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Invitado al Festival Malpensante que se realiza este fin de semana en Bogotá, el director de la ONG Drug Policy Alliance, quien lleva 20 años liderando un movimiento que busca replantear la política antidrogas, habla sobre alternativas distintas al prohibicionismo.
CAMBIO. ¿Cuál es su balance de la lucha contra las drogas en el mundo?
ETHAN NADELMANN. Parece haber una convicción de que la guerra contra las drogas fracasó. América Latina está viendo las consecuencias negativas de la prohibición: crimen organizado, poder de los narcotraficantes y degradación de la sociedad. En Estados Unidos hay una sensación de que las cárceles están demasiado llenas por cuenta de cualquier infracción relacionada con las drogas, y el fenómeno se está replicando en el mundo. En Asia, por temor al sida, le están apostando a políticas que reduzcan el daño y prevengan la propagación de enfermedades relacionadas con el uso de drogas.
¿Qué opinión le merece el informe de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, encabezada por los ex presidentes Gaviria, Zedillo y Cardoso que plantea el consumo de drogas como un problema de salud pública y se oponen a la penalización del consumidor?
Estuve muy involucrado en el proceso y mi organización se ha encargado de darlo a conocer en el exterior. A diferencia de otras comisiones, ésta identifica la prohibición como parte fundamental del problema, adopta la reducción del daño como una solución, soporta la despenalización de la marihuana y rompe el tabú de hacer el debate público sobre las políticas antidroga. Antes, las comisiones se limitaban a equilibrar la zanahoria y el garrote, a hablar de reducción del suministro y la demanda o a decir que Estados Unidos debe respetar la soberanía latinoamericana, pero no producían progreso alguno. La razón por la cual el tema fracasa año tras año es por la falsa censura que genera el debate de la política antidroga. Eso tiene que acabarse.
¿La legalización es un debate académico que se tropieza con condiciones políticas que bloquean su éxito?
Primero que todo creo que es importante cambiar el lenguaje. Por eso la Comisión no habló de legalización, que supone que algo será condonado, sino de regulación. Mucha gente cree que la prohibición es la máxima forma de regulación, cuando en realidad lo que significa es abdicación. Nuestro argumento no es para liberarlo del todo, o eliminar las regulaciones, sino para que haya regulación efectiva, que puede hacerse de muchas maneras. Si bien hay mucha gente que no está de acuerdo en vender el crack como se vende el alcohol, acepta que Evo Morales busque vender la coca en diferentes productos, como por ejemplo té, y que la droga se obtenga en forma legal. Esos cambios harán que evolucione el paradigma del control global de las drogas.
Usted lleva 20 años trabajando en el tema, ¿percibe algún cambio sustancial en la opinión pública?
Hay evidencia de que sí que ha cambiado. Solo con respecto a la marihuana, más del 40 por ciento de los estadounidense creen que debe legalizarse, como el alcohol, y entre los demócratas, independientes y menores, el porcentaje está por encima del 50 por ciento; cada vez más estados del occidente como California, Alaska, Nevada y otros van en la misma dirección. Las cifras número doblan las de hace 20 años e incluso representan un gran salto con respecto a hace uno o dos años. Después de tantos años, es la primera vez que siento que el viento me llega por la espalda y no me golpea la cara.
¿Qué razones encuentra para ello?
Eso es en parte por la recesión económica, por la reducción de presupuestos y por la violencia en México y la conciencia de que los narcotraficantes se están quedando con la mitad de las ganancias de la marihuana, pero también porque Obama, al igual que Bush y Clinton, fumó marihuana, pero al preguntársele si lo había hecho dijo que sí, que muchas veces. Hoy, por las elecciones y otras crisis, cuando hay que hablar de economía, medio ambiente, seguridad nacional o de salud pública, todas las opciones están expuestas sobre la mesa y la política alrededor de las drogas no puede ser la excepción.
¿Cree que el presidente Obama podría hacer la diferencia? ¿El Congreso está dispuesto a oír?
El presidente Obama no será el líder que impulse este tema, el liderazgo tendrá que darse en el nivel local e incluso internacional porque este tipo de asuntos implican cultura y valores. La Casa Blanca y el Congreso deberán seguir y no liderar, pero Obama sí puede abrir el espacio para una nueva discusión.
Según su criterio, ¿cuál debería ser la política antidroga?
Hay que empezar por aceptar la realidad: no ha habido ni habrá una sociedad libre de drogas. El reto para las familias, las comunidades y los gobiernos no es ver cómo las elimina sino cómo aprende a moverse alrededor de las drogas de tal forma que causen el menor daño posible y, en algunos casos, hagan el mayor bien posible. Si aceptamos esto, debemos seguir tres principios: libertad, compasión y responsabilidad.
¿Qué quiere decir esto en términos prácticos?
Que los que usan drogas y no le hacen mal a nadie no deben ser parte de las preocupaciones de los gobiernos; que para los que tienen problema con las drogas, la respuesta debe ser principalmente darles asistencia y proveerles tratamiento, y que aquellos que les hacen mal a otros y los ponen en riesgo, deben ser penalizados.
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