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LOS AÑOS DIFÍCILES
ESE PARÍS, QUE ESTARÁ sin remedio en el umbral de su nuevo libro de memorias, debió dejarle, como a mí, una trama luminosa de recuerdos. Buenos y malos, fiestas y penurias: por algo un amigo nuestro, Paul Coulaud, al hablar de la vida que llevábamos allí, la llamó "misère dorée", miseria dorada. Los apuros de un escritor paupérrimo como era el Gabo de entonces, que engañaba el hambre con pan y café con leche y que duró un año sin poder pagar su cuarto de hotel -una buhardilla en el último piso del Hotel de Flandre- deben enredarse en su memoria con la música nostálgica de los acordeones que oíamos en los metros y en las esquinas, con las canciones de Brassens, con el aroma de las castañas asadas en las tardes de invierno y hasta con el pregón lastimero de un vendedor de alcachofas que viniendo de la rue Cujas lo despertaba por las mañanas. Eso, y muchas cosas más que a veces ha dejado esbozadas en alguna efímera columna de prensa. Por ejemplo, las parejas de enamorados que en esa época se besaban con desesperación en umbrales, parques y puentes de París, como si en la bruma helada del invierno o en el fragor del verano acabaran de descubrir el amor y estuvieran a punto de perderlo. Por ejemplo, las fiestas en el apartamento de Hernán Vieco, en la rue Guenegaud, donde, guitarra en mano, nos hizo conocer por primera vez los vallenatos de Escalona. Por ejemplo, las tardes de ocio impune o los cafés con espejos y neones donde nos sorprendía la madrugada hablando de Faulkner, Virginia Woolf, de Barranquilla o de Rojas Pinilla. Y todo ello, como yo mismo lo escribí alguna vez, envuelto en ese olor a moho y a coliflores que es el olor de París, el París de los pobres, siguiéndonos siempre a lo largo de las escaleras que subían a nuestras buhardillas.
Gabo llegó a París en vísperas de la Navidad de 1955. Venía de Roma en tren. De esa vida suya en la Ciudad Eterna nos hablaba en París. Había ido, enviado por El Espectador, para cubrir los funerales de un Papa que no se había muerto, y lo que encontró -lo ha dicho- fue una ciudad bella, sucia y más loca de lo que hubiera imaginado. A la pensión donde acabó alojándose le llegaban a medianoche los rugidos de un león confinado en el vecino Jardín Zoológico de la Villa Borghese. A las tres de la tarde, mientras la ciudad dormía abrumada por el calor, él y su amigo, el tenor Rafael Rivero Silva, iban en una Vespa prestada a visitar no precisamente a los leones del Jardín Zoológico sino a las putitas de la Villa Borghese, "vestidas de organza azul, de popelina rosada, de lino verde" -así las describe en una página memorable- con las cuales hablaban o comían helados como viejos amigos, hasta el día en que una de ellas, enviada por el tenor, golpeó tímidamente en la puerta de su cuarto y apareció como un sueño "desnuda, muy bella, acabada de bañar y perfumar y con todo su cuerpo empolvado". "La imagen de aquella muchacha -escribiría después- en sus puros y hermosos cueros a las tres de la tarde, se me quedó para siempre en la memoria, como uno de los tantos milagros que sólo son posibles en el sopor de Roma en verano".
Pese a sus luces de Navidad, París al lado de aquella Roma debió parecerle sombrío. Se alojó en un hotel frente al mío, en pleno corazón del Barrio Latino, y, llevado por un amigo, lo encontraría yo al día siguiente en la Chope Parisienne, un café donde nos reuníamos entonces. Era el 24 de diciembre de 1955. En aquel primer encuentro -como lo he contado en Aquellos tiempos con Gabo- me pareció que se daba importancia. "Enfundado en un abrigo color camello -así lo escribí-, bebiéndose una cerveza que le dejaba huellas de espuma en el bigote, tenía un aire de distante superioridad". Así parecía oír las observaciones que dos amigos colombianos (Carlos Obregón y Arturo Laguado) y yo, tan devotos como él de la literatura, le hacíamos sobre su primera y hasta entonces única novela suya, La hojarasca. Sólo más tarde nos daríamos cuenta de que era una equivocada impresión: todo lo que alude al mundo secreto donde nacen sus libros no admite en él bromas ni ligerezas, sino una atención precavida que algunos confunden con arrogancia. Recuerdo que aquella noche de Navidad, para no dejarlo solo, lo invitamos a casa de Hernán Vieco. Tampoco allí apareció el Gabo de siempre, el que sería el más cercano amigo nuestro en aquel París de sombras y luces. Observaba todo en silencio mientras los demás hablábamos y reíamos. Al retirarnos, a las tres de la madrugada, Juana, la adorable americana que era entonces la esposa de Vieco, me dijo en voz baja: "¿Por qué trajiste a un tipo tan horrible?". "¿Qué tiene de horrible?", le pregunté, sorprendido. "Se da importancia y, además, apaga los cigarrillos en la suela del zapato", respondió ella con un gesto de repulsión.
Cuando 'Gabo' fue 'Gabo'
Todo aquello -también lo he escrito- se disolvió dos días después cuando él vio la nieve por primera vez en su vida. Fue al salir de un barato restaurante del bulevar Saint Michel donde habíamos comido. "La nieve -escribí años más tarde al buscar atrapar con palabras aquel recuerdo remoto- era deslumbrante y sigilosa; caía en copos espesos que brillaban a la luz de los faroles y cubrían de blanco los árboles, los automóviles y el bulevar [...]. Lavada de humores, rumores y colores, la ciudad se envolvía suave y lujosamente en aquella nieve como una bella mujer en una estola de armiño [...]. García Márquez quedó de pronto extático, fascinado por aquel espectáculo de sueño".
"¡Mierda!", exclamó.Y echó a correr
Era una reacción de sorpresa y júbilo, la misma de un niño. Siempre he creído que la espontaneidad es para mí el rasgo indispensable para ser amigo de alguien, sobre todo en un mundo como el nuestro -el mundo cachaco, dicen en la costa-, donde subsiste el culto de la apariencia y la importancia de un personaje es, ante todo, un producto de calculada fabricación personal. Gabo, para mí, fue desde entonces y para siempre Gabo. La nieve se llevó "todo lo que Bogotá, la antigua ciudad virreinal, había querido poner encima de su personalidad (la compostura, la distancia, la insufrible importancia) -escribiría yo a propósito de aquel instante-.