Mayo 6 de 2009

Mamás de quitarse el sombrero

Hay mamás que, sin privilegios, han hecho lo que sea con tal de sacar a sus hijos adelante y, además, trabajan y estudian.

Isabel Garzón tiene 44 años. A los 21, nació Marta Liliana. Si bien fue un momento feliz, el golpe de realidad llegó rápidamente. No tenían, ni ella, ni el padre de la niña, la plata para sacarla del hospital. Por fortuna, en su barrio, San Blas, al sur de Bogotá, los vecinos hicieron una colecta y pudieron salir ambas. Pero los problemas no dejarían de llegar. El trabajo como mesera de un restaurante no era suficiente, así como tampoco el trabajo como vendedor del marido; llegaron las peleas, y la separación.

Fueron años difíciles, sola, y que ella recuerda muy bien. "Pasaron cuatro años y conocí al papá de mis otros dos hijos, pero como nos trasteamos de barrio, del 20 de Julio a Soacha y trabajaba en un cultivo de flores en la 180, me tardaba tres horas para llegar al trabajo", cuenta. Eran días eternos de levantada a las 4 de la madrugada, arreglada de los niños, servida del desayuno, viaje en bus, trabajo todo el día, regreso infernal por el tráfico, recoger a los niños de donde la vecina y volver a las labores,  así durante años.
Hoy Manuel Fernando tiene 19 años y Camilo Andrés, 17, pero sus infancias de nuevo estuvieron cruzadas por la separación de sus padres.

"El mayor tenía ocho años cuando mi marido me dejó y se fue a vivir con otra mujer ¿asegura Isabel¿, no me ayudaba en nada, pero lo peor fue que a los niños les empezó a ir mal en el colegio, pues sentían que algo no estaba bien en la casa". Ya el mayor se graduó de bachiller y es auxiliar de la Policía, y el otro está por terminar el colegio.

Marta Liliana, por su parte, quedó embarazada a los 17 y perdió tres veces el grado décimo. "Para mí fue duro saber que estaba embarazada, porque mi seguro no la cubría después de los 18 y él no tenía trabajo". Por fortuna, los suegros la ayudaron como pudieron y sacaron al bebé adelante.

Isabel se las ha arreglado como ha podido. Regresó al barrio cerca de la casa de sus padres lo cual le facilitó un poco la vida. De las mesas, a las flores, al aseo, a la mensajería, a los hornos en un restaurante, en una panadería. Incluso tuvo que pedirle a su segundo marido que recibiera en su casa a los muchachos cuando quedó desempleada por dos años. "Fue terrible ¿cuenta¿ pero no se amañaron. Hoy vivimos los tres. Ellos son mi vida".

Contra todos los pronósticos

Wendy Marleny Rojas no parece de 30 años. Al verla trabajar limpiando las oficinas de una empresa gigante, luce algo mayor. Y tiene sus razones para tal apariencia: una hija de 15 años. Se llama Samanta. Vivía en el campo, en Coscuez, Boyacá, cuando un esmeraldero la violó. La embarazó. Tuvo que ocultarlo y ya a los siete meses no pudo más, por lo cual su padre la obligó a casarse con el hombre. "Por ambos lados me atacaban ¿cuenta¿, por un lado mi padre, tan machista, y por el otro, ese señor que me decía que si no vivía con él me quitaba la niña".

El maltrato era su pan de cada día, por eso al año decidió escaparse pero el esmeraldero se enteró del plan y la atrapó por el camino. "Casi me mata", asegura. Le quitó cualquier dinero con el cual pudiera contar. Ella solo escondía monedas y esperó tener lo suficiente para un pasaje de bus.

Una tía en Bogotá la recibió y la ayudó a que la empleara una familia como interna, con la bebé. Con ellos cumplió la mayoría de edad. En ese momento se sintió fuerte para irle a cantar la tabla al papá de la niña, y decirle que no quería saber nada de él. "Me buscó por cinco años, y aunque me daba miedo, yo tenía claro que quería vivir y que no me iba a dejar de él", cuenta.

Hoy, lleva cinco años con la empresa de limpieza. Estudia los sábados secretariado bilingüe, con lo cual saldrá con título de sistemas, asistente de oficina e inglés. Completa su sueldo limpiando la casa de algunas personas, trabaja horas extras. Pero no deja que Samanta se quede sin su madre a la hora de preguntas y de las tareas.

Yolanda urrea: pa'lante

Yolanda Urrea vive en Madrid, tiene 47 años, y es colombiana. Se fue hace ocho años para probar suerte luego de haber trabajado en diversos oficios desde los 22 años, edad en la que quedó embarazada. Un día, sin embargo, vio la oportunidad de irse. En España le ha ido bien, aunque no ha sido fácil.

Trabaja en un ancianato  y por las tardes es mamá canguro.  En eso le ha ido tan bien que fue, curiosamente, su manera de poder estar junto a su hijo.  En efecto, tan pronto llegó a Madrid, aunque cuidaba a los niños con todo el amor, echaba de menos a su propio hijo, Fabián. Lo había dejado en Bogotá  con sus abuelos, que debieron adoptarlo legalmente para que el padre no se los quitara. Pero no aguantó después de dos años de separación. Se devolvió, defraudada, porque no había logrado armar nada en España.

Sin embargo, al poco tiempo de estar en Bogotá, recibió una llamada de su empleadora en España. "Al niño que cuidaba le dio pena moral ¿cuenta¿. Ella me dijo que si me regresaba, en menos de tres meses mi hijo estaba en España". Y cumplió.  Fabián llegó a ese país con 17 años. Eso ocurrió hace ocho años. Hoy  él trabaja con ancianos en la misma residencia donde labora su madre.

Foto: Isabel Garzón y su hijo Camilo Andrés, de 17 años de edad.

Foto: David Osorio / Cambio

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