VILLEGAS EDITORES acaba de presentar Teatro Malandro, un testimonio sobre el universo teatral y colorido de Ómar Porras, el actor y director colombiano que es ídolo en Suiza.
¿Cómo nació Malandro?
Cuando llegué a Ginebra, unos jóvenes que me veían trabajar en la calle me dijeron: "enséñenos". Entonces, con gran disciplina, nos tomamos una casa abandonada y allí empezamos. En el primer entrenamiento práctico llevé a un grupo de capoeira que nos enseñó un canto que decía "Malandro". Viene de ahí y de mis días de trabajo callejero, vagabundo e itinerante.
¿Por qué se inclinó por el teatro?
Porque no encajaba en otra parte y el teatro ofrece la oportunidad de viajar a lugares donde sólo habita el sueño y la ilusión. Soy un escultor de sentimientos y un tallador de pasiones. Además, la escena es el único lugar en el que lo ordinario se vuelve extraordinario. Allí todo puede ser maravilloso.
¿Cómo enamorarse del teatro?
Viendo a la compañía Raffaello Sanzio o una obra de danza de Sidi Larbi Cherkaoui; u oyendo La consagración de la primavera de Stravinsky. En la práctica, si lo que quiere uno es hacer teatro lo único que tiene que ver y oír es a su corazón.
¿Por qué es tan difícil hacer teatro en Colombia?
Colombia es un territorio fértil con gente muy lúcida y creativa, pero nos ha jodido la mediocridad. Nos estamos dejando meter en la cabeza que todo tiene que ser un triunfo. Queremos ser aviones y se nos está olvidando lo esencial: nuestra alma. Yo me siento orgulloso de ser en Europa el indio que soy.
Una escena que lo defina...
Un día, cuando hacía trabajo callejero y pasaba un sombrero para recoger la plata, una persona me tiró una moneda. Con humor lo paré, le pedí que se agachara y que echara la moneda al sombrero. Yo no estaba pidiendo limosna, era mi profesión.