García Márquez no sólo no ha sido captada por la mayoría de sus lectores, sino que apenas ha sido analizada por un puñado de especialistas que, en algunos casos, han reducido su interés a resaltar únicamente la presencia del vallenato en su obra, seguramente a partir de un comentario que el propio García Márquez propagó alguna vez, al afirmar que Cien años de soledad era "un vallenato de 350 páginas". A mi entender, con esa afirmación el autor quiso destacar el lenguaje de juglares que utiliza en esa novela para contar historias y propagar noticias.

Otros estudiosos del tema se han centrado en la música clásica, quizá basándose en la gran afición confesa de García Márquez por Bartók y otros compositores e intérpretes del género. Estos y otros puntos de vista son igualmente válidos, ya que son producto de la percepción personal de cada cual desde la perspectiva de su oficio. Yo, por mi parte, no he hecho nada diferente que aplicar mi experiencia en situar el jazz en la literatura para analizar desde allí el papel de la música toda (clásica, religiosa, popular, colombiana o foránea), como una realidad actuante e interactuante en la obra del Nobel colombiano.

Sintetizar los resultados de este proceso resulta literalmente imposible dada la complejidad y profusión de temas, por lo que me limito a destacar que esa interrelación música-literatura en su obra no es algo fortuito o casual, y mucho menos un simple recurso decorativo, sino el resultado de un proceso de percepción y asimilación de todas las músicas a las que ha tenido acceso nuestro Nobel desde su infancia, y que él percibió y asimiló como la forma de arte más íntimamente ligada a la esencia de la naturaleza humana.

De allí que en su obra la música no solo cumpla un papel determinante en el comportamiento de algunos de sus personajes y en el origen y desenlace de ciertos episodios, sino también en el desarrollo de sus temas y subtemas, entre ellos la casa, el amor, la violencia, las parrandas y serenatas, el miedo y la soledad.

Resulta fascinante descubrir cómo ese enorme conocimiento de la música, y esa capacidad suya para comprender el papel que desempeña en la vida, le imparte a su obra el carácter de un gran concierto, concierto que es preciso aprender a escuchar para no confundir el sentido y contenido de cada uno de sus movimientos. Entre ellos se destacan memorables escenas, como la de Aureliano Segundo, acordeón en mano, en sus parrandas vallenatas en Cien años de soledad. O la de Bayardo San Román y Ángela Vicario en Crónica de una muerte anunciada, cuando el día de su matrimonio trajeron, además de espectáculos de bailarines, dos orquestas de valses que desentonaron con las bandas locales y con las muchas papayeras y grupos de acordeones. O la de Amalia, en el monólogo Diatriba de amor contra un hombre sentado, diciendo en su tono siempre de reclamo: "Me sacaste cruda de los acordeones vallenatos, de los merengues de Santo Domingo, de las plenas de Puerto Rico y me diste a beber el veneno de Bach, Beethoven, Brahms, Bartók y claro de los Beatles, las cinco bes sin las cuales ya no se puede seguir viviendo".

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