"Es un problema que debería tener el mismo estatus de la violencia intrafamiliar, el acoso sexual y el racismo", dice un experto.
Camila y Sandra padecieron las protestas de cientos de alumnos que no querían que ellas se matricularan en su colegio por ser lesbianas. A Raúl lo apuñalaron a la salida de su escuela por vestirse de negro y rosado, escuchar música melancólica, mostrarse deprimido y ocultar su rostro con el pelo (es un emo). A Esteban lo suelen palmotear porque lo tildan de nerdo. Y Juanita recibe el constante reproche de que está gorda.
Por menores que parezcan, las intimidaciones escolares son una forma de herir a los más vulnerables. "Los agresores molestan, golpean, amenazan, crean rumores y acosan; presionan a los demás para que guarden silencio y excluyan a las víctimas de su círculo de amigos; sienten un deseo de poder que supera su sentido de empatía y por tanto están dispuestos a lastimar a otros para sentirse poderosos", explica el psicólogo estadounidense Stan Davis en el libro Crecer sin miedo, que acaba de publicar Editorial Norma.
Aunque siempre ha existido, este fenómeno, conocido como bullying o 'matoneo', gana cada día mayor atención, no solo porque es más frecuente sino porque hace parte de un trastorno de la conducta que si persiste después de los 18 años puede hacer del victimario un inadaptado social. Los agresores, quienes con frecuencia provienen de familias donde los padres pasan poco tiempo con sus hijos y la disciplina es inconsistente, generalmente acosan por causa de problemas de crianza y de la falta de conciencia sobre los límites de sus derechos o porque replican la violencia que sufren en casa.
Estos últimos son especialmente proclives a convertirse en delincuentes. Si el problema "empieza antes de los 10 años, el pronóstico es muy malo", recalca el psiquiatra de niños y adolescentes Álvaro Franco, quien agrega que usualmente los agresores tienen bajo rendimiento académico y sienten envidia y rabia reprimida.
Entre tanto, las víctimas son habitualmente los más 'pilos' o los más pacíficos. Diversos estudios han encontrado una relación entre la intimidación y mayores tasas de depresión, ansiedad, baja autoestima, menor rendimiento escolar, suicidio y agresión. Los agredidos, además, son muy tímidos y llegan a acumular tanta rabia que en cualquier momento pueden cometer matanzas indiscriminadas. De hecho, las masacres en colegios y universidades estadounidenses han estimulado el estudio del bullying.
Franco y el profesor escolar Javier Gaitán aseguran que este fenómeno se presenta más en los hombres, pero admiten que las mujeres también son muy intimidadoras. Los expertos coinciden en que los niños recurren más a la violencia física mientras que las niñas manejan la agresión psicológica a través de los rumores y la exclusión social, que, a juicio de Davis, es la forma más dañina de intimidación.
Muchos adultos tienden a subestimar el acoso con el argumento de que ellos también lo vivieron y salieron bien librados, y que eso hace parte del crecer. Pero Davis, en entrevista con CAMBIO, insiste en que "Es un problema que ha sido subestimado durante muchos años y que debería tener el mismo estatus de la violencia intrafamiliar, el acoso sexual y el racismo".
Por eso, no basta con que los padres les digan a sus hijos víctimas que se defiendan o ignoren a los agresores. Eso empeora la situación porque los intimidados se sienten indefensos. "Cuando expresan a los agresores cómo se sienten, se arriesgan a darles más control", sostiene Davis.
El autor asegura que la disciplina positiva y el elogio efectivo son estrategias esenciales contra el fenómeno. La disciplina positiva marca la diferencia entre lo que los alumnos hacen y lo que sus profesores y padres sienten por ellos, además de ayudarlos a comprender las efectos de sus actos. "Las consecuencias y sanciones consistentes y graduales para el acoso aumentarán la motivación de los jóvenes hacia el cambio, aunque dicha motivación se base exclusivamente en evitar el castigo", explica Davis.
De ahí que la disciplina, una de las formas de prevención más efectivas y económicas según varios especialistas, debe ir acompañada de estrategias para ayudar a los acosadores a asumir la responsabilidad de su comportamiento, sentir los efectos de sus agresiones y estimular su cambio.
Elogiar es parte de esas estrategias porque promueve las conductas positivas. Los halagos generales, como "bien hecho" no ayudan a los jóvenes a saber qué hicieron correctamente; los elogios claros y efectivos son los que describen sus acciones.
Pero si establecer un esquema disciplinario positivo es difícil, mucho más es hacer que se cumpla. "En los colegios donde hay normas de disciplina muy estrictas o muy laxas se da más el 'matoneo' . Por eso, allí hay que manejar el problema con mesas de trabajo y convivencia", concluye Franco.
¿PROBLEMA DE LA LEY?
Yaneth Gómez, coordinadora de un colegio distrital en Fontibón, admite sentirse maniatada por la ley porque no puede aplicar sanciones. "No hay autoridad ni normas en la casa, y en el colegio los muchachos saben que con el Código de la Infancia y la Adolescencia y el Manual de Convivencia -que no puede sobrepasar la ley-, estamos desarmados. Lo máximo que podemos hacer cuando alguien comete una falta es hablarle", sostiene.
En el caso de Bogotá, la Secretaría de Educación es consciente de que hay que reformar los manuales de convivencia para que incluyan, además de los derechos de los estudiantes, sus deberes, sus compromisos y las consecuencias a sus infracciones.
"Los manuales de convivencia están centrados en el tema de los derechos porque así lo orienta el Código de la Infancia y la Adolescencia. Pero efectivamente van a ser ajustados", asegura William René Sánchez, subdirector de Integración de la Secretaría de Educación del Distrito.