'Gabo' y Cien años de soledad

Germàn Vargas siempre fue el principal crítico de Gabo

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Treinta y dos guerras civiles

Arcadio amaba los pájaros y llenó con ellos el pueblo. Tenía inclinación muy marcada hacia las ciencias y los inventos y a ello -y a su demencia- contribuyó en no escasa medida la inalterable amistad que le unió a Melquíades, un gitano visionario que a la cabeza de su tribu llegaba periódicamente a Macondo, llevando verdaderas maravillas: un telescopio, un bloque de hielo, un imán, una lupa para concentrar los rayos solares, unas alfombras voladoras. José Arcadio llega un día a un pavoroso descubrimiento: la redondez del mundo. Y llega a él con los sextantes, los astrolabios y las brújulas que le ha cedido su amigo Melquíades. Ya definitivamente loco, José Arcadio muere, sobrepasados los 100 años, delirando en latín y discutiendo de teología con un cura.

El otro personaje principal, el coronel Aureliano Buendía, es figura destacada en los demás libros de García Márquez y en Cien años de soledad alcanza una dimensión y un peso y un tamaño de persona viva, realmente extraordinarios. Este es "el miembro más importante de la segunda generación que hizo 32 guerras civiles y las perdió todas". A lo largo de su vida de aventuras, el coronel Aureliano Buendía engendró 17 hijos naturales, que fueron asesinados todos casi simultáneamente y en distintos lugares, por los enemigos políticos de su padre. Aureliano, que a lo largo de la novela y de su vida realiza verdaderas proezas inútiles y escapa milagrosamente del pelotón de fusilamiento, muere orinando orgullosamente en el patio de su casa.

Cien años de soledad no es solamente la azarosa biografía del coronel Aureliano Buendía sino la historia de toda su familia desde la fundación de Macondo hasta que el último de los Buendía se suicida 100 años después y acaba con la estirpe.

El Rascacielos

En realidad, esta novela es la primera que García Márquez comenzó a escribir cuando tenía 17 años, con el título de La casa y que abandonó hace años, por parecerle que el célebre mamotreto de entonces "era un paquete demasiado grande para mí". De la novela original se desprendieron, como cuerpos con vida independiente, personajes y hechos que conformaron sus otros libros, como La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y alguno de los cuentos de Los funerales de la mama grande. Y es así como en Cien años de soledad reaparecen personajes y ambientes y referencias a sucesos que ya estaban en sus obras anteriores.

García Márquez trabajó duramente en La casa en sus primeros años de Barranquilla, hacia los comienzos de la década del 50. Vestido con un pantalón de dacrón y una camiseta a rayas, de colorines, García Márquez, encaramado sobre una mesa en la redacción de El Heraldo o sentado sobre su cama de madera en un cuartucho de El Rascacielos, un extraño burdel de cuatro pisos sin ascensor. En el diario barranquillero escribía a diario una columna -La Jirafa- que le era pagada todas las tardes en forma tan exigua que apenas si le alcanzaba para medio comer y cancelar el alquiler de la pieza -y algo más- en El Rascacielos. En éste, el cuarto en que dormía quedaba en el último piso y era frecuente que se convirtiera en el sitio de tertulia de las prostitutas y de sus chulos que se encantaban conversando y pidiendo consejo al juvenil inquilino que llegaba después de la madrugada y leía extraños libros de William Faulkner y de Virginia Woolf, y a quien iban a buscar amigos, en carros oficiales de último modelo, amigos que a ellas les parecían demasiados distinguidos para el ambiente del burdel pobretón. Ellas nunca supieron quién era ni qué hacia el para ellas extraño compañero de alojamiento. Pero la verdad es que le tenían mucha simpatía y un cierto respeto y, a veces, lo convidaban a compartir la sencilla comida que ellas mismas preparaban y que les hiciera oír canciones vallenatas tocadas por él en una dulzaina.

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