(Página 1 de 3)
ENAMORADOS TÍMIDOS
GARCÍA MÁRQUEZ Y EL CINE son como dos enamorados tímidos, que llevan décadas cortejándose de cuanta forma se les viene a la cabeza. Cualquier excusa es válida y por eso ambos propician cruces de ruta fortuitos o pactan reuniones de negocios. De uno u otro modo terminan compartiendo lechos temporales para después separarse, tranquilamente o a las patadas, y dejarse respirar un tiempo hasta el próximo encuentro.
Uno no sabe quién juega a hacerse el esquivo con quién. Pero seguramente los primeros acercamientos responden al ímpetu juvenil del escritor. Estos coqueteos calcan la clásica faena de muchos aspirantes a cineasta. En su pasado hay jornadas interminables en butacas incómodas -"horas-culo" podría llamarlas él-, síntoma inconfundible de quien ha sido picado por el bicho de la cinefilia. Tiene escarceos académicos en los años 50 cuando pasa por el Centro Experimentale Di Cinematografía de Cinecittà, en Roma. Y, por supuesto, cede a la tentación experimental: en 1954 alarga la vida del cine mudo colombiano con La langosta azul, una parranda surrealista en complicidad con Cepeda Samudio que le otorga su único crédito como director.
¿Por qué dirige una sola vez? Tal vez porque el cine es una diva cruel que se aprovecha de las debilidades de sus pretendientes. A García Márquez lo avasalló con su aparataje, con su megalomanía de cables, luces y tropas de asistentes. Él lo ha dicho en términos más simples: "Esa vaina es muy complicada". El agobio, que suele ser un buen consejero, lo empujó a sellar un compromiso con las neurosis masticadas en soledad. La literatura. El cine no sería la madre de sus hijos, por lo menos no de los legítimos.
El matrimonio con la literatura no sólo dio los resultados que ya todo el mundo conoce, sino que cambió los papeles en esta historia de atracción mutua. Ahora el cine deseaba llamar la atención de su antiguo pretendiente quien, de haberlo querido, podría haberse comportado con displicencia. Pero García Márquez no quería, porque hay atracciones que nunca se extinguen. Vino entonces un concubinato que no ha parado de producir encuentros y desencuentros.
En sus escapadas, el escritor se enfundó una máscara de guionista. Accedió a su oscuro objeto del deseo, esa amante que no por sometida dejaba de ser peligrosa. Fue así como pasaron al celuloide montones de guiones originales, adaptaciones de otros y adaptaciones propias, de cuentos y novelas, autorizadas o no.